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El amor que se encontró por una guitarra en Yarumal (Antioquia)

María Torres y Bernardo Arboleda se conocieron en clases de música estudiando este instrumento, y desde entonces no se separaron. Contaron su historia en ‘travesías de guitarra’.

 

Fotos: Diego Cuervo

Por: Deysa Rayo.

Cuando se vieron por primera vez, María Torres y Bernardo Arboleda no sospecharon que el amor les llegaría, no por los ojos, como comúnmente sucede, sino por los oídos. 

Las notas de una guitarra acompañando la melodiosa voz de Bernardo hicieron  el milagro:  

“Con la fe verdadera, de un alma noble y pura

Con íntima ternura mi amor, te consagré

Te dije que era tuyo, te dije que te amaba

Que solo en ti pensaba, y así lo cumpliré”

‘La fe verdadera’, de Julio Jaramillo, fue la canción premonitoria de ese amor que María grabó en su memoria y en su corazón.  “Con la fe verdadera yo me enamoré de él”, dice.

Y él le complementa: “Yo cantaba mucho ‘La fe verdadera’, salíamos por ahí a dar serenatas y  ese era el himno de nosotros para dar serenatas, entonces ella empezó a acompañarnos a las serenatas y ahí nos fuimos uniendo a la personalidad, y vea en este momento dónde estamos”. 

De eso hace 20 años, en esa época María estudiaba guitarra en la Academia de Música de Yarumal, donde Bernardo era un alumno aventajado. Allí  se conocieron en medio de los acordes de este instrumento de cuerda. 

Con otros siete compañeros formaron la agrupación  ‘Reminiscencias tropicales’, bajo la dirección del maestro Jesús Valencia Henao.  “Lo cogimos tan en serio que ya a lo último teníamos temas listos para grabar, cuando el día menos pensado se nos fue el director, nos llamaron a la casa para decirnos que se había muerto y ahí murió todo, porque él era el dueño de toda la instrumentación, y el sueño de grabar quedó ahí”, cuenta Bernardo con una sonrisa triste. 

Después de eso, el grupo se disolvió y solo quedaron ellos dos. Se casaron hace 15 años y formaron el dueto ‘Los cantores del recuerdo’, con el que cantan bambucos y pasillos que interpretan con la añoranza de los tiempos idos.  

No puedo dejar de conmoverme al verlos llegar cogidos de la mano al Parque Epifanio Mejía en pleno centro de Yarumal, donde emitimos nuestro programa radial El Atardecer. 

Hace mucho frío pero a pesar de eso no usan saco, están uniformados con una camisa color salmón, corbata roja y pantalón gris. Él es mucho más alto y serio que ella. Ella más frágil y ‘entradora’ que él. Se complementan, así como sus voces con su guitarra.

“La guitarra es un destello de tranquilidad, de diversión muy amena para mí, la música es un momento de uno olvidar muchas penas, uno se larga por ahí a entrenar la guitarra y se olvida de muchas cosas”, dice Bernardo.  

“La guitarra es mi compañera, mi vida, mi alma entera, yo disfruto mucho con ella, con ella  paso el tiempo dichosa, sin querer separarme de ella”, dice María.

Empieza a llover, guardan la guitarra para protegerla del agua después de habernos regalado sus mejores canciones y compartir sus grandes anhelos. “El sueño de nosotros sería unirnos más a la música, algún día grabar nuestros sencillos propios”, sentencian.  

Nos despedimos. Los veo alejarse en medio de los yarumos que adornan el parque. Van felices, lo tienen todo, su guitarra a un lado y su amor al otro.