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Teatro Municipal Enrique Buenaventura, un lugar que contagia emociones

Juan Ricardo Pulido

Por: Juan Ricardo Pulido. 

El Teatro Municipal Enrique Buenaventura, contagia emociones; al menos así se lee en su portal y en la publicidad que pacientemente aguarda por su consumo. Sin embargo, esas dos sencillas palabras van mucho más allá. Cuando uno se posa sobre la carrera quinta con calle séptima, en el centro de la ciudad de Cali, comprende que en verdad el emblemático recinto, contagia.

Fue el 9 de abril de 1918 cuando empezó a gestarse el sueño de que la sultana del Valle, tuviera un teatro de gran nivel. Para aquel entonces don Manuel María Buenaventura, conocido popularmente como ‘Chato Buenaventura’, era reconocido por sus buenos oficios en pro de la cultura, y su amor por las letras. Él y otros partícipes emprendieron la loable labor que a la postre se convertiría en proeza, y que le permitiría a la ciudad inscribirse en la historia de las artes y los escenarios. 

Este relato fue inspirado y en gran medida orientado por las muy dedicadas y detalladas letras de don Manuel María Buenaventura.

*Tomado del texto ‘El Cali que se fue’ de Manuel María Buenaventura (1917)

Se supo aquí que una compañía dramática española estaba próxima a llegar a la capital del Istmo, en donde daría unas pocas representaciones, pasado lo cual, continuaría su recorrido, con el ánimo de visitar las principales ciudades de Sur América. 

Un grupo de individuos, amigos del teatro y de los buenos negocios, nos reunimos con el objeto de iniciar gestiones, a fin de ver si se lograba que en el itinerario de esta compañía se incluyera la ciudad de Cali.

Fui designado para dirigir el asunto. Al efecto, escribí a mi viejo y buen amigo don Tomás Arias, alta personalidad de aquella capital, dueño en ella de un famoso teatro, para que, a nombre nuestro, se entendiera con el representante de la mencionada compañía y le ofreciese una suma, de bastante consideración, por seis funciones.

Pasados pocos días se recibió contestación, en la cual nos informaba nuestro recomendado, que la oferta había producido muy buena impresión, por lo cual, casi podría asegurarnos sería resuelta de manera favorable.

Esta noticia nos llenó de placer y despertó gran entusiasmo en nuestra sociedad.

Como el Teatro Borrero ya había desaparecido, principiamos, los del negocio, a dar los pasos correspondientes al arreglo del escenario y patio, que entonces desempeñaba las funciones de teatro.

No duró mucho este estado de ánimo, tres o cuatro días después, se recibió otra comunicación en la cual nos decía don Tomás: “Acaba de salir de mi oficina el representante de la Compañía Dramática Española. El, o mejor dicho, ellos, han tomado informes sobre las condiciones de este teatro, y me recomiendan decir a ustedes, que, muy a su pesar, se ven obligados a no aceptar la oferta que por mi conducto se les ha hecho, pues su grupo no trabaja sino en teatros que reúnan los requisitos modernos de comodidad, acústica e higiene”. Más adelante nos agregaba don Tomás: “Al despedirse el representante en cuestión, me dijo: “Cuando escriba a sus comitentes, manifiésteles nuestro sentimiento, y añádales que nosotros sabemos que esa es una magnífica plaza para espectáculos públicos; que cuando tengan un teatro aceptable, nos será en extremo grato visitar tan simpática ciudad”. Terminó el señor Arias su triste misiva así: “Es una lástima que ustedes se pierdan de ver las presentaciones dadas por una Compañía como ésta, que es verdaderamente admirable. Hagan un teatro, pronto, si quieren aprovecharse de las magníficas ocasiones que a cada momento se presentan en asuntos teatrales, Así, además de las grandes ventajas pecuniarias, se evitarán el recibir negativas bochornosas, como esta, que, si he de serles franco, afectan el buen nombre de una ciudad tan importante como Cali”.

Esa negativa, que en su momento acabó con el sosiego de aquellos días, inspiró al tiempo la construcción de lo que hoy heredamos, al menos en cuanto a patrimonio cultural nos referimos y conocemos como el Teatro Municipal Enrique Buenaventura, un espacio que contagia emociones.