Caminos Aventuras del Yarí: turismo y memoria para construir paz en el sur del país
Estas tierras, que en el pasado fueron afectadas por la cauchería, el narcotráfico y el conflicto armado, hoy son el punto de encuentro de 30 familias que, a través del turismo sostenible y de memoria, buscan mostrarle al país una nueva realidad basada en la construcción de paz.
“Tenemos seis puntos por recorrer y queremos presentarlo todo al 100 %, que quienes nos visiten se lleven una buena imagen de nuestra región y de la transformación que estamos viviendo”, explica Adelme Santana, campesino y guía local.
La ruta ofrece experiencias como visitas a fincas agroturísticas, recorridos de memoria histórica, avistamiento de fauna, acceso a aguas cristalinas y el paso por antiguas pistas de aterrizaje que evocan el pasado del territorio.
A esta inauguración organizada por la comunidad y estas treinta familias campesinas que con mucho esfuerzo y temor por lo que implica sostener un proyecto comunitario como estos, llegaron turistas, instituciones locales y regionales, operadores turísticos, creadores de contenido y periodistas para conocer, aportar y disfrutar de un escenario que desde hace diez años tras firma del Acuerdo de Paz dio un salto hacia lo lícito: proyectos productivos, educación, emprendimiento, producción agrícola y hoy, turismo.
Para Diego Letrado, operador turístico, esta apuesta permite cambiar la percepción sobre la región. “El mensaje es que hoy el país, el Meta y el Caquetá pueden recibir visitantes sin temor, para que conozcan la riqueza natural y cultural de esta zona”, señala.
El recorrido por los Llanos del Yarí no es solo un viaje geográfico: es, sobre todo, una travesía por la memoria, la resiliencia y las nuevas apuestas de vida en un territorio que durante décadas estuvo marcado por la violencia.
Son seis los puntos que componen esta ruta turística y de memoria.
El primero es la finca agroturística de Adelme Santana, un campesino de acento costeño que decidió echar raíces en estas sabanas. Junto a doña Rosalba y su familia, ha apostado por cultivos de maracuyá, badea y limón, además de la cría de codornices. Más que una iniciativa productiva, su proyecto es una declaración de principios: “arrebatarle los jóvenes a la guerra y que apuesten a quedarse cultivando el campo”, dice, convencido de que la paz también se siembra.
El camino continúa hacia el caserío San José de Caquetania. Una caminata corta conduce hasta el puente sobre el río La Tunia, un punto que, según relatan los guías locales, marca la división entre Meta y Caquetá. Allí, entre el sonido del agua, también sobreviven historias del pasado cauchero, cuando este afluente era ruta de transporte en tiempos de explotación.
Más adelante, en medio de la inmensidad de la llanura, aparece Charco Azul. Sus aguas cristalinas y tranquilas contrastan con la dureza histórica del territorio. Hoy, este lugar se ha convertido en un espacio de encuentro para la comunidad y en un atractivo para visitantes de distintas regiones del país.
La ruta se adentra luego en un entorno más selvático para llegar a la Laguna del Muerto. El lugar, rodeado de misterio, es también hábitat de imponentes boas que pueden superar los siete metros de longitud. En temporada de verano, estos reptiles salen a tomar el sol y se convierten en uno de los mayores atractivos del recorrido, bajo la protección de las comunidades campesinas que conviven con ellas.
El quinto punto remite a uno de los capítulos más complejos de la historia reciente: las ruinas de la antigua casa de Rodríguez Gacha. Lo que queda de esta vivienda no solo evoca el paso del narcotráfico por la región, sino que ha sido resignificado por los habitantes. Hoy, sus muros cuentan otra historia: la de los pueblos originarios o mejor del pueblo Tinigua, que está al borde de la desaparición. Un mural con el rostro de su último representante, un hombre centenario, recuerda la deuda histórica con estas comunidades.
El recorrido concluye en las antiguas pistas de aterrizaje. Según los relatos locales, fueron construidas inicialmente por la familia Lara para el transporte de ganado y víveres. Con el tiempo, y pese a su origen legal, terminaron siendo utilizadas para actividades ilícitas. Hoy permanecen cubiertas por la vegetación, pero en la memoria colectiva y en los planes de la comunidad está la esperanza de reactivarlas, esta vez para recibir vuelos comerciales y turistas que quieran conocer de cerca esta experiencia de transformación.
Así, cada parada de la ruta Caminos del Yarí no solo revela paisajes, sino también historias de resistencia y una apuesta decidida por cambiar el rumbo de un territorio que hoy quiere ser contado desde la vida y la paz.
El proceso involucra a mujeres, jóvenes, personas mayores y campesinos que ahora se desempeñan como guías locales. Para ellos, este proyecto representa una oportunidad de trabajo colectivo y fortalecimiento comunitario. “Es algo nuevo en lo que hemos trabajado en equipo, tratando de que nuestra asociación salga adelante”, afirma Jaime Lorena Vega.
Desde las instituciones, la iniciativa también es vista como un avance en la implementación del Acuerdo de Paz de 2016. El alcalde de La Macarena, Meta, César Sánchez, destaca que “esta zona, que fue escenario de conflicto, hoy se está convirtiendo en un territorio productivo y de paz, con el turismo como eje de desarrollo”.
Caminos del Yarí abre sus puertas a visitantes del Caquetá, del Meta y de todo el país, invitándolos a recorrer un territorio que hoy apuesta por la reconciliación, el turismo sostenible y la construcción de un nuevo futuro desde las comunidades rurales.