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De Matiz a Colorado

En el día del camarógrafo y fotógrafo celebramos un siglo del registro de la memoria colombiana.
Leonardo Puentes

Hubo un tiempo silencioso, lejos de los flashes oficiales, en el que dos generaciones de la fotografía colombiana se cruzaron sin saber que representaban casi un siglo de mirada sobre el país. A finales de los años noventa, durante un encuentro cultural y fotográfico en Bogotá, un joven fotoperiodista de nombre Jesús Abad Colorado se acercó a saludar a uno de sus referentes: Leo Matiz. No fue una conversación larga. 

Colorado contaría después que ya conocía su obra desde estudiante y que la humanidad con la que Matiz retrató a los campesinos colombianos influyó decisivamente en su ferre intención de narrar el país desde la dignidad y no desde el espectáculo del dolor.

Ese breve encuentro simboliza el relevo invisible de la fotografía nacional: el paso de un país que comenzaba a narrarse a sí mismo en imágenes, a otro que necesitó fotografiar su memoria para no olvidar.


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El ojo viajero

Leo Matiz, nació en Aracataca en 1917 y fue mucho más que un fotógrafo: fue caricaturista, viajero, editor y testigo privilegiado del siglo XX latinoamericano. Su llegada a la fotografía ocurrió casi por accidente mientras trabajaba en el periódico El Tiempo, donde comenzó a registrar la vida política y social del país con una sensibilidad comunitaria poco común para la época.

Matiz recorrió América y Europa fotografiando desde estrellas del cine mexicano hasta acontecimientos históricos como El Bogotazo de 1948, episodio en el que incluso resultó herido mientras documentaba las calles incendiadas de la capital. Su lente buscaba algo distinto: el instante humano detrás del acontecimiento.

En México convivió con artistas como Diego Rivera y Frida Kahlo, y en 1949 fue reconocido entre los diez mejores fotógrafos del mundo. Su obra consolidó un relato latinoamericano propio, donde el campesino, el trabajador y la vida cotidiana adquirieron categoría universal.

Un país que nació a través de un lente.

El testigo de la memoria

Medio siglo después, Jesús Abad Colorado nació en la Medellín de 1967 y heredó una nación distinta, un país con heridas abiertas por una guerra bipartidista que terminó sembrando brotes de insurrección en las montañas y las selvas. Colorado, comunicador

social de la Universidad de Antioquia, inició como reportero gráfico de El Colombiano y pronto comprendió que su cámara debía servir como un cofre para resguardar el espíritu y el archivo moral de todo un país en transformación.

Durante más de tres décadas ha documentado desplazamientos, masacres, resistencias comunitarias y procesos de reconciliación. Su exposición El Testigo reúne cientos de imágenes que narran el conflicto armado colombiano desde la óptica las víctimas y no desde los actores armados.

Colorado rechaza el título de fotógrafo de guerra. Prefiere definirse como alguien que fotografía la vida incluso en medio de la tragedia, convencido de que las imágenes deben nombrar a quienes la historia intenta convertir en estadísticas.

Un siglo, un solo retrato de dolor

Entre Leo Matiz y Jesús Abad Colorado existe algo más profundo que la admiración entre generaciones: ambos entendieron la fotografía como una bitácora para la memoria.

Matiz llevó la fotografía colombiana al mundo cuando el país buscaba identidad cultural. Colorado la convirtió en memoria colectiva cuando el país necesitó verdad. Uno recorrió continentes; el otro recorrió veredas olvidadas. Ambos eligieron mirar al pueblo antes que al poder.

De Matiz a Colorado transcurre, un siglo fotografiando quiénes somos, qué hemos vivido y por qué aún seguimos intentando reconocernos en el rostro del otro.

Es por esto que en el día del camarógrafo y fotógrafo en Colombia, celebramos la vida y la obra extensa de estos dos grandes lentes, a quienes siempre vamos a deber ese cuarto de la memoria que, inefablemente, llevaremos registrado en el pórtico de nuestra historia, porque la fotografía colombiana, más que arte, ha sido nuestra forma de resistencia contra el olvido.

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