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Internados estudiantiles como centro de paz en Mesetas y Uribe, Meta

Las residencias escolares en dos grandes municipios del Meta surgieron como espacios de paz en medio de la guerra en Colombia.
Con una jornada especial de acompañamiento a maestros y estudiantes.
Colprensa
Álvaro Martínez Avendaño

Mesetas y Uribe pertenecieron a los cinco municipios que formaron la zona de distensión que se dio entre los años 1999 y 2002.

En el municipio de Uribe se encuentran tres internados y en Mesetas uno.

Estos municipios se han enriquecido con las culturas de los colonos que han llegado desde diferentes lugares del país, han estado en el centro del conflicto armado por diversas razones. Y a hoy son unos territorios que pasaron del blanco - negro a tener multicolores en su sociedad.

El docente Carlos Ramírez relata los inicios de los internados del Jardín de Peñas y los de la región.

El Jardín de las Peñas inició en 1985, en esa época solo existían dos escuelas rurales en esa región. De acuerdo con algunos docentes, con el sacerdote y la comunidad (quienes aportaban la alimentación para las personas que iniciaron con el proyecto), la idea surgió debido a las grandes distancias. La primera casa fue hecha de esterilla de guadua y el techo era de hojas de palmas de la región. A esta iniciativa se unió la vicaría de la subregión del Ariari (Meta), quien apoyó con algunos elementos para que así los menores durmieran más cómodos.

Luego el sacerdote Valentín Aparicio apoyó a los menores ofreciendo la casa cural como albergue. Entre tanto, en el año 1990, el vicariato apostólico del Ariari, construyó las dos viviendas del internado, que iniciaba en los grados sexto y séptimo.

Estas viviendas fueron dotadas, poco a poco, con cerca de 60 camas en promedio que albergaban a niños y niñas de toda la región. De igual manera, los internados de Uribe fueron creados con la ayuda de las comunidades. En el caso de La Julia (Casco urbano de Uribe, Meta) el pionero fue el sacerdote Henry Arias, quien elaboró una casa en esterilla de guadua, luego en madera y ahora en material, para albergar a los menores, haciendo gestión con las comunidades en dotación de camas y de alimentos para mantenimiento de los menores y las niñas.

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El proyecto en el municipio de Uribe inició bajo los ideales del padre Iany Campañol y Ricardo Lorenzo Cantalapiedra, quienes con mucho esfuerzo y gracias a la dedicación de las comunidades fueron quienes más aportaron a estas iniciativas.

Dadas estas condiciones, las familias vieron una gran oportunidad, no solamente de facilitar el acceso al estudio de sus hijos, sino como una forma de mantenerlos alejados de la guerra.

Sor Ana Inés Cordero, directora del Internado Femenino de Uribe, recalcó que la mayoría de niñas provienen de zonas muy distantes, de familias de escasos recursos, con dificultades psicosociales, de familias que de una u otra manera han tenido personas relacionadas con la guerra y que este espacio las mantiene alejadas de estos.

Algunas jóvenes comentan que han tenido familiares que ya son profesionales y pasaron por las mismas situaciones. En general las historias de vida se han transformado de manera positiva, la directora comenta que lo más importante es que a través del tiempo las generaciones se han podido mantener vivas.

Algunas de las personas encargadas de los menores como Ana María Escobar, psicóloga y tutora de La Julia; Gina Andrea López, normalista superior y tutora de La Julia; Fanny Rodríguez, normalista, tutora de Jardín de las Peñas y Wisner García tutor de Jardín de peñas, entre otros, propenden por apoyar los ideales de los menores, animando proyectos de vida que busquen el bienestar propio y de sus familias.

Estos tutores visibilizan el crecimiento físico, intelectual y social de los niños y niñas, teniendo en cuenta la carga emocional que ha dejado la guerra. Este espacio trabaja procesos catárticos y de resiliencia que son muy valorados por los padres de familia, pues de una u otra manera han aportado a la paz del territorio y han servido de refugio en época de guerra.

En conversaciones con familias de la región, docentes, tutores y otros residentes locales, se comentó que a partir de la década de 1990, la violencia se intensificó en estos lugares. Los internados se convirtieron en un refugio para las familias, manteniendo a los menores alejados del acoso de los grupos armados.

Estas personas conservan las memorias y narran, de manera visceral, las vivencias de los constantes hostigamientos, momento en el que se popularizó un lema en los internados: “No más lluvia de metal”.

La mayoría de ellos recuerdan las pérdidas de las extremidades de muchas personas y animales por cuenta de las llamadas “minas quiebrapatas”, la zozobra de no poder estar tranquilos, pues en cualquier momento “se prendía la plomacera”, dejándolos en medio de las balas y arrinconados bajo las sillas o en los “rincones más seguros”.

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Con la firma de los acuerdos de paz, se ha venido teniendo una tranquilidad, comentan los padres de familia, los docentes, tutores y la comunidad en general.

En el caso de La Julia, se ha establecido un espacio de memoria transformadora: el sendero ecológico de interpretación ambiental El Ocayo. A través de las experiencias de los jóvenes de hoy, este sendero evoca los recuerdos de la guerra y la transformación hacia la paz en estos espacios.

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