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Los salones de baile: escenario predilecto de las grandes orquestas en los cuarenta

Antes de que existieran las discotecas, la fiesta privada tuvo lugar en sitios en donde los trajes de gala y movimientos glamourosos eran protagonistas.
Foto: Colprensa
Ana María Lara

Hasta bien entrado el siglo XX se bailaba en las casas. Los pocos que habitaban en mansiones tenían una sala especial para este divertimiento, de suelo bien nivelado, techos altos, con una potente iluminación de lámparas y candelabros. Posteriormente los hoteles importantes de las grandes ciudades comportaron una sala para celebrar matrimonios y otros eventos sociales. Luego llegaron los salones de baile independientes.

Para ir a bailar en aquellos salones era necesario esmerarse en la pinta. Vestidos ceñidos y de amplias faldas, tacones puntilla, perfume, moñas, maquillaje. Los hombres también iban muy elegantes. Era habitual que las mujeres se sentaran juntas, esperando la invitación a bailar de un apuesto joven. El ambiente estaba amenizado a veces por un “presentador” que dirigía concursos, que llamaba a formar “el trencito” o a cambiar de pareja, a la vez que repartía elogios. El calor lo ponían orquestas de música proveniente de distintos puntos del Caribe. Además, los tragos, especialmente el whisky, ponían a todos alegres y conversadores.

En Colombia, los salones de baile o grilles, tomaron fuerza entrados los años cuarenta, una época atravesada por la violencia y, a la vez, por el interés de algunos sectores de modernizar, a su manera, la vida urbana. Hasta ese entonces la conexión del interior del país con la Costa era aún muy pobre. Había incluso un temor por reconocer que la nuestra es una cultura definida por la diversidad étnica. Pero la divulgación de la música costeña que empezó a hacer la radio y el auge de los salones de baile fueron rompiendo con el prejuicio.

Los salones de baile tienen buena parte de su origen en los radioteatros de emisoras que, como la Atlántico Jazz Band en Barranquilla, contaron con músicos tan prestigiosos como el trompetista Francisco Galán Blanco -Pacho Galán-. Estos radioteatros eran pequeños auditorios donde había una tarima en la que cabía una orquesta. El lugar protagónico era el del piano; generalmente un piano vertical, que era el “apropiado” para la “música popular”, pues el de media cola o de cola era para los conciertos de música clásica. Todo se hacía en directo, con micrófonos y bafles gigantescos que fueron la antesala de los famosos picó. Los radioteatros comenzaron a desbordarse; no daban abasto. Además, las orquestas empezaron a ganar prestigio y salieron de los radioteatros a los salones de clubes y hoteles.

La labor de la radio, sumada a la de los salones, fue ganando terreno en el interior del país. Orquestas cubanas, venezolanas, panameñas, puertorriqueñas y mexicanas venían a nuestro país para amenizar la vida social y dar a conocer nuevos géneros musicales. En parte, también por influencia cubana, se fueron creando los salones o grilles. En Barranquilla fueron de gran prestigio el Jardín Águila o el del Hotel El Prado. Bailarines como el mexicano Resorte se sumaban al espectáculo. Muchas de las orquestas colombianas que tocaban en aquellos clubes tenían entre sus integrantes a músicos migrantes que buscaron refugio durante la Segunda Guerra Mundial. Muchos de ellos eran virtuosos músicos clásicos y, en sus procesos de adaptación a la nueva realidad, fueron adquiriendo una gran calidad y versatilidad para interpretar desde fandango hasta jazz.

Cosita linda, el merecumbé de Pacho Galán, podría considerarse uno de los himnos de los salones de baile que poco a poco se fueron creando en Barranquilla, Cartagena, Cali, Medellín y Bogotá. Y, por su parte, el gran Lucho Bermúdez inmortalizó el club San Fernando de Cali.

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