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Tolima: sembrar y cosechar para construir tejido social

Si hay algo que ha aprendido el ser humano es a convertir los desafíos cotidianos en verdaderas fortalezas, a saber salir airoso de la desesperanza y de convertir su adversidad en retos.

Por: Gloria Elizabeth Morad.

Si hay algo que ha aprendido el ser humano es a convertir los desafíos cotidianos en verdaderas fortalezas, a saber, salir airoso de la desesperanza y de convertir su adversidad en retos. Esta historia, como muchas en el país, nacieron en la pandemia, la humanidad no estaba preparada para enfrentar la impotencia de un contagio de esta magnitud en ningún sentido. Con incertidumbre se inició el confinamiento y con él todo el impacto emocional que mostró la vulnerabilidad del ser humano.

Con el paso del tiempo quedaron expuestas grandes preocupaciones, entre las más importantes la falta de alimento, las dificultades económicas y la ausencia de herramientas para distraer a los niños en casa. 

La gente estaba primero teniendo dificultades económicas porque los sectores populares, en su mayoría, están vinculados a la economía informal no podían salir a trabajar. Entonces, se empezó a construir unas posibilidades de seguridad alimentaria para que la gente tuviera por lo menos lo mínimo en estas situaciones tan difíciles.

En busca de mejorar este panorama en la comuna 8 de la ciudad de Ibagué, se implementó una propuesta de educación ambiental en la Titiriblioteca comunitaria liderada por Diana Hoyos, directora de la Fundación Germán Uribe.

“Las personas que estamos involucradas en este proceso son niños, niñas, adolescentes y las madres, quienes se han visto motivadas a que en el hacer creativo de sus hijos vean en las huertas una oportunidad para recuperar los saberes alrededor de la siembra. En la ciudad hay mucha población que migra, aquí confluyen campesinos indígenas, afrodescendientes víctimas del conflicto que tienen unos saberes ancestrales y que tienen una oportunidad a partir de las huertas nuevamente”, asegura Diana.

Así empezó la creación de huertas caseras. Una propuesta cultural, lúdica y recreativa. Una iniciativa artística que mediante actividades de animación a la lectura vincula de manera didáctica a los participantes a través de la creación y caracterización de títeres con los cuales recrean historias reflexivas sobre asuntos ambientales.

La sensibilidad de Diana es lograr que los niños entiendan la importancia del compartir y socializar. Tener experiencias que los lleven a sentir una planta viva, que al final se puede convertir en alimento. “Si yo puedo tener en la casa mi matica de pimentón, mi matica de tomate, la cebolla le corto el rabito la siembro. Aquí a través del ejercicio de las huertas también estamos reconstruyendo nuestros vínculos simbólicos a través de la naturaleza”, expresa Diana.

El trabajo de aprender a hacer huertas a través de los títeres permite cultivar nuevos rumbos y vincular los niños y las niñas haciendo materas y títeres. En estos ejercicios los más chicos cultivan el amor por las plantas y la sabiduría de entender que en casa de pueden cultivar alimentos sanos y al alcance de la mano.

Los niños no son el futuro, son el presente, son el ahora. Ellos son las nuevas generaciones que deben recibir en las transferencias de información con los adultos, las sabidurías del amor por la tierra y que desde muy pequeños deberían siempre aprendan a sembrar en casa, pues en cualquier rinconcito se siembra y luego se cosecha no solo la comida sino también la esperanza de una autonomía alimentaria fortalecida con el tiempo.

 

Agricultura orgánica y familiar en territorio de paz

Por: Ángel López.

La agricultura es una de las prácticas de civilización más inherentes en el desarrollo y organización del ser humano, es evidente como la transformación de la tierra y labranza de la misma ha configurado una huella en el paisaje y el hábitat que nos rodea. El paso del ser humano por determinado lugar del planeta demarca como este va explotando el suelo que le rodea.

Cultivar nuestro alimento se ha convertido en una práctica cada día más industrializada y que muy pocos realizan por sí mismos. Sin embargo, las huertas caseras siempre han existido en la agricultura familiar. Tradicionalmente se conocían como pancoger, una práctica con la cual las familias podían salvaguardar la producción alimentaria, manteniendo así una economía sustentable en el hogar.

Algunos agricultores tienden a diversificar sus cultivos con alternativas que les puedan generar una amortiguación mientras recogen la cosecha principal de su finca. En el caso de nuestra historia nos adentramos a la cordillera central en la zona sur del departamento del Tolima.

La finca de Dosquebradas ubicada en el municipio de Chaparral (Tolima), específicamente en la vereda de San Jorge en el corregimiento de Las Hermosas, encontraremos una huerta de agricultura familiar, en donde no solo rescatan la seguridad alimentaria, sino que le apuestan a una agricultura orgánica a través de la lombricultura.

Álvaro Lozano un caficultor de 36 años, el menor de cuatro hermanos, es uno de los protagonistas de nuestra historia. Él y su novia Andrea Álvarez, una ingeniera agrónoma que luego de venir a trabajar con una ONG internacional, decidió radicarse en este territorio. Estos dos labradores de las montañas del sur del Tolima han iniciado su camino por la agricultura orgánica en un territorio que la guerra y el conflicto armado ha marcado por décadas.

Álvaro cuenta cómo luego de prestar su servicio militar debió irse para Bogotá, pues se encontraba expuesto a amenazas por parte de la guerrilla. Luego de haber estado más de tres años fuera del territorio, decidió regresar para trabajar con sus tres hermanos, su madre y su novia. Hoy tiene una gran motivación de trabajar por su territorio e invita a que no se emigre a la ciudad por más oportunidades que se presenten.

“La invitación es a los jóvenes que hacen parte del campo a que no nos desplacemos a la ciudad, ya que en la ciudad no hay oportunidades de trabajo o si existen no ameritan, pues hay mucha gente que quisiera estar respirando la tranquilidad de nuestro campo”, asegura.  

Asimismo, luego de tres años, Andrea le ha apostado al reconocimiento de un territorio que desde sus propias comunidades han trabajado los cultivos como una puesta para la paz y la construcción del tejido social. Esta ingeniera agrónoma de la Universidad Nacional, que, tanto por su amor a Álvaro como por la contribución al cambio social, decidió radicarse en el cañón de Las Hermosas no solo para aportar su granito de arena, sino como ella dice, sino también para aportar a las iniciativas que la comunidad ha venido realizando desde su propia cosmovisión.

No se trata de desarrollos traídos por terceros, los campesinos de Las Hermosas ven riquezas en sus maneras de cuidar la tierra, producir alimentos limpios y generar un fortalecimiento de su economía familiar desde la seguridad alimentaria.

Álvaro menciona como con su huerta solventa semanalmente lo que tendría que comprar en verduras, ahorrando entre 150 a 200 mil pesos mensuales en su compra de hortalizas y verduras. Asimismo, asegura tener una agricultura limpia que beneficia su salud y mejora los suelos de su finca.

El proyecto que se viene gestando poco a poco es su manera de fertilizar el suelo, Andrea nos explica cómo han venido trabajando diferentes formas de cuidar la tierra, recuperando y produciendo nutrientes a través de abonos orgánicos.

Hace dos años iniciaron con el supermagro, el cual se produce con estiércol de vaca, leche y melaza, a esta mezcla se le hace un proceso de fermentación durante un mes, para que se generen los nutrientes y microorganismos necesarios que proporcionan un buen crecimiento a las plantas. Desde hace poco vienen trabajando con la lombricultura una biotecnología que utiliza a una especie domesticada de lombriz como una herramienta de trabajo, así reciclan todo tipo de materia orgánica obteniendo otro tipo de abono para la huerta.

Álvaro manifiesta que la agricultura convencional que se implementa para el cultivo de nuestros alimentos diarios, ha tenido una visión poco sustentable, al ser precaria en su sostenibilidad con el medio ambiente. Por esto, a pesar de que su finca es cafetera, la cría de la lombriz californiana cumple un doble propósito, el de ayudar a descomponer y transformar el desperdicio producido por la cáscara del café, pues es precisamente este el mayor alimento de las lombrices en tiempos de cosecha.

Dentro de esta iniciativa de abono con humus de lombriz esta pareja de agroecólogos han querido desarrollar su propia empresa llamada Humustol, con el deseo de proveer abono orgánico a las personas que quieran tener suelos más sanos y limpios de químicos.

“Hacer empresa no solo genera ingresos, estamos generando paz, trabajo y oportunidades de vida para la gente que se quiere quedar en nuestra región”, expresa Álvaro.

Esta pareja de campesinos por elección y tradición quieren replicar los beneficios que sus abonos orgánicos han producido para su huerta, aplicando en toda la finca Dosquebradas. A su vez han iniciado esta aventura de emprendimiento y desarrollo empresarial con el montaje de su empresa de abonos, apostando así no solo al progreso sustentable, sino a la generación de empleo en el territorio y la conservación y recuperación de suelos.

Dos amantes de la agricultura limpia, de la huerta o como Álvaro dice: “el pancoger de los abuelos, el cual no nos deja aguantar hambre”.

Escuche a continuación la crónica radial de esta historia: