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Michi Sarmiento ya no está: la rumba se acabó

“Todo el mundo presagiaba un sentimiento sombrío”, cantó Joe Rodríguez en 1973. Hoy Michi Sarmiento ya no está: la rumba se acabó. 
Luis Daniel Vega

Si bien en su cédula de ciudadanía está consignado que nació el 1 de noviembre de 1938 en María La Baja, Blas Sarmiento Marimón siempre aseveró que fue en Labarcé (Sucre) donde tuvo lugar su alumbramiento. “Eso me lo dijo mi mamá… y mi mamá no me puede mentir”, le dijo en 2013 al investigador barranquillero Néstor Emiro Gómez en una entrevista en la que el saxofonista revela grácilmente los pormenores de su destino

“La que inició todo esto fue mi mamá, pues fue ella quien se enamoró de mi papá cuando él estaba tocando clarinete pa´una fiesta de San Sebastián, el 20 de enero, en María La Baja. Entonces ella quería tener un hijo músico como mi papá y dio en el blanco". Sarmiento cuenta, en esa misma conversación, que Dios tenía todo preparado: “Mi abuela, cuando ya estaba pa´morir, le dijo a Clímaco que ella se moría tranquila si él me enseñaba a tocar el clarinete”, contó. No sobra decir que aquel Clímaco era, para ese entonces, uno de los clarinetistas más renombrados de la región.

En medio de dos alucinantes océanos sonoros – el de su padre y el de Clara Marimón, su madre, quien era cantadora de bullerengue- transcurrieron los primeros años del niño que se hizo adolescente en Soplaviento. Michi, como ya era llamado desde los días en los que su tía Petrona dijo que se parecía a un simpático cerdito que deambulaba por las calles de Labarcé, comenzó sus estudios formales a los catorce años en el Instituto Musical de Cartagena, centro educativo adscrito a la Escuela de Bellas Artes. Aparte de la academia, Adolfo Mejía, el filipino Teófilo Tipón y de Clímaco, el fervoroso ambiente de la ciudad también fue esencial en su educación.

“A comienzos estudié clarinete ya en firme, y luego el saxofón tenor. Me acuerdo de que pa´esa época, allá donde vivíamos en Cartagena, al lado había una familia de una señora que ponía a las seis de la mañana una emisora cubana (…) no jíbara sino música guajira, todos los días escuchaba esa música guajira y aparte que uno iba a los teatros a ver bailar a Meche Barba, Tongolele, Ninón Sevilla, esas artistas bailarinas del cine mexicano (…) entonces se tocaba mucha conga y rumba”, contó Michi.

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El anterior testimonio aparece en el libro ‘Salsa en Colombia’ (Ediciones Calle Salsayletras, 2021) donde el investigador sanadresano Sergio Santana Archbold hace un recuento minucioso de los primeros pasos de Michi en el circuito costeño de música tropical. 

“Para mediados de la década de los cincuenta, ya estaba trabajando con la Orquesta Tropical de Andrés Morales, siguió con el grupo del Ballet Folclórico de Delia Zapata, con la orquesta de su padre, con Orquesta Emisora Fuentes, con Rufo Garrido y luego con Pedro Laza y sus Pelayeros –debutó en la famosa grabación con Daniel Santos en 1958-. Pasó seguidamente por la Orquesta Claridad de Corozal, dirigida por Pedro Mullet, y la Sonora Cordobesa cuando Simón Mendoza decidió meterle saxofones (…) Estuvo un tiempo con la orquesta de Peyo Torres y con Antonio María Peñaloza. A comienzos de la siguiente década tuvo su primera orquesta, Michi Sarmiento y sus Matuyeros, con el cantante Johnny Moré: un conjunto de trombón, saxofón, guitarra eléctrica, bajo y percusión, que hizo unas pocas grabaciones con el sello Tropical de Barranquilla. Estuvo con Los Corraleros de Majagual hasta que organizó Michi y su Combo Bravo, una agrupación de nueve músicos”, se lee en el libro de Santana.

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Fundada en 1966, Michi y su Combo Bravo fue una de las tantas agrupaciones cartageneras que asimilaron la bomba y la plena de Cortijo y su Combo, el mambo de Pérez Prado, el boogaloo de Richie Ray, además de los sonidos novedosos de Ray Barretto y Nelson y sus Estrellas. Era música que sonaba tanto en las bocinas estruendosas de los picós como al interior de los cabarets que se encontraban ubicados en el barrio Tesca. 

Allí, en lo que eran unos enormes prostíbulos visitados por marinos de insólitas nacionalidades, la deliciosa banda sonora de jornadas lujuriosas era amenizada por discos contrabandeados y orquestas de salsa locales como Puerto Rico y su Combo, el Súper Combo Curro, Los Seven del Swing, Los Platinos, Roberto de la Barrera y su Combo, Toño y su Combo, La Protesta y, por supuesto, Los Bravos de Michi Sarmiento. Todos ellos fueron precursores y escribieron páginas memorables de nuestra salsa gracias a grabaciones patrocinadas por Curro, Philips y Discos Fuentes, este último, sello discográfico que apadrinó al músico de marras.

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Durante el fructífero matrimonio entre Fuentes y el saxofonista, que se extendió desde 1969 hasta 1973, fueron editados ocho discos extraordinarios en los que Michi Sarmiento destapó sus virtudes como compositor, intérprete y arreglista. Frisando apenas la treintena de años se despachó versiones apabullantes de canciones originales de Richie Ray, Tito Puente, Ray Barreto, The New Swing Sextet, Louie Ramírez, Sexteto La Playa, Willie Colón, Tite Curet, además de porros y cumbias de la autoría de su padre, composiciones propias como ‘Salsa con monte’, ‘Mi burro’, ‘Linda mañanita’, ‘El arroyo de Matuya’, ‘No te vayas’, ‘Aquí los bravos’, ‘Purificación’, ‘Mi cumbiambé’, ‘El tigre de Manatí’, ‘La primavera’ y ‘Paso mi vida’, entre muchos otros éxitos que enfiestaron a toda una generación de hombres y mujeres cuya propensión al baile tuvo alivio en las manos y el aliento de quien tuvo que ser considerado, a su tiempo, un habitante ilustre de Cartagena, ciudad en la que vivió desde su agitada juventud. 

 

Por el Combo de Michi pasaron, hasta su disolución en 1973, una tropa de músicos entrañables: Antonio ‘El Neco’ Almarales, Leandro Boiga, Rafael Benítez, Víctor ‘El Nene’ del Real, Juancho Vargas y Sofronín Martínez. Diez años después regresó a los estudios de grabación con ‘Taconazo’, un registro producido por Codiscos que dejó bombazos de alto calibre como ‘Antonia’ –de su inspiración-, ‘Fidelina’, escrita por Antonio María Peñaloza; ‘San Andrés’, de Hugo Alandete; y particularmente, ‘Caimán y gallinazo’, una vieja cumbia de su padre. Si bien esta nueva incursión fue tímida y pasó desapercibida, fue el prólogo de una temporada intensa en la que se destacó como arreglista. Por esos mismos años, y como dato curioso de su biografía, apareció en ‘El patio de los vientos perdidos’ (1984), la novela donde Roberto Burgos Cantor lo ubica en el cabaret de Germania de la Concepción Cochero como un saxofonista que “hacía levantar a los muertos”.

Después de ser director artístico de Felito Records y liderar algunos proyectos de La Niña Emilia, Blas Sarmiento tuvo uno de los momentos más esplendorosos de su carrera al lado de Joe Arroyo. Con su habitual desparpajo. “Estoy en Barranquilla (…) y no sé qué problema tuvo el saxofonista Juventino Ojito con el Joe y su orquesta La Verdad, total que se sale él, entonces no encontraba saxofonista... y Johnny Arzuza le dijo al Joe - ‘ombe, el que está aquí es Michi-. Y así me incorporé yo al Joe. Él acababa de salir de una crisis, estuvo un buen rato enfermo de tiroides y drogas en Cartagena (…) estaba completamente flaco, flaco y destruido; incluso me daba los anticipos y yo se los devolvía. Participé en varios discos, nos hicimos muy amigos, llegué a vivir en su casa y le hice arreglos originales a temas como ‘Tumbatecho’, ‘Musa original’, ‘Mary”, Rebelión’ y ‘Fulana’. Eso lo catapultó mucho a nivel internacional y siento que le eché la bendición. En la primera gira llegamos a Madrid, era el cocinero de él: le hacía su arroz con coco, su comida cartagenera, me entiende, tajada de plátano amarillo, el bistec de carne con cebolla y tomate y su jugo de naranja, cualquier cosa. De Joe fui saxofonista, arreglista, le entregué composiciones y fui cocinero”, le contó a Sergio Santana.

Mientras Joe Arroyo intentaba domar el vértigo angustioso de la fama, a Michi no le sonrió la buena fortuna. Durante una larga temporada que se extendió hasta finales de los noventa, prácticamente se retiró de la música y se dedicó, entre otras cosas, a labores como la jardinería, oficio que ejerció con resignación durante tres años en el vivero de las Empresas Públicas de Cartagena. Entrado el nuevo milenio rearmó su combo con la compañía de sus hijos, quienes lo acompañaron en inesperadas giras internacionales auspiciadas por nostálgicos entusiastas.

Entre tanto, como un ejemplo más de nuestro crónico desdén, su leyenda fue creciendo en Europa. Con ello vino la publicación de ‘Aquí los bravos’ The best of Michi Sarmiento y su Combo Bravo 1967- 1977’ (2011), un atinado recorrido histórico de su legado -producido por el sello inglés Soundway- que irónicamente lo reivindicó en tierras ajenas. Los viejos discos publicados por Fuentes –que durante mucho tiempo se vendieron como ripio por unos cuantos pesos- alcanzaron cifras tan absurdas como astronómicas. Esto sería el preludio para que un año más tarde, junto a Ondatrópica, el septuagenario saxofonista reclamara un lugar honorable en la historia de la música popular colombiana. A pesar del afortunado sinsentido, Michi Sarmiento pudo recoger los frutos de una antigua siembra.

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Registrado en los estudios de Discos Fuentes en Medellín entre el 9 y el 27 de enero de 2012, el disco ‘Ondatrópica’ fue una idea de Will Holland y Mario Galeano, dos músicos que quisieron rendir tributo al icónico sonido de la música tropical colombiana de los setenta. Para algunas de las personalidades que también fueron invitadas –Alfredo Linares, Markitos Micolta, Pedro Ramayá, Juancho Vargas- significó una suerte de imprevista redención que Michi celebró evocando una cumbia primorosa de su cosecha personal que había grabado cinco décadas atrás: “Qué linda la mañana cuando sale el sol/ La vida se ennoblece con su resplandor”.

Con Ondatrópica a Michi le llegó su revancha: “Lo que el diablo me robó, me lo está dando ahora”, sentenció en aquella plática con Néstor Emiro Gómez. La segunda oportunidad en esta geografía ingrata le prodigó volver a vivir de la música, enseñar las confidencias de su quehacer a neófitos aprendices, entregarse a sus convicciones espirituales y grabar canciones inéditas que estaban esperando turno como lo fue el caso de ‘Bogotá’, una cariñosa declaración de amor a la capital –en sinuoso ritmo de soca- incluida en ‘Baile bucanero’, segunda grabación de Ondatrópica, estrenada en 2017.

Como nos hubiera gustado un feliz desenlace para esta historia de gozo y frustración: o un poco más de la presencia terrena de Michi o, en el ocaso de su existencia, el viaje al más allá en medio del sosiego. Como a miles de colombianos y colombianas que les han arrebatado su dignidad, Blas Sarmiento fue otro mártir del infame sistema de salud y el olvido estatal; ni siquiera su gloria fue suficiente para sortear el desdén al que fue condenado a mediados de 2021 luego de que le detectaron una penosa enfermedad. 

“El viacrucis no fue la enfermedad, el viacrucis fue solicitar citas, esperar programaciones que nunca llegaban, solicitar aprobaciones, pedir órdenes, ser un mendigo dentro del sistema, padecer lo que padecen la mayoría de los colombianos que no tienen la gracia de tener una póliza de seguridad prepagada en salud”, expresó con desazón el periodista Javier Ortiz Cassiani en una columna publicada en El Espectador el pasado 29 de septiembre.

Lo de Cassiani fue un anuncio sin respuesta, pues Michi Sarmiento, a sus 83 años de edad, murió el 27 de noviembre, desamparado por esas mismas instituciones hipócritas que un día ensalzan y al otro, sin siquiera ruborizarse, apartan la vista y entre dientes mascullan: “Esto no es conmigo”.  

“Todo el mundo presagiaba un sentimiento sombrío”, cantó Joe Rodríguez en 1973. Hoy Michi Sarmiento ya no está: la rumba se acabó. 

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