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Orquestas colombianas parte 3: una historia ligada al vallenato

Conjuntos como el Binomio de Oro llegaron a tener en realidad dimensiones orquestales en los años ochenta.
Artistas Colombianos
Foto: Radio Nacional de Colombia
José Perilla

Escribió el profesor Egberto Bermúdez en un texto reciente sobre el pasado y el presente de la música colombiana: “A mediados de los años 70, las modas internacionales, desde la salsa hasta la música disco, desafiaron la supremacía de la cumbia y otros géneros bailables (porro, gaita), pero la industria fonográfica y los medios de comunicación locales encontraron en el vallenato una estrategia ideal para resurgir en medio de los dramáticos cambios que dejó el primer embate del narcotráfico en la sociedad colombiana.” 

No es sobre vallenato esta serie de notas, pero es bueno saber que, no siempre así denominado, esta música estuvo presente en el panorama y, desde los setenta, cada vez más protagonista. Además, contrario al canon de acordeón-caja-guacharaca de los festivales, conjuntos como el Binomio de Oro llegaron a tener en realidad dimensiones orquestales en los años ochenta. 

Pero vamos solo de paso por allí para señalar que esta cita trae a colación un importante ingrediente del desarrollo de la música popular en Colombia como fue el surgimiento del narcotráfico y, de cara a los años ochenta, el inicio de la guerra contra las drogas cada vez más cuestionada. Entre otras cosas porque sostiene una de las mayores problemáticas: precios que la clandestinidad ha mantenido muy elevados, de lo cual se desprenden los inmensos capitales que, a su vez, están en la base de la descomposición social y la corrupción. 

Claro, si algo caracteriza la vida del traqueto es la magna dimensión de sus fiestas. Quizá el más rumbero de la época fue Carlos Lehder, quien quiso organizar en Armenia, Quindío, un concierto de los Rolling Stones. Se dice también de Pablo Escobar que, por petición de su hijo, quiso llevar a su hacienda a Michael Jackson y luego secuestrarlo. El malvado Popeye recordaba que fueron varias las ocasiones en que Héctor Lavoe actuó para su jefe y recientemente José Luis Perales “El Puma”, salió a desmentir que hubiera cantado alguna vez para Escobar. 

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Por otro lado, muchas son las anécdotas de músicos locales activos en los años ochenta que, entre risas, recuerdan insólitos episodios de cuando sus orquestas terminaron, literalmente, metidas en el baile vertiginoso de la mafia.

La industria de la cocaína produjo una bonanza económica en Cali reflejada en “la cara oculta de la salseridad”, en uso de las palabras escritas por Alejandro Ulloa en su libro La salsa en tiempos de nieve. El investigador analiza allí cómo desde mediados de los años setenta, el narcotráfico afectó y potenció el desarrollo de la salsa en Cali. Muchas orquestas se vieron beneficiadas. 

En entrevista con Victor Lenore para VozPopuli, Nino Caicedo, el compositor de la orquesta Guayacán, recordó: “todas las orquestas de salsa del mundo vieron incrementado su nivel de trabajo durante esos años. [A los capos de la droga] Solo había que verlos bailar para comprender que les gustaba el género de verdad. La salsa fue la banda sonora de todo aquello”.

Pero los efectos del narcotráfico no se dejaron ver solo en la capital vallecaucana. Como es sabido, de diversas formas las dinámicas de la mafia afectaron a la sociedad colombiana en su conjunto y, en lo referente a la música orquestal, hay tres situaciones ilustrativas sobre tres de los pilares que sostienen el arraigo del baile en Colombia: Uno, varias de las portadas de Fruko y sus Tesos que insistieron representar el poder mafioso de los setenta; Dos, el consumo adictivo del Joe Arroyo que lo llevó al borde de la muerte durante los ochenta; Tres, el vínculo directo con el narcotraficante, caso de Jairo Varela por el cual estuvo en la cárcel en los noventa. 

Por otro lado, el mismo Ulloa aclara que no todo fue de esa forma y existieron “otras formas ‘alternas’ y al margen de la bonanza económica producida por la cocaína”. Eso aplica para la salsa en Cali y el panorama de la música popular en Colombia durante las décadas finales del siglo XX. Con esta tercera entrega de la serie, vamos a sobrevolar lo ocurridos con músicos y orquestas representativas de aquellos años.

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Al paso de los setenta

Gabriel Romero alcanzó reconocimiento paso a paso, cantando con orquestas dentro de las que se destacan la de Pacho Galán, Edmundo Arias, los Hermanos Martelo y el conjunto Los Black Stars. Es un gran representante de lo sucedido con la cumbia orquestal en los años setenta y ochenta. Una característica del piano o los teclados en algunas de sus cumbias es el uso de patrones de la salsa. Otro caso insigne de aquella mezcla cumbia-salsa es la canción “Amaneciendo”, de Adolfo Echeverría y La Gran Banda, grabada en 1976 (Echeverría era músico inquieto y experimentó también fusionando rock’n roll con sus Mayorales en la canción Murga murismeña, 1973). 

En esos años y con ese estilo hubo muchas otras orquestas de diversos lugares de Colombia y Venezuela. Desde Pastor López a La Gran Banda Caleña. El estilo cumbia-salsa hizo parte de la riqueza musical de los setenta y se proyectó en las décadas siguientes. Juan Piña y su orquesta La Revelación vienen también a colación.

La cumbia del cóndor

Uno de los efectos que tuvo la producción de música tropical en Colombia y su mercado a nivel internacional fue el surgimiento de la chicha en Perú. Luego, en las idas y vueltas del baile, el éxito de ese estilo produjo en Colombia el surgimiento de la orquesta Afrosound en el seno de Discos Fuentes y con la dirección de Fruko. Los instrumentos decisivos fueron la guitarra eléctrica y los teclados, pero esta vez con las características melodías en el estilo andino del sur. Sin embargo, con el paso de los años ochenta la propuesta de Afrosound fue cambiando. Aún en el ámbito del estilo tropical, algunas de sus canciones incluyeron incluso arpa y cuatro. Y cuando fue necesario, ensancharon su formato con trompetas. 

Esta década trajo otro ingrediente que fue la popularización del rock pop en español. Ello se dejaría ver en la batería de la canción “Mar de emociones”, ya en el estilo de Afrosound en 1991. Es una cumbia, pero de la forma en que se hacía la percusión años atrás, quedan solo algunos cortes ornamentales con los timbales, un solo al final que quedó sonando de fondo y la guacharaca con el incisivo “chucu chú”. Ese influjo del rock pop fue explícito en la versión de “Mil horas” (Andrés Calamaro, 1983) hecha por la Sonora Dinamita. 

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Entre los ochenta y los noventa

Joe Arroyo y La Verdad, el Grupo Niche y Guayacán fueron las orquestas más importantes de Colombia en los años ochenta y noventa. El primero se basa en las experiencias de músicos, orquestas, productores discográficos, escenarios y audiencias en cuyo marco se produjo buena parte de lo mencionado en las notas precedentes. Es decir, la confluencia entre el Caribe y Medellín con Discos Fuentes. La creación del Grupo Niche y Guayacán, por su parte, respondió a las confluencias ocurridas en Bogotá, donde la salsa tuvo fuerte arraigo. Se cuenta con varios textos al respecto: aquellos del baterista Javier Aguilera (miembro en sí mismo de varias agrupaciones) sobre músicos y bares del centro y el norte de Bogotá desde los años sesenta; también el libro ¡Fuera zapato viejo! : crónicas, retratos y entrevistas sobre la salsa en Bogotá donde se expande aún más el panorama (bellamente ilustrado); o Salsa y cultura popular en Bogotá que aporta también interesantes testimonios y análisis. 

En los ochenta siguieron confluyendo en la capital colombiana músicos de muy diversos lugares que formaron varias orquestas. Por ejemplo, a Joe Madrid se sumó Willie Salcedo, quien luego de pertenecer a la orquesta de Alfredito Linares, volvió a Bogotá a mediados de los setenta, fue productor de Discos Daro, conformó su orquesta y realizó más de diez producciones discográficas que lo ubicaron como uno de los pilares de la salsa a nivel nacional. En la página de Radio Nacional también se ha destacado a Jorge Guarín, cuya mención quiere solo ilustrar un poco la cantidad de músicos y orquestas que, si no es por coleccionistas y aficionados, habríamos olvidado por completo.

Otra de aquellas es la orquesta Los Chicos malos que publicó un disco justo iniciando los ochenta. Allí continuaba su destacada carrera el pianista Víctor del Real (víctima de covid) quien atravesó la década con El Nene y sus Traviesos. Tuvo cabida en esta orquesta y notable proyección la voz de Juan Carlos Coronel. Ya no suena muy a menudo pero, cuando lo hace, de inmediato se recuerda la canción “Patacón pisao”. Como arreglista y pianista, El Nene también fue importante para la orquesta y varios discos de Joe Arroyo. 

Contemporáneas al desarrollo de esta gran figura, desde mediados de la década y durante los años noventa, se recuerdan orquestas como Los Tupamaros y Los Alfa 8 las cuales, además de continuar con el desarrollo de la salsa, anotaron el aporte colombiano en el ámbito del merengue (tanto tecno como con tambores) amén de otras varias excursiones estéticas como “El baile de la quebradita” (Los Tupamaros, 1993). 

Hay que anotar también al Grupo Clase y al Grupo Raíces, este último de Barranquilla y cuyo mayor referente es la canción “Fiesta” donde lograron aunar la música y el fútbol en tiempos de Pibe, Higuita y Maturana. Por esos mismos años estuvo la orquesta de salsa y son montuno Los Nemus del Pacífico, con el quibdoseño Alexis Murillo y, en algunos de sus discos, la producción de Fruko. También contaron con la dirección de Hernando Angulo, quien había tenido experiencias con el sello Codiscos y la orquesta Integración Porteña, de Buenaventura. 

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Los eclécticos y pluriculturales años noventa

Al lado de los revivals de Alquimia e Iván y sus Bam Band, la continuidad que dió Juancho Torres y su orquesta a la música tropical big band, la salsa de la Sonora Carruseles, el Grupo Galé, las orquestas La misma gente y Matecaña, o Los Titanes de Alberto Barros, vino a inscribirse en esta historia el gran pianista Edy Martínez, cuando a mediados de los años noventa regresó de los Estados Unidos para dar un impulso decisivo al jazz latino en Colombia con su orquesta y el disco Privilegio, de 1995. Sucedió en esos noventa también que el Grupo Bahía ganó en la modalidad libre del primer Festival “Petronio Álvarez”, en 1997.

Por muchos años, “libre” fue sinónimo de orquesta en ese festival. Sacó su primer disco el Grupo Bahía, donde está su clásico “Te vengo a cantar”, y se fue de gira por Europa. Muy lejos estaba de ser usual un viaje así en ese entonces. En cambio, usual sí era que, cuando se daba, algunos músicos tomaran provecho del impulso gestado y se quedaran allá. Le pasó con su orquesta a Hugo Candelario pero ello no menguó su vitalidad. Siguió adelante Bahía y con ella un proceso que ha sido fundamental para la visibilidad que hoy tiene la música del Pacífico colombiano. Como pudo apreciarse, la presencia de este músico guapireño en la reciente edición del “Petronio” fue central.

Las mujeres no solo son como las flores

Hace dos décadas, luego de radicarse en Colombia por algunos años y tomar parte de la escena musical salsera de Cali en los noventa, la etnomusicóloga Lise A. Waxer publicó su libro Situating Salsa: Global Markets and Local Meanings in Latin Popular Music, “el estudio más sistemático sobre el tópico de la salsa en Cali publicado hasta ahora”, según lo anotó Carolina Santamaría en una reseña posterior. 

Dentro de las múltiples observaciones de Waxer, una reviste importancia a la luz de un sobrevuelo como el realizado en este escrito y sus precedentes: “la difusión global de la salsa ha ocultado una ideología de género que construye la cultura popular latina en términos de superioridad masculina” (“salsa’s global diffusion has masked a gender ideology that constructs Latin popular culture in terms of male superiority”). 

No se llega a una conclusión distinta al explorar lo sucedido con las orquestas en la música tropical, el limitadísimo papel que la mujer ha tenido como integrante (corista bailarina en la mayoría de los casos, cantante en otras sujeta al dictamen de los hombres), la nula existencia en labores de dirección y, al contrario, la omnipresencia de su cuerpo utilizado en las carátulas de los discos como atractivo comercial.

Antes que su libro, Waxer publicó un artículo dedicado al surgimiento de las orquestas femeninas de salsa en Cali. Allí nos cuenta que fue en 1983 cuando Maria del Carmen Alvarado y Constanza Riveros conformaron la primera, Yemayá. Esta orquesta alternó entre Cali y Bogotá. De allí surgió poco después Siguaraya. En 1985, se estableció Cañabrava, orquesta activa hasta finales de los noventa. Finalizando los ochenta, Connie Riveros formó otra orquesta femenina llamada Aché en Bogotá. Su percusionista, Luz Estella Esquivel, se ubicó en Cali para sumarse a la orquesta D'Cache, la cual grabó un disco en 1992 y poco después se disolvió. Esquivel fundó la agrupación Magenta Latin Jazz. 

Con la dirección de Olga Lucía Rivas, en 1987 se formó la orquesta Son de azúcar. En principió se llamó Orquesta Gaviota, pero, para iniciar contrato con CBS, la compañía exigió el cambio de nombre (y de trajes, por minifaldas). Su canción “Caleño” ganó en la Feria de Cali de 1992. Pronto se sumaron otras orquestas: Canela, Yerbabuena y Tumbadora, nombres que, como lo anotó Waxer, llevan implícitos estereotipos asociados a la docilidad del género feminino, cuando no al erotismo. Con todo y todo, la investigadora nos informó que para 1995, eran más de 10 las orquestas femeninas en Cali.

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Para finalizar

La música popular hecha en orquestas ha llevado en muchas ocasiones la bandera nacional pero, en todas, se ha definido en términos internacionales. Sea por influjos y referentes musicales, por flujos comerciales de discos (formales e informales) o por el desarrollo mismo de la radio. Muchas orquestas han llegado a ser símbolos colombianos. Pero lo son en relación con otras naciones, con otras orquestas. Cali, en tanto “capital de la salsa” o, más sobrecogedor aún, “sucursal del cielo”, queda en Colombia pero denota un espacio transnacional, global, universal. 

Hace treinta años, en 1981, la portentosa introducción de “Buenaventura y Caney” enlazaba todo un continente en torno no a un país, como todos los que menciona, sino a una ciudad que, en sí misma, fue uno de los focos de internacionalización colombianos. 

En la complejidad de este caldo heterogéneo, no hay que pasar por alto que, en muchas ocasiones, también hubo en cocción ejercicios hegemónicos mediados por el interés comercial, que aportaron sendas cargas de arena en la definición del rostro nacional. Como cuando las grabaciones de Los Gaiteros de San Jacinto fueron intervenidas para sumar instrumentos propios de la orquesta, decisión de los productores discográficos de CBS (la misma compañía de la minifalda) para que se vendieran. Y se vendieron, gaita y minifalda. Y hoy seguimos comprando esos discos en las reventas de vinilos y pagando bien caro a los distribuidores por internet.

Ahora todo se ve más claro que hace pocos años. Muchas personas son expertas, el conocimiento sobre la música popular en Colombia ha aumentado, como se dice, de manera exponencial. Ni en sus propios tiempos de esplendor se tuvo conocimiento de tantos discos de vinilo y tantas orquestas. Sobre todo desde 2015 para acá, plataformas para venta de discos, innumerables blogs y videos de youtube han potenciado la indagación. La compra de vinilos se ha estructurado. 

Es ahora un conocimiento sofisticado y ha llegado incluso a ser ofertado como actividad turística con manuales de instrucciones para hacerlo bien. Dentro de ese proceso, en alguna medida, se regulan los precios siempre al ascenso. Y, una vez adquirido el vinilo a uno, diez, cien, mil o más dólares, se multiplica en posts y videos de toda índole y ocurre la explosión digital. 

Junto a las fiestas de vinilos con público de nicho, el acceso que brinda el entorno digital lo define como uno de los medios fundamentales para el uso que damos hoy a la música. Estas notas han sido posibles por ello. Y la intención al evocar todos estos músicos y orquestas no es de corte folclorista, como tampoco se trata de adorar “héroes de la patria”. 

Estas son piezas del pasado que hoy adquieren nuevas dimensiones de cara a las necesidades del presente. Con el uso que les damos hoy a estas músicas grabadas, redefinimos, una vez más, el espectro sonoro de lo que podemos ser como nación. Y entonces está el pasado en el presente, pero también el presente definiendo el pasado en la forma como lo podemos apreciar. No existen las historias “definitivas” por muy ancho que resulte el libro.

Por eso, en otra nota de Radio Nacional donde se habla de El libro de las cumbias colombianas, Juan Sebastián Ochoa, uno de los tres autores, decía “El libro no proporciona una definición ‘redonda’ del término [cumbia], precisamente porque una definición de ese tipo no es posible, no existe. Tratar de dar una definición concreta y precisa sería mentir. En la introducción del libro comenzamos por enunciar los diferentes y múltiples significados que ha tenido el término dependiendo del momento, del contexto, de sus usos, y de quién los enuncie”. 

Así, orquestas, músicas y prácticas seguirán cambiando. Igual que cambió la salsa, la rasqa y el reguetón. No olvidemos que en este 2021 que se va, en tiempos de pandemia y con metaverse en el porvenir, más de un millón de personas atendieron el concierto de Ariana Grande en el marco del videojuego Fortnite, que tiene tan pero tan felices a nuestras niñas y niños. Hoy en las pantallas, atenderemos a la Fiesta Radio Nacional. Feliz año.

 

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