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Memorias de Álvaro Díaz Manrique, un rockero muy rolo

Por: Luis Daniel Vega

Miembro fundador de The Young Beats, Álvaro Díaz Manrique ha sido un testigo privilegiado de la historia del rock en Colombia.

Este bogotano con raíces boyacenses pasó de bailar en las discotecas a promover efímeros empeños discográficos, organizar festivales de rock al aire libre, gestionar ciclos de conciertos en teatros y agitar a las juventudes a través del periodismo.

Les invitamos a leer la primera de varias entregas en las que Álvaro Díaz nos cuenta su largo romance con el rock que empezó a mediados de los años cincuenta cuando escuchó por primera vez a Chuck Berry.

La suya es la memoria viva de los albores de nuestro rock.

El cometa Haley pasó por Bogotá 

Doña Natividad fue una mujer boyacense nacida en Soatá, la tierra del dátil, ese delicioso fruto que cuelga de la palmera. Ella me dio a luz, en medio de su trabajo, la mañana del tres de septiembre de 1943. Cosas de la vida, el alumbramiento sucedió en el Teatro Colombia, que hoy conocemos como Teatro Municipal Jorge Eliécer Gaitán. Allí, en el entorno del centro de la ciudad, en el barrio Las Nieves, donde he vivido desde siempre, me enamoré de Bogotá, mi ciudad. Hoy ya son setenta y siete años de recorrerla. Los de la suerte, dicen los apostadores, el doble siete.

En mi casa, como en muchas otras casas, la radio siempre estuvo prendida. Día y noche nos regalaba información, novelas y canciones. Recuerdo especialmente el fervor del final de año cuando las ondas hertzianas se transformaban en una fiesta caribeña proveniente de Cuba, Puerto Rico y, por supuesto, nuestras costas. Resuena todavía en mi interior el sonido de la guacharaca, el tambor y la dulzaina, además de los sones de Lucho Bermúdez y Pacho Galán. Eso sucedía a mediados de los cincuenta, años en los que también apareció el rocanrol, esa música que nos cautivó y que hoy, aún después de tanto trecho recorrido, me sigue haciendo feliz.

Aunque algo había escuchado de ese sonido diferente que había llegado de los Estados Unidos, mi primer encuentro con aquel ritmo sincopado y rebelde fue con un disco de 45 RPM. Finalizaba el año 1956 cuando tuve la oportunidad de tener en mis manos un pequeño objeto redondo con un gran hueco en la mitad y una canción por cara y cara. Al ponerlo a sonar en el tocadiscos esa música me estremeció por completo: muy difícil olvidar ese momento en el que escuché “Maybelline”. Tiempo después descubrí que la tocaba un tal Chuck Berry.

En 1957, un lanza discos llamado Jimmy Raisbeck presentaba El Club de los Noctámbulos, un programa en la emisora Nuevo Mundo de Caracol. Luego de las noticias, las radionovelas y los programas musicales del día a día, la “música moderna”, como le llamaban al rocanrol en aquellos tiempos, se tomaba el dial. A las 11 de la noche, a hurtadillas bajo las cobijas, el pequeño radio me llevaba a otras dimensiones. En esa misma estación, Carlos Pinzón, un importante hombre de radio, a través de su programa institucional llamado Monitor, inició la promoción del rocanrol. Lo hizo con el lanzamiento de la película 'Rock around the clock', cuyas estrellas eran Bill Haley y sus cometas.

Para tal efecto, Carlos organizó el preestreno en el Teatro El Cid. Lo promovió invitando a los jóvenes bogotanos para que antes de la película, y sobre el escenario, bailaran el nuevo ritmo vestidos a la usanza de la juventud estadounidense. Así, veinte alegres parejas se montaron en el escenario. Fue todo un suceso que la prensa comentó de manera negativa. Eso no impidió que el trepidante rocanrol se convirtiera en la banda sonora de nuestra adolescencia.

Las mañanas de los domingos y el matinal, principalmente el del Teatro Colombia, fueron el sitio de encuentro de esa nueva juventud a la que no le importaban tanto esas películas que empezaron a proyectar: lo primordial era compartir emociones. Recuerdo que en el pasillo de la parte alta del balcón del teatro, sin hacer ningún caso a lo que sucedía en la pantalla, se escuchaban, a capella, tarareos de éxitos rockeros que algunos osados cantaban ante el regocijo de los despistados espectadores.

Fue allí donde a Richard Bruno -un costeño de la barra del almacén Ley, a la cual también pertenecía-, le escuché; "Ay que pollita yo vi, cómo se me sonrió, pero al acercarme, yo no sé qué pasó, es algo muy raro que me hace estremecer, es amor". La canción, en inglés, era de Elvis Presley, pero en español fue toda una novedad. El aplauso fue general.

Lo anterior me sirve para describir el ambiente fraternal de esas jornadas dominicales que durante unos breves años fueron el espacio ideal de los jóvenes que vestíamos jean americano, chaqueta ‘atrapavientos’, mocasines del tipo apache y peinado con una mota exagerada.

Hasta que sucedió algo extraordinario en el Teatro Colombia: un viejito de 31 años -a quien solo conocíamos en las pantallas del cine y del que se decía era el padre del rocanrol- hizo su presentación. Fue así como el 7 de diciembre de 1960, último mes del primer año de la década maravillosa, día de las vísperas de la virgen en el mundo católico y comienzo real de las festividades navideñas en Colombia, cuando vino a mi amada ciudad, Bill Haley con su banda Los Cometas, quienes marcaron un antes y un después en el devenir del rocanrol bogotano.

¡El histórico punto de ignición no pudo haber sido de otra forma!

Jovencitas y jovencitos que no nos conocíamos, esa noche estrechamos profundos lazos y bailamos durante todo el recital; otros, menos lanzados, los más mayores, llevaron el compás trepados en sus sillas. En cualquier caso, fue una fiesta que cambió nuestra forma de sentir la música: todavía está muy fresco en mi memoria el inicio del concierto cuando la banda se largó a tocar su éxito “Rock around the clock” y nos apoderamos del foso del teatro, convirtiéndolo en una pista de baile, en un pandemónium ¿Se alcanzan a imaginar eso? Era un sueño hecho realidad. O mejor, era estar dentro de un sueño en el que centenares de chicos y chicas adolescentes, al unísono, fuimos uno solo en medio de una danza tribal urbana, desenfadada y feliz. 

56 años después vi a los Rolling Stones, una de mis bandas favoritas, en el Estadio Nemesio Camacho El Campín. Fue emocionante, pero no tanto como en aquella ocasión en el foso del Teatro Colombia. Debo confesar que los grandes y aparatosos montajes le fueron quitando el sabor a la cuestión. Sé que esta presunción está motivada por la nostalgia y el romanticismo de aquel primer amor que nunca se olvida; sin embargo, con todos estos años encima, me puedo otorgar la licencia de decir, sin temor a la controversia, que aquel sonido precario, con tan solo un micrófono en la batería, un equipo Gibson de 30 vatios para la guitarra y el sonido de voces del teatro, fueron suficientes para que el rocanrol retumbara, nítido y potente, en un escenario para dos mil personas.

Al otro día, y como un regalo para la juventud bogotana, con la boleta a la mitad de precio que la noche anterior, los empresarios en el mismo Teatro Colombia programaron un concierto a las once de la mañana. La fiesta del rocanrol continuó con un poco más de 500 jóvenes que nos volvimos a congregar para despedir a la banda. La alegre y feliz fanaticada capitalina obtuvo un premio a su fidelidad, pues en ese matinal, sin lugar a dudas, Bill y sus cometas sonaron mucho mejor.

¡Hace tan poco que tenía diecisiete y vi tocar a Bill Haley en el mismo lugar donde nací!