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Foto: Laura Galindo.

Museo del Disco en Zipacón: historias para ver, tocar y escuchar

Por: Laura Galindo M.

Se enamoraron entre canciones de Leo Dan y Claudia Osuna. Él le ponía versos al teléfono: “Pídeme la luna y te la bajaré, pídeme un estrella y hasta allá me iré”. Y ella pasaba las tardes recordándolo mientras tarareaba estribillos a escondidas: “Amor, amor, amor, quiero ser vida en tus labios, quiero ser beso en tu piel”. Años más tarde, cuando la vida juntos se les había vuelto costumbre y los años se les sumaban uno tras otro, volvieron a escucharlas. La aguja rozando el disco, la voz de Leo Dan congelada en el tiempo, un par de copas en la mano y el recuerdo nostálgico de un amor que, ya viejo y cansado, evoca con nostalgia sus años más febriles para mantenerse vivo.

Fue en una de las salas del Museo del Disco, en Zipacón (Cundinamarca). El primero de Latinoamérica y el quinto en el resto del mundo. Está ubicado en la Casa de la Cultura del municipio y además de narrar la historia cronológica de la industria discográfica, le ofrece a sus visitantes la oportunidad de escuchar verdaderas reliquias y joyas de la música. Grabaciones del tenor italiano Enrico Caruso y el violinista austriaco Fritz Kreisler. Obras de Bach, Mozart y Beethoven. Tangos del Anibal Troilo y canciones de José Alfredo Jiménez.

Existe desde el 15 de julio de 1995 y por iniciativa del periodista, melómano y gestor cultural Carlos Pinzón Moncaleano, a quien el pueblo rinde homenaje en su calle principal con una concha acústica y un museo que llevan su nombre.

Al principio, era una colección de curiosidades discográficas donadas por amigos cercanos a Pinzón: Otto de Greiff, Bernardo Hoyos, Humberto Montoya Romanowsky, Fernando Gómez Agudelo, Gabriel García Márquez, Jaime Llano González, Teresa Morales de Gómez y Belisario Betancourt. Pero desde 2016, se convirtió oficialmente en un museo sonoro.

Foto: Laura Galindo.

A la entrada, un disco negro, grueso y pesado cuelga en la pared. Fue uno de los primeros que se fabricaron bajo el sello de la Victor Talking Machine, una compañía creada a principios de siglo por el alemán Emil Berliner, inventor de los discos de vinilo. Suena a 78 revoluciones por minuto, está impreso por una sola cara y es el resultado de una disputa. En 1898, Berliner y su hermano Joseph fundaron la Deutsche Gramophone y abrieron la primera fábrica de discos en el mundo. Sin embargo, por problemas legales y de pantentes, se vieron obligados a dejar de usar la palabra gramófono y a cambiar su nombre por Victor Talking Machine Co.

Un par de pasos a la derecha, se encuentran las primeras grabaciones de uno de los tenores más famosos de la historia: Enrico Caruso. Fueron hechas por Fred Gaisberg, un antiguo asistente de los hermanos Berliner, que viajó a Milán con la idea de inmortalizar la voz del cantante.

Caruso aceptó a cambio de 200 libras esterlinas y el 18 de marzo de 1902, en un estudio improvisado dentro del hotel Statz de Milán, grabó diez arias de ópera. Gaisberg las prensó en discos de 10 pulgadas y las vendió por sumas exhorbitantes.

Foto: Laura Galindo.

Le siguen la Sinfonía No. 3 de L.V Beethoven, grabada en un disco de larga duración -Long Play o LP- por Columbia Records en 1948; la alocución del Rey Jorge VI durante la Segunda Guerra Mundial hecha por EMI Music, y obras emblemáticas de Tchaikovsky, Bartók, Hindemith y Stravinsky comercializadas por el sello Decca.

La sala cierra con varias firmas colombianas como Fuentes, Sonolux y Codiscos. Con primeras grabaciones el Himno Nacional y la Marcha del Partido Liberal. Con antologías poéticas en la voz de Víctor Mallarino y León de Greiff.

El Museo del disco en Zipacón es un museo que no carga etiquetas de “No tocar”. Sus colecciones están ahí para ser escuchadas por quienes lo visitan, para reavivar recuerdos y sanar melancolías. Están ahí para que la música perdure y su sus historias trasciendan. Para crear arraigos, evocar instantes y sobre todo, para ser seguir sonando entre historias de amor, de amistad, de orgullo y de patria.