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Foto cortesía: Miguel Velásquez.

De Sutivan a Manizales: el disco debut de Miguel Velásquez

Por: Luis Daniel Vega

De repente ya no hay conciertos. En el más dramático de los escenarios posibles, perduran y nacen los discos, que no son otra cosa que antídotos livianos para días extraños. En el caso del jazz que se hace en Colombia, el retiro obligado ha traido una fecunda cosecha. Desde Pasto, Fatua Trío nos sorprende con la segunda parte de su inmersión en las músicas campesinas del sur de nuestra geografía mientras el saxofonista Pacho Dávila reaparece con una estrepitosa audición de free registrada por el sello bogotano MitFotU; por su parte, Kike Mendoza acaba de publicar una zurumbática sesión en trío y Niño Pueblo, banda liderada por el guitarrista Diego Manrique, se pone a tono con canciones profanas y pastoriles. Por si fuera poco, cuatro proyectos debutan en el ámbito discográfico: la orquesta La Zebra Azul, el joven guitarrista Sergio Páramo, el pianista Santiago Martínez Satizabal y el bajista Miguel Velásquez. Este último, nacido en Manizales el 1 de octubre de 1994, presenta un disco que delata algunos lugares abstractos de su genealogía. Matijasevic –como lo ha titulado escuetamente- es un viaje de ida y vuelta entre la antigua Yugoslavia y Colombia. 

Miguel nos comparte los pormenores de esta singular aventura:

«Tenía quince años cuando una tarde fui a la Biblioteca del Banco de la República en Manizales. De la nada tuve el arranque de digitar mi apellido materno en el teclado de un computador grandísimo que servía para consultar el catalogo de libros. La búsqueda arrojó un libro de un tal Danilo Calamata, ilustrado por mi tío Vicente Matijasevic, quien en ese entonces era un artista reconocido en la región por sus pinturas. Pedí el libro y encontré los dibujos de Vicente junto a los poemas del misterioso autor. De repente, mientras leía compulsivamente, empecé a sentir algo extraño. Fue una súbita ansiedad. Terminé el libro. Me cogió la noche.Tomé un bus y regresé a casa. Al otro día la zozobra me seguía acompañando. Falté al colegio, pues volví a la biblioteca para ver si encontraba más información acerca de ese libro que me tenía tan intrigado. Allí me volví a quedar como hasta las cinco de la tarde. Ya de nuevo en casa esperé con impaciencia la llegada de mi madre. La abordé mientras ella cocinaba. Sin más, me levanté del comedor y le pregunté: “¿Sabés quién es Danilo Calamata?”. “Encontré sus poemas en la biblioteca y están ilustrados por mi tío Vicente”. Entonces ella dejó de hacer la cena; se dio vuelta y me dijo que Danilo Calamata era el seudónimo que mi abuelo, su padre, usaba para escribir poesía. También me confesó que nunca me lo había contado pues su relación con él había sido complicada, entre otras cosas, porque tenía otra familia. Subió al segundo piso de nuestra casa y revolvió en un lado y en otro. Para mi sorpresa, de una caja sacó todos esos libros que yo ese mismo día había leído en la biblioteca. 

»Años más tarde, cuando me encontraba finalizando mi carrera de música en la Universidad Javeriana de Bogotá, tuve de nuevo un pálpito: necesitaba aclarar esas dudas de la memoria que tenían que ver directamente con mis antecesores. Se me reveló que era crucial atar los cabos que me llevaban desde mi abuelo César –nombre real del poeta Danilo Calamata- hasta mi bisabuelo Vicko Matijasevic, un croata procedente del poblado de Sutivan en la isla de Brač, que había llegado a Buenaventura en 1917. Cuando comencé a investigar acerca de Vicko fue muy desconcertante darme cuenta que, de alguna manera misteriosa, la historia de un inmigrante –tan lejano pero con mi apellido- estaba en perfecta sintonía con mis exploraciones  musicales. 

»Decidí aislarme y me instalé en Tolú durante veinte días en los que logré escribir una tesis. Allí sucedió lo mismo que ya había sentido cuando encontré los libros de mi abuelo en aquella remota tarde de la biblioteca. Fue una especie de presentimiento. Puede parecer un sinsentido pero allí, en pleno Caribe colombiano, me conecté profundamente con los gestos y las tradiciones musicales de aquel pueblo lejano donde estaba arraigada mi sangre. Más allá de una búsqueda meramente musical, esta fue una imersión en una memoria que tenía que reconstruir desde la intuición. Algo así como el folclor imaginado de Bartok. 

»Transcribí algunas melodías tradicionales croatas, especialmente las de la zona de Istria. En este aspecto fue muy importante entender lo que había hecho John Zorn con el folclor judío. También, como la inmersión partía desde mi experiencia, pues hay mucho punk y rock. Todo ello permanece en el disco, además de la influencia natural y determinante de los músicos que me acompañaron en la grabación. Hay un poco de Los Taitas –grupo de Juan Felipe Calderón, el baterista-, otro tanto de Cachicamo y Palo E´Corozo –donde toca el saxofonista Sebastián López- y mucho del hermoso cuarteto Sombra del Río del guitarrista Daniel González».  

Matijasevic y La Sombra del Río (2019) –un sorpresivo disco en el que Daniel González explora la música de la Chirimía del Río Napi- hacen parte del naciente catálogo del sello Crío, proyecto de promoción del que hace parte tanto González como Miguel Velásquez. Terminar un disco en medio de la coyuntura no ha sido fácil. Por eso Miguel está haciendo una vaca para no quedar tan endeudado. Si usted quiere darle una mano, lo puede hacer a través de este enlace o escuchando la grabación por acá