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Foto: Nangibe Torres.

“El único sitio donde durará la memoria de la gente será en las bibliotecas”: Juan Gustavo Cobo

Miguel Ángel Cortés

El mundo de Juan Gustavo Cobo Borda se expande por un apartamento inundado de libros en el sector de El Chicó de Bogotá. Desde el pasillo de la entrada, pasando por los mesones de la cocina, y las paredes de cada habitación, son los libros de un poeta y ensayista de 68 años que decidió albergar allí a sus huéspedes de honor. No tiene claro cuántos hay, pero asegura que se inventa un número diferente cada vez le preguntan.

Ese olor a libro viejo me transporta, me es familiar, me recuerda los días en la biblioteca de mi barrio en compañía de mi abuelo, haciendo las tareas de primaria, o hasta las visitas a la librería de mi tío Ricardo, merodeando entre los estantes de libros de segunda y buscando títulos llamativos para curiosear.

Este personaje puede ser muy familiar para los oyentes de Radio Nacional, es la voz de ‘Un café con poeta’, sección de nuestras pausas programación, dedicada para degustar los versos de la poesía universal. En entrevista con Cobo Borda, exploramos su mundo cargado de anécdotas, personajes y letras, todo conduce a un libro.

Foto: Nangibe Torres.

Entre las cosas que lo rodean, ¿Cómo inicia su recorrido por la literatura?

Es curioso porque en un primer momento yo no sabía que mi padre escribía y él había nacido en La Habana, pero desde niño estaba en España, zona de Santander. Y él participó activamente en el interés por la historia de España, de sus castillos, tenía un espíritu aventurero de conocer España y con el tiempo yo llegué a saber, aunque él no me lo decía, que había escrito dos novelas con el mundo rural español, la desigualdad social, los mineros de Asturias y eso luego yo lo entendí mejor, porque él participó en la guerra civil española en el bando de los republicanos y al perder la guerra ante la invasión de Franco, tuvo que migrar a un campo de refugiados en Francia, entonces tiempo después descubrí que él había escrito dos novelas y fue una gran sorpresa encontrar unas novelas más bien de índole social sentimental, entonces esa indirecta tardía influencia vino mucho después.

La cosa comenzó en el Liceo Cervantes de Bogotá, donde los padres agustinos tenían la convicción de que a mí me interesaba mucho la literatura, sobre todo por las últimas notas que sacaba en todo el resto de cosas, o sea, desde la gimnasia hasta la física, siempre me rajaba. Entonces eso les llevó a entender que a mí me gustaba eso y me pusieron en una tarea fascinante que era formar la biblioteca del colegio Liceo Cervantes de la Calle 82. Entonces, así fui con uno de los sacerdotes a las editoriales a ir a comprar los libros y esa fue la perdición, me enamoré.

¿De dónde nace la fascinación por la obra Borges?

A Borges siempre lo he admirado y desde que lo leí, él me dio la pauta de que era el mejor escritor latinoamericano, sin lugar a dudas. Y siempre fue una referencia por varias razones: una, por esa especie de polifacetismo, de escribir poesía, cuento y ensayo, y en alguna forma mezclar todos los géneros. Otra cosa que era fascinante de él era una franja de su creación que tiene que ver con la traducción, con las antologías y con los prólogos a libros, que eso ya constituye de por sí toda una literatura. Entonces, cuando uno va descubriendo que Borges prologó ‘La Divina Comedia’, que Borges tradujo en un momento unos cuentos de Oscar Wilde o que hay un prólogo de Borges de ‘Alicia en el país de las maravillas’.

Entonces todo eso va formando una suerte de gran breviario de la literatura que le permite a uno entrar de lleno. Hay varios prólogos de Borges a obras de Shakespeare y cada uno de ellos es distinto y te ofrece un aspecto diverso. Todas esas lecturas iban configurando lo que yo llamo un ‘cosmos borgogiano paulatino’. Cuando el presidente Betancourt me mandó de agregado cultural a Buenos Aires, yo trabajaba en esa entonces en la Biblioteca Nacional y me hizo una pregunta: -Mire Cobo, ¿Usted quiere ir a Alemania a seguir conversando con Gunter Grass o prefiere ir a Buenos Aires a cuidarme a Borges? Y por supuesto, no dudé en mi respuesta.

Foto: Nangibe Torres.

En ese universo tan amplio, de tantas entradas y salidas, ¿Qué hace tan fascinante leer a Borges?

Betancur me mandó para allá y ahí si fue lo peor, porque conocer a Borges, cenar con él los sábados en el Hotel Dorá, conocer a todos los libreros de viejo de Buenos Aires, buscar todos los libros de Borges, sobre Borges y contra Borges y tener ahí no sé cuantos, 1.500 de estos… Fue fascinante, porque fue entrar en el mundo de Borges, que tiene otras derivaciones insospechadas, una gran colección que él dirigió, sobre misterio y género policiaco, pero también novelas escritas por mujeres inglesas, maravillosas sobre esas delicias de envenenamientos en casas de campo de Inglaterra y de mayordomos terriblemente perversos, cosas que les encantaban a Borges y a Bioy Casares.

Además hacían una cosa que era maravillosa: cuando no conseguían datos de los autores, se los inventaban. Entonces hacían la traducción o se la encargaban a alguien falsamente y luego escribían las solapas de los libros y la mayor parte se la inventaban ellos felices. Hay un sentido del juego literario que en Colombia no existía mucho, era de alguna forma abrir el mundo de la literatura a un mundo de la imaginación continua y luego cuando conocí a Gabriel García Márquez me di cuenta que él estaba totalmente marcado por lo que Borges y Bioy habían hecho, que era la famosa antología del ‘Cuento fantástico’ y las traducciones de dos libros que son fundamentales para Gabo, como el caso de los libros de Faulkner de ‘Las palmeras salvajes’ o ‘El inolvidable Orlando’ de Virginia Wolf, y todo proviene de ese círculo de Borges, Bioy y la revista Sur en Buenos Aires.

Entonces ahí está lo que iban a hacer las lecturas de García Márquez y del Grupo de Barranquilla. Fue fascinante estar allá e ir atando todos los cabos sueltos o… los ‘Cobos sueltos’.

¿Cómo es la experiencia de conocerlo a través de la literatura y luego en persona?

No había tanta diferencia. Si uno había leído con atención a Borges, porque si lo había leído con minucia y con empatía, se da cuenta de ese carácter irónico y erudito que podía jugar con las literaturas orientales, podía jugar con las sagas nórdicas, podía amar a Verlaine y recitarlo en voz alta en una calle de París. De esta manera, todo en él confluía, hacia mostrar cómo era capaz de ironizar sobre sí mismo, de ironizar sobre el tema que estaba tratando, de una invención permanente y que nunca era directo, entonces en ese sentido investigaba sobre novelas que él fingía que habían sido publicadas en El Cairo y donde siempre aparecían asesinos o cosas que tenían que ver con el Oriente, hasta el punto que su amigo más cercano, Bioy Casares, al leer una reseña de Borges inmediatamente encargó la novela, que él se había inventado en el cuento, a la editorial inglesa donde Borges la había publicado, pero no existía. Todo era un invento (risas).

Pero, eso le dio una gran libertad a la literatura latinoamericana y le permitió un poco soñar y tener una capacidad fabuladora única.

¿Qué opina usted de los rumores de que el libro de papel va a desaparecer?

No, nada no hablemos de eso. Eso es falso, eso es mentira que va a desaparecer. Ve tú por todas las ciudades del mundo y están llenas de librerías y sobre todo de libros de segunda, que son los mejores. Pues sí, está muy bien el interés en esas cosas y lo que se puede lograr con eso, pero yo creo que, como dice Juan Esteban Constaín, lo importante es el olor de los libros, abrir un libro.

En estos días que he abierto libros viejos, porque tengo que hacer un trabajo sobre ‘las 50 novelas latinoamericanas que pueden estar influenciadas o contrarias a García Márquez’. Y así, me he puesto a leer libros viejos y el olor a la historia está ahí, en esas páginas amarillentas que no había vuelto a abrir. Yo creo que no, eso no va a terminar. Además, ya sabemos que todo confluye a un libro y una biblioteca, el único sitio donde durará la memoria de la gente será en las bibliotecas.

Foto: Nangibe Torres.

¿Qué poetas emocionan a Cobo Borda?

Uy muchos, me atraen mucho obviamente los latinoamericanos que conocí. Por ejemplo, dos poetas argentinos, Enrique Molina y una mujer maravillosa que se llamaba Olga Orozco, que además era bruja y maga. Para mí fue fundamental la figura de Octavio Paz, no sólo en su poesía en este gran poema, que es ‘Piedra de sol’, sino en sus ensayos. Aquí hay como tres estantes de libros de Octavio Paz, que es prodigioso como ensayista, su libro sobre Sor Juana Inés de la Cruz, Marcel Duchamp, Villa Urrutia, es uno de los grandes pensadores latinoamericanos.

En Colombia, tengo el gran orgullo de haber escrito un gran rescate de la obra de Mutis, cuando era una figura del exilio en México. Otro que era muy cercano y gran amigo, Fernando Charry Lara. Está otro, que era  un hombre muy especial, muy generoso y exuberante, que era Héctor Rojas Herazo, que no le bastaba con ser poeta, sino que también quería ser poeta, novelista y articulista. Entre los colombianos siempre he tenido la gran fascinación, como bogotano, de estar acompañado por la música de José Asunción Silva. Otro que me divierte mucho es León de Greiff, aunque es tan reiterativo con la cuestión de la música y con sus bromas.

¿Cómo es esa historia del plagio a Neruda? ¿Por qué elegirlo a él?

A mí me encantaba plagiar todo. Uno de mis grandes motivos de plagio era Agustín Lara. Cuando en uno de sus boleros decía “En tu diván de tul, tu exquisito abandono de mujer…” a mí eso me parecía mucho mejor que Playboy, era sensualidad total. Yo era tan ingenuo y torpe que llegué a escribir un poema a una de mis primeras novias, que comenzaba originalmente con un verso que yo creía que era mío: “Desde el fondo de ti y arrodillado, un niño triste como yo nos mira…” y era que yo no me había acordado del copyright y ya lo había escrito Neruda 46 años antes (risas). Y mis muzas, que sí habían leído, quedaban muy sorprendidas de que yo en el paradero del bus del colegio les entregara semejante cosa y muy emocionadas luego me decían que sí, que bueno, pero que no era que yo influyera en Neruda, sino que al parecer Neruda influía en mí.