Desde el silencio del Amazonas, la voz de Julio César Borrero que dignifica a las víctimas
En Leticia, en medio de los actos de conmemoración del 9 de abril, Día de las Víctimas del Conflicto Armado, las historias no se quedan en el pasado. Caminan entre la gente, toman forma en las voces y se convierten en memoria viva. Una de ellas es la de Julio César Borrero, indígena de la etnia Wuanano de la Amazonía, quien ha hecho de su vida una lucha constante por visibilizar a las víctimas de las zonas más apartadas del departamento.
“Tengo una infancia muy sufrida, debido al conflicto armado vivido en esta zona o región del río Apaporis”, dice, recordando un territorio marcado por la violencia y el abandono. A los 13 años, mientras estudiaba, recibió la noticia que marcaría su vida: “me dan la noticia de que a mi señor padre lo habían asesinado”.
Su historia ocurre en una región donde, como él mismo lo describe, “nunca hubo presencia de la fuerza pública hasta el año 2007”, y donde el conflicto dejó huellas profundas: “problemas de confinamiento, desplazamiento y muchos homicidios”. Su padre fue uno de los primeros en caer en esa violencia.
Pero su historia no es solo suya. Es también la de muchas comunidades indígenas que durante años guardaron silencio. “Son personas que todavía viven con miedo, no les gusta hablar de ese tema porque se sienten todavía con esa amenaza”, explica. En esas zonas, el conflicto no solo dejó víctimas, también dejó el miedo como forma de vida.
Un territorio donde el silencio fue impuesto

Durante décadas, el Amazonas quedó por fuera del relato nacional. “Esta era una región que prácticamente nadie la conocía aquí las entidades territoriales”, afirma. Sin embargo, la realidad es otra: desplazamientos, homicidios y comunidades enteras afectadas por la presencia de grupos armados.
Julio también fue desplazado. “Yo salgo desplazado en el año 2006 con mi señora esposa y familia”. Su camino lo llevó por Mitú y Villavicencio, hasta llegar en 2015 a Leticia, una ciudad que, según él, se convirtió en refugio: “Leticia siempre ha sido como el municipio receptor de víctimas”.
Allí reconstruyó su vida junto a su familia. Vive con su esposa, Clemencia Parente López, indígena de la etnia ticuna, y sus hijos, en una historia que también habla de resistencia y arraigo en medio de la adversidad.
Pero Julio no se quedó en el silencio. Desde su liderazgo comenzó a visibilizar lo que durante años no se contaba. “Entro como a hacer esa parte de visibilización de las víctimas individuales en el área no municipalizada de la región del Apaporis”, señala.
La memoria que tardó 38 años

Su lucha tuvo un momento decisivo cuando logró recuperar el cuerpo de su padre. “Al cabo de dos años, en el 2024 me entregaron el cuerpo de mi padre, después de 38 años”, cuenta. Ese hecho no solo cerró un ciclo personal, sino que abrió un camino para muchas otras familias.
“No fue solamente mi señor padre, sino cuatro cuerpos más, ya fueron cinco”, explica. A partir de ese proceso, otras víctimas comenzaron a hablar: “muchas víctimas han comenzado ese proceso de confianza con la entidad Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas, a comentar los casos”.
En un departamento donde, según él, hay más de “4 mil víctimas”, su historia se convirtió en un punto de partida para que otros también buscaran verdad y reconocimiento.
Hoy, Julio César Borrero sigue siendo puente entre el territorio y las instituciones. “Sigo de la mano aportándole información y datos concretos porque conozco el territorio”, afirma, convencido de que la memoria también se construye desde quienes han vivido el conflicto.
Sin embargo, advierte que la realidad aún es compleja: “si vamos al detalle, existe presencia, siguen operando en estas regiones”, recordando que el conflicto no es solo pasado.
A pesar de todo, su vida también habla de reconstrucción. En Leticia ha levantado su emprendimiento y ha logrado estabilidad con su familia. “Estoy muy contento porque tengo mi emprendimiento, y mis hijos estudiando”.
Este 9 de abril, su voz no solo recuerda lo ocurrido. También interpela al país. Porque en lugares donde durante años se creyó que no pasaba nada, sí pasó y mucho. Y hoy, gracias a voces como la suya, el Amazonas empieza a dejar de ser silencio para convertirse en memoria.
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