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La huella del maestro Jaime Guevara en Charalá, Santander

En un acto por recuperar la memoria histórica de su municipio, el maestro Jaime Guevara creó el primer y único museo de arte de Charalá.
Mi país
Foto: cortesía Brandon Díaz.
Natalie Ramos
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“Charalá antes de Guevara y Charalá después de Guevara”, así responden los lugareños de este municipio del oriente de Santander cuando se les pregunta ¿Quién es el maestro Jaime Guevara?

Por su aspecto físico naturalmente es inolvidable: es un hombre de barba larga y blanca, con lentes, de sombrero campesino, y con una gran sensibilidad por la música. Pero el maestro se ha vuelto realmente memorable por otras cosas muy distintas a ser el ‘Santa’ de Charalá.

Vivió parte de su infancia aquí sobre los años 1950, heredó de sus ancestros- los que se enfrentaron en la Batalla Del Pienta a los españoles- su valentía, su voz de liderazgo y su sentido crítico para mirar la vida. Después 30 años de recorrer el mundo con su obra, regresó a su terruño para hablar de cultura con los jóvenes y el destino lo sorprendió con otra misión.

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De las tantas historias que pasaron por Charalá sobre la ruta libertadora, también dejó huella José Acevedo Y Gómez ‘El tribuno del pueblo’; Allí sin que muchos lo sospecharan, estaba casi en ruinas la casa de su natalicio, pero el maestro si lo sabía.

Él, en un acto por recuperar la memoria histórica de este territorio, levantó uno a uno los muros de esta construcción de 1700, para convertirla en el primer y único museo de arte de Charalá.

“Aquel día fue una locura, era la primera vez que en el pueblo iban a ver una verdadera obra de teatro, de talla internacional. Yo llegué convencido que el museo ya estaba terminado, pero no, me habían robado el dinero, no tuve de otra que improvisar una tarima y un teatro mientras llovía.  La gente estaba feliz al final de la obra”, recuerda.

Le puso por nombre Mujag, Museo Jaime Andrés Guevara, un lugar para hablar y disfrutar la cultura. Recorrer la casona es encontrarse con la obra del maestro, contestataria, reflexiva y educativa. Teatro, títeres, pintura, música y canto cada semana y sobre todo una tertulia con el maestro y su esposa Esperanza Reyes, curadora de su exposición.

“Aquí todo el que viene quiere volver, porque si tienen un sueño, de ser cantantes, de ser pintores, ellos confían en que el maestro va ser un gran apoyo para ellos. Jaime hace lo que sea por sacar esos niños adelante”, explica doña Esperanza.

Incluso el museo ha servido como una herramienta pedagógica para los profesores, quienes cada vez que quieren hablar de historia o de artes, pueden reemplazar el salón de clase por una visita al museo. Olga Villalba Reyes, profesora de español y literatura cuenta que “las clases son distintas, los niños se emocionan con un pincel en la mano, de conocer sobre el color, de ver cómo es un pintor en la vida real”.

Jaime Guevara es un artista en diversas expresiones. Su pintura es crítica, su escultura barroca, sus miniaturas un misterio y sus murales la máxima expresión urbana. Aunque se formó en Santander ha viajado por el mundo entero contando con su lienzo sobre justicia social, sobre campesinos, mujeres cabareteras y los recursos naturales, en Venezuela, Ecuador, Brasil, Estados Unidos y España.

En Medellín se hizo famoso por darle color y vida al Hospital General Luz Castro de Gutiérrez con un mural de más de 750 metros, reconocido como uno de los más grandes de Latinoamérica.

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Pero su grandeza la guarda solo en su corazón, es de voz fuerte, pero de espíritu humilde y no pierde oportunidad para dejar en cada joven una huella que les labre un camino cercano a la cultura. “Yo estoy convencido de que si en cada niño o joven de estos, yo dejo un aprendizaje, una chispa mágica para pintar, para cantar, para tocar como dioses un instrumento, todo habrá valido la pena”, explica Jaime Guevara.

El maestro, su museo, su familia y su legado han sido los responsables de que muchos charaleños hayan coleccionado por primera vez un conjunto de recuerdos sobre lo que es el arte. Diego Duarte Caballero fue uno de ellos, y cuenta que “la gente en el pueblo empezó a interesarse por ver una obra de teatro, por escuchar nuestra música andina, por ver un grupo de danzas folclóricas”.

Lo cierto es que allí, en la icónica casa de fachada colonial con puertas gigantes de color turquesa, frente a la iglesia del pueblo está el Museo Mujag y un hombre de barbas y charlas largas, que es el ejemplo vivo de cómo los gestores culturales sueñan y crean desde los pequeños territorios por construir un mejor país.

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