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Murciélagos en Uramba: grandes aliados de los ecosistemas

En las comunidades de Uramba, los chimbilacos (murciélagos) no son nada apreciados, se les llama vampiros y la población teme ser víctima de sus visitas nocturnas.
Francisco Palacios

En las comunidades afrodescendientes del Pacífico colombiano, especialmente las que viven en las profundidades de la selva, se le teme tanto a los espíritus como a los vivos, especialmente a los animales como el chimbilaco que representan la unión de estos dos mundos. 

Está grave la abuela,
vamo' a compañala,
El canto del guaco
Nos está avisando
Que está agonizando
Cojamos la trocha
Pa' llega ligero

El monte está oscuro
Vamos alumbrando
No tengamos miedo

Mira que de noche
Salen los espantos
Andan las culebras
Y cantan los guacos
Vuela el chimbilaco…

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Este es un estribillo de ‘Miedo en el monte’, canción icónica de la maestra Zully Murillo. En ella se relacionan los nombres tradicionales (y espirituales) de algunos animales, como el guaco, conocido en países como Chile con el nombre de raiquén. Una especie de lechuza grande, de plumaje oscuro, que con su canto avisa del fallecimiento pronto de un ser querido. Así mismo, se relacionan a los chimbilacos, mamíferos temidos por el ser humano, pero que brindan servicios ecosistémicos para las poblaciones cercanas.

La relación humano-murciélago nunca ha sido buena, al menos, no en las comunidades del Pacífico. “A un muchacho Belisario, hubo uno que le dañó las manos, se metía todas las noches bajo el toldillo y allá lo dormía; y al otro día amanecía todo lleno de sangre”, es el relato de don José Eliecer Reasco Moreno, un longevo habitante de Uramba (Bahía Málaga). 

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Y es que en las comunidades de Uramba, los chimbilacos no son nada apreciados, se les llama vampiros y la población teme ser víctima de sus visitas nocturnas. Sin embargo, existen servicios ecosistémicos silenciosos que son prestados por estos temidos mamíferos.

Alejandra Perea y Christian Calvache son biólogos de la Universidad del Valle e investigan la diversidad de mamíferos en las islas e islotes de Uramba-Bahía Málaga, especialmente los murciélagos. “Nos han llamado los chimbilacólogos por el nombre cultural de estos animales”. 

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Para los pobladores el hecho de que se estudie la presencia y diversidad de murciélagos en sus comunidades es un golpe cultural. “Para nosotros todos eran vampiros (en relación a su fuente de alimentación) pero, estamos viendo que hay diferentes tipos y que comen distintas cosas”, cuenta Gustavo Asprilla, poblador de Juanchaco.

En Uramba hay mucha diversidad en la presencia de especies de murciélagos. Si bien, existe presencia de los temidos hematófagos, cuya fuente de alimentación es la sangre, no necesariamente humana, la presencia más marcada está orientada a los fructíferos y los nectarívoros, que se encargan según Alejandra Perea, de funciones como polinización y dispersión de semillas.

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Sin embargo, el temor de las poblaciones es generacional. “Cuando éramos niños debíamos estar al cuidado de nuestra madre o de bajo sabanas que era la protección contra el chimbilaco y si estábamos por fuera de la sabana decían que nos mordían la punta de los pies o las orejas”, narra Alexander Berrío, habitante de Uramba. 

No aletean, manotean

Todos hemos visto volar a los murciélagos en círculos, parábolas e incluso línea recta, pero, no tienen alas, sino brazos. De acuerdo con el relato de Christian Calvache, esto “se debe a una modificación genética y sus alas son análogas a las manos humanas”, de hecho, cuentan con cinco dedos y en reemplazo de la palma, está una membrana que les permite volar, “tan solo su dedo pulgar conserva una garra”, por lo que “hacen manos de jazz” señala Calvache.

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Otro de los mitos extendidos respecto a los murciélagos hace referencia a la supuesta incapacidad de ver, sin embargo, Alejandra Perea relata que “esto no es cierto, poseen una gran ventaja de ubicación por su georreferenciación a través del sonar interno amplificado por sus orejas, pero tienen visión, incluso especies ven mejor que los humanos”.

“Estos mamíferos brindan muchos servicios y deberíamos verlos como aportantes a los ecosistemas” relata la bióloga Perea, quien añade que “por ejemplo, los insectívoros ayudan a controlar las poblaciones de insectos como mosquitos presentes en las comunidades, un murciélago puede comerse unos 2.000 mosquitos”.

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Pese a los relatos de los pobladores y sus historias vívidas, durante el estudio se logró la captura de al menos 10 especies distintas de murciélagos, sin que ninguna pertenezca a los hematófagos. “Las personas tendrían que tener en cuenta que, los humanos no somos la fuente principal de alimentación de los hematófagos, sino que, por la intervención en sus hábitats, sumado a la disminución de sus fuentes de alimentación, hemos sido vistos como fuentes de alimento”, señala Calvache.

Mientras continúa la pedagogía biológica y las comunidades se abren a conocer más sobre los murciélagos, los pobladores seguirán cantando.

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Mira que de noche
Salen los espantos
Andan las culebras
Y cantan los guacos
Vuela el chimbilaco…

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