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Nayib Bukele: el autodenominado “Emperador de El Salvador”

Bukele ha respondido así, con ironía, a la serie de protestas que han cuestionado su gestión gubernamental.
Mundo
Foto: Presidencia de El Salvador
Carlos Chica

Este artículo se elabora con base en la entrevista a Michael Paarlberg, profesor del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad Virginia Commonwealth, en el programa ‘El Mundo es un Pañuelo’ que la Radio Nacional de Colombia transmite los domingos a las 2 de la tarde.

 

“El Dictador más cool del mundo mundial’. Así se describía, el lunes 20 de septiembre, en el perfil de su cuenta de Twitter, el presidente de El Salvador, Nayib Bukele. Horas antes, la noche del domingo 19, había escrito: ‘Dictador de El Salvador’. Quizá siga modificando el texto. El 18 de octubre, después de la cuarta protesta en dos meses, en la que participaron unas 5 mil personas según agencias de noticias, se leía: “Emperador de El Salvador”.

Es la manera como el mandatario ha respondido con ironía a la serie de protestas que han cuestionado su gestión gubernamental y denunciado una deriva autoritaria que estaría poniendo en riesgo la institucionalidad democrática —especialmente por sus ataques a la prensa independiente, la cooptación del poder judicial y del legislativo, las pretensiones de reelegirse en 2024 y la obstrucción a las investigaciones contra militares responsables de crímenes de guerra y delitos de lesa humanidad—.

La siguiente es una síntesis de la entrevista de ‘El Mundo es un Pañuelo’ con el profesor Michael Paalberg:

Nayib Bukele ganó las elecciones presidenciales de 2019, en primera vuelta, derrotando a los candidatos de los partidos que gobernaron después de la firma de los Acuerdos de Paz de 1992 que pusieron fin a la guerra civil salvadoreña: Arena (Alianza Republicana Nacionalista) y el FMLN (Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional.

Aunque previamente ejerció las alcaldías de Nuevo Cuscatlán y San Salvador a nombre del FMLN y sus aliados electorales, siempre fue obvio que Bukele aspiraba a tener un aparato electoral propio (el partido Nuevas Ideas). Nunca ha sido político de carrera o líder de una plataforma ideológica. De origen palestino, empresario, publicista e hijo de un líder espiritual de la comunidad musulmana, solo ha tenido un proyecto en mente: ser presidente y gobernar dando órdenes por las redes sociales.

Su estrategia electoral y retórica consiste en descalificar los logros de los gobiernos de ARENA y el FMLN. Se empecina en señalarlos como los únicos responsables de la pobreza, el desempleo, la inseguridad, la crisis migratoria, la asimetría en el desarrollo de las regiones y la corrupción generalizada. Este último es un factor de fácil aprovechamiento en un país donde un expresidente está preso por malversación de fondos (Elías Antonio Saca), otro está prófugo (Mauricio Funes) y protegido por el Daniel Ortega en Nicaragua; y otro más (Francisco Flores) murió antes de ser juzgado por robar recursos de cooperación de Taiwán a las víctimas de un terremoto.

Lo paradójico es que Bukele no puede afirmar que él sí ha limpiado la casa. Es de dominio público el acuerdo político con el expresidente Saca y la vinculación de varios de sus funcionarios al gobierno de Bukele, algunos de los cuales han sido señalados de lavado de dinero proveniente de la estatal petrolera venezolana PDVSA, a través de varias subsidiarias, entre ellas, ALBA Petróleos.

En junio de este año, Bukele disolvió la ‘Comisión Internacional contra la Impunidad y la Corrupción’ —que él mismo había creado— cuando el organismo comenzó a investigar doce casos de corrupción en su administración, uno de ellos por robo de asistencia humanitaria a víctimas del Covid-19.

Bukele sigue gozando de altos índices de aprobación –ha llegado a tener los más altos del continente, con 90 por ciento—, aunque recientemente han bajado un poco, por los temores crecientes sobre el impacto de su gestión económica y, sobre todo, por la adopción del bitcóin como moneda oficial.

Bukele recibe el respaldo de un sector del electorado tradicional de ARENA y del FMLN, decepcionado por el incumplimiento de las promesas contenidas en los Acuerdos de Paz, a los cuales ha atacado este año diciendo que solo fueron pactos entre corruptos. Cuenta con simpatías en la comunidad evangélica que es hoy igual en tamaño a la católica, aunque ha comenzado a recibir críticas de algunos pastores.

Bukele cuenta con el apoyo de las Fuerzas Armadas como contraprestación al bloqueo de los archivos para esclarecer responsabilidades en la masacre de El Mozote (10, 11 y 12 de diciembre de 1981). Una muestra de ello fue la usurpación de funciones de la Asamblea Nacional, cuando Bukele ingresó resguardado por el Ejército, intentó presidir una sesión que le aprobara un préstamo de 109 millones de dólares para el fortalecimiento de la Policía Nacional Civil y las Fuerzas Armadas.

En las elecciones legislativas del 28 de febrero de 2021, el partido Nuevas Ideas de Bukele conquistó 56 de los 84 escaños de la Asamblea Nacional. Con mayorías, destituyó a los magistrados titulares y suplentes de la Sala Constitucional que había neutralizado la usurpación del Legislativo por parte de Bukele. Y también al fiscal que había iniciado las investigaciones por corrupción en el gobierno.

Es evidente que Bukele no representa sino sus intereses personales y los de su familia. Sus hermanos, que no tienen ningún cargo gubernamental, negocian con empresas chinas y otros inversores. Es poco lo que puede hacer el Congreso por cuenta propia. Quienes actúan como independientes son atacados por el presidente y por un ejército de seguidores y troles en las redes sociales, controlados por funcionarios del gobierno, lo cual no es un secreto.

En enero de este año —antes de las elecciones legislativas— un grupo de simpatizantes del FMLN fue víctima de un ataque armado, luego de una jornada proselitista. Dos personas murieron y tres resultaron heridas. Hubo tres detenidos; dos de ellos resultaron ser guardaespaldas del ministro de Salud. Sin embargo, en su cuenta de Twitter, Bukele insinuó que se trataba de un auto-atentado para obtener réditos electorales. Para la oposición y defensores de derechos humanos, el ataque armado estuvo precedido de una campaña de odio instigada por los seguidores de Bukele a través de las redes sociales.

El tema de la seguridad es esencial en cualquier análisis sobre El Salvador. Es cierto que ha bajado el nivel de homicidios en un país que, tristemente ha sido centro de atención por los niveles de inseguridad y el poder de las pandillas y el crimen organizado. Bukele lo atribuye a un logro de su plan de seguridad, pero hay hechos creíbles, algunos documentados en reportajes periodísticos, que atribuyen la reducción de la criminalidad aun pacto entre el Gobierno y las pandillas, especialmente con la Mara Salvatrucha MS-13: el Gobierno se abstendría de autorizar extradiciones a los Estados Unidos y daría beneficios a quienes están encarcelados, a cambio de operación limpieza de delincuentes por parte de la Mara, que sabe esconder bien los cuerpos de las víctimas. La sospecha se explica por la simultánea reducción del número de homicidios y el aumento de los desaparecidos. Bukele niega el pacto.

Bukele ha mantenido siempre una relación antagónica con los medios de comunicación que, en general, son instituciones que no controla. Los acusa, como Donald Trump, de difundir noticias falsas y de ser agentes de poderes extranjeros, financiados por multimillonarios como George Soros. El Salvador tiene uno de los mejores periodismos de la región, incluidos diarios tradicionales y nuevos como ‘El Faro’. Son medios que hacen bien su trabajo y, por ello, reciben constantes presiones de actores criminales y del Gobierno mismo. La estrategia de Bukele es llamar a que la población los ignore y lo sigan a él en sus redes sociales.

Bukele tiene claras aspiraciones autoritarias y está dispuesto a cambiar todas las reglas, incluida la Constitución, con tal de mantenerse en el poder. La petición a la Corte Suprema —nombrada por sus aliados en la Asamblea Legislativa— para que abriera el camino jurídico para postularse de nuevo a la Presidencia es un claro ejemplo de desinstitucionalización y de su autoritarismo: despide a quienes pueden hacerle contrapesos y protege a las figuras corruptas de su administración.

Su Gobierno expresa un modelo personalista, inspirado en la figura de un Mesías, de un Salvador para el Salvador, a quien se le tributa culto a su personalidad, mientras ignora las reglas establecidas para gobernar y pretende reemplazarlas con una relación directa con el pueblo, mediante las redes sociales, y a nombre del pueblo que lo eligió. Bukele no confía en nadie, salvo en su familia. ¿Sería factible que El Salvador transite hacia un régimen de partido único como ocurrió en México durante décadas de hegemonía del Partido Revolucionario Institucional (PRI)? El fenómeno de Bukele podría terminar con Bukele, pero él tiene cuarenta años, podría ser reelegido y es posible que permanezca en el poder, unas décadas más.

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