50 años de una operación del fascismo que capturó a Sudamérica
En diciembre de 1992, en una apartada comisaría de Lambaré, Paraguay, el abogado Martín Almada buscaba desesperadamente los registros de su propio pasado. Lo que encontró no fueron simples expedientes policiales, sino toneladas de documentos que apestaban a humedad y misterio. En medio del desorden, una frase en un informe llamó su atención: "Estamos en las garras del Cóndor". Al preguntar qué bicho era ese, un comisario le respondió con una frialdad que helaba la sangre. No se referían a un ave, sino a una alianza de muerte que no entendía de fronteras. Ese hallazgo, hoy conocido como los "Archivos del Terror", fue la primera gran grieta por donde empezó a filtrarse la luz sobre el fenómeno social y criminal más ambicioso de las dictaduras del cono sur.
Lo que comenzó como una cooperación informal de inteligencia entre regímenes militares, se cristalizó formalmente en noviembre de 1975 bajo el nombre de Plan Cóndor. Una investigación reciente liderada por la académica Francesca Lessa de la Universidad de Oxford, han permitido mapear con una precisión inédita la magnitud de este sistema. No se trataba solo de intercambiar información; era una logística compartida y subrepticia para el secuestro y el exterminio.
De acuerdo con la base de datos actualizada del proyecto Plan Cóndor, se han documentado 805 víctimas directas de esta coordinación transnacional entre 1969 y 1981. Este registro va más allá de los nombres: detalla cómo ciudadanos chilenos eran capturados en Buenos Aires, o cómo uruguayos eran "trasladados" en vuelos clandestinos para desaparecer en su tierra natal, anulando cualquier posibilidad de refugio o exilio.
La investigación actual arroja cifras y realidades que hoy sirven de prueba en tribunales internacionales: Aunque Argentina fue el epicentro operativo debido a la gran cantidad de exiliados que albergaba (siendo el centro clandestino Automotores Orletti una de sus bases principales), la red integró a las fuerzas de Chile, Uruguay, Paraguay, Bolivia y Brasil.
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Además, el plan operaba en tres niveles: cooperación de inteligencia, ejecución de operativos transfronterizos y la unidad secreta "Teseo", destinada a perseguir a opositores incluso fuera del continente, en Europa y Estados Unidos. El fenómeno social más relevante fue la persecución del militante transnacional. El Cóndor convirtió a Sudamérica en una "zona de libre cacería" donde el estatus de refugiado político no garantizaba la vida.
El camino hacia la reparación ha sido tortuoso pero persistente. El artículo de referencia y los registros del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) destacan que el juicio histórico en Argentina, que culminó en 2016, fue el primero en reconocer legalmente al Plan Cóndor como una asociación ilícita transnacional.
Desde entonces, la marea judicial no se ha detenido. En Italia, el Tribunal de Roma ha dictado sentencias de cadena perpetua contra exmilitares de varios países por la desaparición de ciudadanos de origen italiano. En Uruguay y Chile, aunque con ritmos distintos, los procesos por los "vuelos de la muerte" y las desapariciones forzadas siguen nutriéndose de nuevas pruebas documentales que surgen de archivos desclasificados.
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Hoy, el estudio de estas 805 víctimas no es solo un ejercicio de estadística forense; es una herramienta de memoria viva. La relevancia de este fenómeno social radica en que enseñó a las sociedades civiles de la región a colaborar entre sí, tal como lo hicieron sus victimarios. La Red de Sitios de Memoria Latinoamericanos y las organizaciones de derechos humanos hoy utilizan esos mismos lazos transfronterizos para asegurar que el "vuelo del cóndor" no se repita bajo ninguna otra sigla o ideología.