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Bogotá Distrito Vinilo: una historia oral sobre una pasión musical

Conversamos con Mario Felipe Ortega, conocido también como PincheDJ, sobre la magia del vinilo y la música en pasta en Bogotá.
Luis Daniel Vega

A finales de la década de los años setenta, un combo inmigrante de melómanos, coleccionistas, periodistas y vendedores se instaló en una de las alamedas más emblemáticas y agitadas de Bogotá. Según nos cuenta Carol Ann Figueroa en su escrupulosa crónica ‘Calle 19: la esquina del movimiento’, personajes como Pedro Vargas, Miguel Granados, Luis Cardona, El Viejo Efra y Sigifredo Farfán “habían construido un lugar propio en esa ciudad gris a la que habían llegado sin nada, un mundo paralelo hecho a pulso en el centro de la ciudad, cuyos tesoros discográficos atraían a una fiel clientela a la que se sumarían los estudiantes de las universidades aledañas, así como los artistas, locutores, intelectuales y bohemios que trabajaban o habían sido invitados a Caracol Radio, cuyas instalaciones estaban ubicadas sobre esa misma calle 19 con carrera octava”.

Puntualiza Figueroa que en el laberinto estrecho de casetas que se apostaron allí era frecuente encontrar desde Lucho Bermúdez o Fruko hasta Pacheco, quienes iban, o a comprar recopilaciones en casete, o a revisar si sus discos habían sido correctamente pirateados.

Aunque durante los noventa estas buenas costumbres parecieron esfumarse, y la actividad que orbitaba alrededor de los vinilos perdió su vigor, desde hace una década la conversa vinilera se ha instalado en Bogotá, ciudad que ha ganado su prestigio entre entusiastas nativos y extranjeros por cuenta de una buena cantidad de primorosas tiendas, clubes mixtos de pinchadiscos y coleccionistas, escondrijos que guardan gemas ocultas, sellos discográficos artesanales, ferias, fiestas de sótano y otras de salón: toda una comunidad embelesada por las estrías mágicas de esos objetos redondos.

Uno de los fervorosos es Mario Felipe Ortega, politólogo, pinchadiscos y profesor laborioso, quien un día decidió contar qué había detrás de la movida del vinilo en Bogotá. Luego de varios años de producción, finalmente sale a la luz ‘Bogotá Distrito Vinilo: una historia oral’, un documental que fue dirigido por Rodrigo Armenta.

Felipe, mejor conocido en el circuito como PincheDJ, nos contó los pormenores de sus aventuras vinileras.

¿Cuál es la memoria más antigua que tiene de un vinilo en sus manos?

En la casa donde aún viven mis padres -y en la que yo nací, crecí y viví hasta después del cartón Javeriano- hay un rincón contiguo a la escalera que lleva al segundo piso. Así venía diseñada desde los planos y diseños iniciales. El corazón de los años setenta. A ese lugar donde siempre se almacenaron bebidas embotelladas, libros y discos, lo llamamos de modo indefectible hasta la fecha, “la licorera”. Hay una foto de álbum familiar, en la que aparezco con mi hermano en el rincón de la licorera. Los discos están regados por el piso y nosotros jugando con ellos. Mi hermano y yo contábamos con escasos años de vida para la fecha. Yo tal vez meses. Los discos que seguro se fueron al camión de la EDIS, no alcanzaron a sobrevivir la época del cedé; con seguridad eran discos de Garzón y Collazos.

Traslado la pregunta a la experiencia de mi hija Lourdes. Ella vive los discos y los aparatos correspondientes desde el vientre materno. Rodean de algún modo su existencia.

¿Recuerda las tiendas a donde iba a comprar vinilos? ¿Recuerda el primero que compró?

Debo decir que la colección de mi hermano y mía siempre de fue de casetes. Eran más baratos que los discos y además en mi casa dejó de haber tocadiscos por una larga temporada. Alcanzamos a tener unos quinientos. La mayoría todavía están en mi casa. Algunos, los gringos, “los de mostrar”, tienen un lugar especial en mi apartamento: KISS, Maiden, Helloween, Destruction, Dangerous Toys, Sacred Reich, etc.

Centros de abastos: Bambuco, Prodiscos, La Rumbita, San Andresito de la 38, Omni 19, Vía Libre… y por supuesto Musiteca de la 15 al lado del Virrey y después Antífona en la 85. Desde luego fuimos clientes de Saúl Alvarez (q.e.p.d.) y hermanos.

Nuestro verdadero primer vinilo fue tardío: ‘Clásicos de La Provincia’, de Carlos Vives. Los gustos empezaban a cambiar por esos años. Ese disco pasó a otras manos todavía en tiempos escolares y lo volví a conseguir con el “regreso del vinilo”. Seguro que en el 93 lo conseguimos en Bambuco de Bulevar Niza.

Como a todas y todos quienes ya cruzamos la barrera de los cuarenta años, el vinilo dejó de importarnos durante un tiempo y nos enamoramos del cedé, ¿cuándo y cómo volvió a interesarse por él?

A través de mis parceros de Radio Mixticius, por allá en 2011: Silvie Ojeda, Andrés Aceves y Lucho Guillot. Ellos empezaron a conseguir vinilos importados alucinantes y a programarlos en la radio y en las fiestas. Por lo general eran discos de música africana moderna prensada en Europa. En uno de esos festejos escuché chicha peruana por primera vez en mi vida. La ponía Deejay GarNika en los tocadiscos. Después de un par de semanas quedé enganchado en la onda vinilera, apadrinado por GarNika, quien en su casa me vendió los primeros discos de esos años emocionantes. Fueron como veinte: ‘Cartagena Caribe’, de Wganda Kenya, fue uno de ellos.

¿Cómo aparece PincheDJ, su alter ego que pone discos?

Siguiendo con el padrinazgo de GarNika, él me animó a empezar a poner discos en sus fiestas. La primera vez fue en un aniversario de Matik Matik. No hubiera podido ser en otro lugar. Esa noche alterné con varios personajes. Entre ellos Mario Galeano. Grandes ligas y en mi “debut”. La última canción que puse esa noche antes de cederle el turno a Gala Galeano fue “Yiri yiri bom” del cantante beninés Gnonnas Pedro.

Vanesa Monroy, quien luego trabajó en el documental ‘Bogotá: Distrito Vinilo’, me invitó a poner música en un evento de lanzamiento de algún corto que había grabado. Fue en La Ventana, un lugar ya desaparecido que estaba ubicado la Zona T. Ella fue la primera persona que me preguntó: ¿y cuál es tu nombre de DJ? Le respondí al cabo de unos días.

El nombre PincheDJ está inspirado en el “Pincha discos del amor” de Eblis Álvarez. Es una mirada despectiva de mí mismo, así como de pinchador de microsurcos. Como PincheDJ he llegado a alternar con personajes como Quantic y Cut Chemist. Fue una noche en pleno Petronio. Regalos de la vida y la locura coleccionista.

Bonus: Por Silvie Ojeda, compañera javeriana y gran amiga desde los noventa, tuve acceso al voltaje de Mario Galeano, Eblis Álvarez, Pedro Ojeda y Javier Morales desde antes del Ensamble Polifónico Vallenato y el Sexteto La Constelación. En esas épocas sus proyectos eran La Plaza y Jazz Circular. Ellos son columna de nuestra escena vinilera trópico-experimental.

¿Qué es lo más absurdo que ha hecho por un disco?

Lo más obvio es pagar mucha plata. 300 barras dejé en la Galería del Coleccionista para hacerme a una copia de ‘Let´s Ball’ (1967), de Joey Pastrana, cuyo nombre, por error, aparece en los créditos como Pastrano. Moría y muero por ‘Rumbón Melón’, donde se escucha a Ismael Miranda muy pelao.

Más cosas ridículas: comprar discos y meterlos a escondidas al apartamento, sin que mi esposa se dé cuenta. Ella sabe que lo hago, pero no cuando lo hago. O eso me hace creer.

Meterme a locaciones recónditas ricas en microfaunas, microfloras y efluvios nebulosos, para encontrar discos. He llevado ropa que ya no me pongo a compraventas para aventurarme en esos lugares. Un par de veces. No lo vuelvo a hacer.

¡Lo verdaderamente absurdo es, simple y llanamente, coleccionar esos objetos mágicos!

¿Cuál es el origen de 'Bogotá Distrito Vinilo: una historia oral'?

Tiene que ver con la goma vinilera desatada por Radio Mixticius. Quizás fue en 2013 o 2014 que estando echando globos en la ducha se me ocurrió hacer una investigación que reportara la escena del vinilo en la ciudad, en el marco de mi trabajo como Director del Centro de Estudios (CES) en el Gimnasio Campestre de Bogotá. La idea empezó a cuajar cuando llegó al colegio Rodrigo Armenta, profesional en Cine de la Universidad Nacional. Él fue el cómplice y socio perfecto para sacar el empeño adelante. Asimismo, Luz Helena Aljure y Carolina Ferro, nuestras jefas en el plantel educativo, apoyaron la idea con entusiasmo.

Recorrimos fiestas, colecciones privadas, festivales, tiendas de todos los colores y sabores, conocimos mucha gente –y reafirmamos nuestra amistad con otras- grabando y entrevistando. En el proceso terminé por mutar definitivamente en el coleccionista patológico llamado PincheDJ.

¿Cómo financiaron el documental?

Básicamente gracias al colegio: fueron flexibles con nuestro tiempo de trabajo y además pusieron el presupuesto para viajar a diferentes ciudades a las que llegamos con Don Pablito, nuestro conductor titular. A eso hay que sumarle que pusieron a nuestra disposición equipos de grabación y edición. Los gastos menores corrieron por nuestra cuenta… incluido lo de los discos que nos fuimos encontrando en el trayecto.

¿Por qué se demoró tanto el estreno?

Justo antes del encierro alcanzamos a presentar el documental en la Universidad del Valle y estábamos listos para arrancar a México en marzo del año pasado. Iríamos a presentarlo en la Fonoteca Nacional, en varias universidades y en combos de vinileros y vinileras. Por obvias razones el asunto quedó suspendido.

Por otro lado, el proceso de grabación y edición se extendió más de lo que habíamos presupuestado en un principio. Igualmente, la realización del documental competía con otras responsabilidades laborales y personales. En un momento temí que el material no saldría de la memoria extraíble. Finalmente, Rodrigo, en una labor titánica frente a la pantalla, logró concretarlo. Y justo en ese momento se interpuso la pandemia.

Andrea Antón, Alejandra Fierro Fleta y José Arteaga, de Radio Gladys Palmera, “destrabaron el nudo pandémico”. Nos apoyaron en la publicación y por fin el documental vio la luz ante el público. Ya no nos pertenece; ya es de quien se lo apropie y le “dé la oportunidad”.

¿Cómo trazaron este mapa tan particular de Bogotá?

Fue una parte intuitiva y otra que tomé directamente de mi experiencia como coleccionista incipiente. Siguiendo la inercia del proceso investigativo y el olfato de Rodrigo fuimos catalogando tiendas, colecciones privadas, pinchadiscos, investigadores, melómanos, mercados, zonas comerciales, eventos-fiestas, sellos disqueros, Festivales y Mercados Culturales, lugares de servicio técnico de máquinas, etc. Una selva muy variopinta en manifestaciones.

Nuestra cartografía, que lejos está de ser exhaustiva, presenta la riqueza de un fenómeno complejo y vivo, rico en estéticas, tecnologías, identidades y dinámicas creativas.

En el proceso de elaboración del documental escribí la crónica ‘Bogotá, música en vinilo & pañales’, que apareció en Astrolabio, la revista del colegio. Allí está contenida parte de la historia de este mapa.

Y ahora que por fin salió, ¿qué pasará con el documental?

Hay planes en borrador para mostrarlo en España, México y, por supuesto, Colombia. Es un tema que hoy en día está generando mucho interés. Una idea de Juan Pablo Varela –mejor conocido en el ambiente del vinilo como Dirty Salsa- es que sería muy apropiado reunir nuevamente a los protagonistas para conversar acerca de cómo ha cambiado el fenómeno desde aquellos días en los que hicimos las entrevistas. Por ejemplo, hoy las mujeres atraen todos los reflectores: Alejandra y Andrea en España; Mujeres Vinileras en México; Los Rulos en Bogotá; Cecilia DJ CecYza en Perú y Brasil; Claudia Lawrence de León City Sounds en Washington y Perú. Ellas no están en el documental: hoy sería ineludible su presencia.

¡No descartamos un bote por El Zócalo!

¿Por qué Bogotá es considerada un destino obligado para quienes buscan obsesivamente vinilos?

Colombia ha sido y es tierra bendecida por la música. Los sellos disqueros y plantas de producción, regados por nuestra geografía nacional, dejaron montañas de joyas. Todavía hoy pasa. El último disco “made in Bogotá” que me llegó a través de Daniel Michel del Sello Mambo Negro es el sencillo “Bruja” / “Guayabo”, de La Perla. Total, un gran volumen de los discos de más de medio siglo de producción musical han terminado en Bogotá por distintas inercias centralistas. Los músicos tradicionales y no tradicionales, por décadas, han terminado migrando desde las provincias para volver realidad sus ideas musicales acá en la capital. Muchos comerciantes de distintos orígenes regionales han llegado con camionados de discos para montar sus negocios acá. También muchos coleccionistas y pinchadiscos han terminado radicados acá en La Nevera.

Para resumir, ciudades como Barranquilla, Medellín y Cali han sido pilares de la potencia musical y discográfica que es Colombia, pero Bogotá como centro económico del país, responsable de un porcentaje importante del PIB nacional, y epicentro de estudiantes universitarios e intelectuales inquietos y noctámbulos, se convierte, a pesar de su gélido y esquizofrénico clima, en un destino de gran atractivo para quienes persiguen la melodía en pasta.

Una pregunta temida que lo pondrá en apuros: ¿cuál es el disco favorito de los que habitan su colección?

Le voy a hacer trampa a la pregunta. Mi disco anti-favorito es ‘Porsuigieco’ (1976), aquel proyecto que Charly Garcia –junto a Maria Rosa Yorio, Nito Mestre, Raúl Porchetto y León Gieco- hizo a mediados de los años setenta antes de La Máquina de Hacer Pajaros. Lo busqué por cielo y tierra en Buenos Aires en 2004 y no lo conseguí. Ni siquiera en cedé. Poco después lo encontré en internet y un amigo me lo trajo de Buenos Aires a cambio de unas botellas de Coca-Cola que le envié a la persona con quien hice el trato. Seguro algún coleccionista cocacolista trastornado.

Un buen día decidí que ya no lo quería tener, pues no tengo discos argentinos. Hice un trato absurdo por muy poco dinero que me gasté en discos. Ni siquiera recuerdo cuáles fueron. El disco podría valer una minifortuna en unos años, pero me deshice de él … ¡aun siendo fan total de Charly García! El vinilo era perfecto: unda, carátula, y sobre impreso interno. Fotos preciosas y gigantes en la parte interna que se abre como un libro. Y lo mejor: traía una foto original en la que aparecía León Gieco, Orlando, el anfitrión de la tienda Vértigo se lo llevó. Hizo buen negocio a costillas mías. Ya estará en la colección de algún maniático del rock argentino. ¡Allá está bien! Los discos dan vueltas muy raras.

¿Cuáles son los cinco discos –o canciones- más anhelados por usted en este momento?

“Ololiuqui”, de Chaparro y su Orquesta, publicado en siete pulgadas por sello Melser. En ese mismo formato quisiera tener el sencillo “Crees que soy sexy” / “Stayin´ alive”, prensado recientemente por el sello español Vampisoul. Dos canciones: “La vamo’a tumbá”, del Grupo Saboreo y “Don´t go loose it baby”, de Hugh Masekela. Finalmente, el disco ‘Face to face’, del canadiense Gino Soccio.

Si fuera guía por un día, ¿cómo sería su ruta vinilera por Bogotá?

  • Arranque en “Cosmos”. Vinilos, zapatos “chocoano style” y alguna máquina de la época. Charladita con Don Elkin.
  • Rock Local en Eil Colombia, el local de José Urias Peña, vecino de Cosmos.
  • Casa del parcero Mathias Lederer en La Candelaria: material de Galletas Calientes y perlas traídas de Paris. Posibilidad de un trago de cognac Henessy.
  • Vértigo al lado del Jorge Eliecer Gaitán y pasada por las librerías del primer piso. Si es domingo toca pegarse el brinco obligatorio por el Mercado de las Pulgas.
  • Almuerzo en la Plaza de la Perseverancia con toque de vinilos de los Vinileros del Trópico. Mote’ queso o ajiaco preparado por Luz Dary Cogollos en el local Tolú.
  • La Roma Records para buscar siete pulgadas de proyectos locales. Charla bacana con Migue Fonseca.
  • Visita a la casa de Mateo Rivano BarbaRoja. Recorrido estético, antropológico por su casa y altillo. Compra de discos repetidos. Hay que llevar buena plata. Dancehall del bueno y cosas de Fuentes.
  • RPM Records en la zona rosa. Más siete pulgadas de proyectos locales + cafecito y onces. Conversa con Lili y Julián.
  • Lado B Records donde el parcero Daniel Quijano. Buen italo disco, electro, retro ochentas y buena vibra.
  • Cena con chorizos, aderezos y otras delicias preparadas por Benjamin Calais en Matik Matik. Si contamos con suerte, es posible encontrar a Mateo Rivano y Mario Galeano (Los Guaqueros) poniendo melodía fina.
  • Remate en mi casa: sonaremos en el tocadiscos las nuevas adquisiciones. Ofrezco curso rápido de higiene, mantenimiento y restauración de discos y portadas; además, elaboración casera de fundas de colores para los siete pulgadas.

Para finalizar, compártanos tres portadas que usted considere fabulosas e inolvidables.

‘Palenque Records AfroColombia Remix Vol. 1 y Vol. 2’ (Galletas Calientes, 2016- 2018)

Portada y contra portada a cargo de William “El Maestro” Gutiérrez. Estética picotera caribeña en su máxima expresión. Baile, instrumentos, DJs, trajes de astronautas, naves espaciales. Galletas Calientes y ChampetaMan retratados. Mejor imposible.

‘Romperayo’ (Discrepant, 2015)

Álbum de la agrupación del mismo nombre, liderada por el gran baterista, coleccionista, pinchadiscos y profesor, Pedrito El Pulpo Ojeda. El “hombre árbol” que aparece en la portada fue imaginado y pintado por Mateo Rivano. Aprécielo usted mismo y quede hipnotizado.

‘Pakiró’ (Zeida/ Codiscos, 1992)

Feliciano Chano Ramírez fue un cantante quibdoseño que a una edad muy madura logró grabar su propio disco a principios de los noventa. Lo produjo el encopetado Alexis Lozano, quien le dio un toque reggae y funky a la chirimía chocoana. En la portada se ve a Chano dichoso de la vida con unos audífonos puestos. Muestra en su boca unos pocos dientes deteriorados. La realidad del músico patrimonial anónimo, atravesado por la pobreza, pero de sabor y alegría inquebrantables. Una portada cruda, genuina y hermosa.

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