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Sótanos de la Jiménez: los invisibles del centro de Bogotá

Muchos bogotanos no conocen que el río San Francisco pasa por la Avenida Jiménez y que los indígenas lo llamaban Vicachá.
Richard Hernández

Alguna vez antes del 9 de abril de 1948, cuando Bogotá tuvo tranvía, en la Avenida Jiménez con carrera Séptima funcionaban plenamente unos sótanos que en el paso crónico del tiempo se fueron mimetizando y perdiendo de la vista de transeúntes bogotanos y extranjeros.

Esos sótanos fueron testigos mudos del día en que la capital cambió, ellos siguen allí ausentes de la mirada y la presencia de millones de bogotanos, soportando la transformación del comercio y aguantando sobre si la pisada repetida y el susurro de los esmeralderos que negocian la verde esperanza representada en pepitas de diversos valores.

Ninguno de estos mercaderes entiende qué hay bajo sus pies, su memoria reciente a duras penas da para dar respuesta de esos sótanos plenos de historia, de proyectos fallidos y de renovados intentos de darle vida a una actividad artística que da lugar a las manifestaciones creativas de los estudiantes de la Facultad de Artes, ASAB, de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas.

“Muchos bogotanos no conocen que el río San Francisco pasa por la Avenida Jiménez y que los indígenas lo llamaban Vicachá (palabra muisca que significa resplandor de la noche). Este afluente el cual recoge aguas del cerro Monserrate y Guadalupe va bajando y va haciendo un socavón profundo en la carrera séptima con Jiménez. En 1938 con motivo del cuarto centenario de la fundación de Bogotá se hace el entubamiento del río y luego se rellena para hacer la avenida.

Este desnivel en el socavón va a generar unos espacios entre el entubamiento del río y los bordes de la calle y eso fue aprovechado para construir unos sótanos, algunos de los cuales fueron usados como grilles como se llamaba en esa época y boleras como la de San Francisco que sigue funcionando todavía”, señala el historiador Fabio Zambrano, docente de la Universidad Nacional de Colombia.

Con la ampliación de la Avenida Jiménez se contempló la construcción de un sótano debajo de donde había estado el edificio Rufino José Cuervo. La obra fue dirigida por el ingeniero Enrique García Reyes y el arquitecto español Ricardo Ribas Seva quien hizo el diseño.

El boceto buscaba adecuar en este espacio de 1.500 metros cuadrados “ocho baños turcos, un restaurante, un amplio café, billares, instalar tres pistas de bolos y que, a la vez, sirviera como como paradero del tranvía”, según lo registra el ‘Atlas histórico de Bogotá 1911-1948’, publicado por la Corporación La Candelaria.

Todo esto fue pensado para una ciudad cuyo eje nodal era el centro que devenía de los cerros a la calle real, la carrera Séptima. La Bogotá de la década de los cuarenta gozaba, ya, de una vitalidad truncada por la fragilidad política del país que en su hecatombe termina por transformar ese lugar tal como lo señala el profesor Zambrano:

“La ciudad va a abandonado el centro donde los grilles eran muy importantes en los años cuarenta porque funcionaban con orquestas en vivo. Los centros de diversión y rumba se fueron trasladando un poco hacia el norte. En los años sesenta y setenta llegan las discotecas y remplazaron los grilles.

El imaginario colectivo pretende que ese nueve de abril todo el centro de la ciudad se destruyó pero hoy ahí está como superviviente el edificio del Banco de la República donde funcionaba el majestuoso y hermoso hotel Granada. Toda esa manzana no sufrió ningún daño y muchos lugares que están sobre la Séptima como el hotel Continental que estaba recién inaugurado en esa época, tampoco sufrió ningún daño.

Es algo extraño, esos sótanos parecen como si fueran invisibles. El teatro que está allí tiene una entrada muy linda sobre la Séptima con Jiménez, parece la entrada de un metro europeo en París, tiene cierto aire de “Art déco” que lo hace bastante distinguido. Podía tener una vida diferente a lo que parece hoy en día”.

Tanta verdad hay en las palabras del profesor Zambrano que setenta años después, a pesar del paso del tiempo, los sótanos de la Jiménez con séptima siguen erguidos contando una historia de sucesos, ese lugar ha sido espacio no sólo de centros de locales comerciales sino sitio propicio para espectáculos, y teatrino y escuela de títeres, además del lugar desde donde se hicieron programas radiales transmitidos en directo, célebres emisiones radiofónicas humorísticas como “Los Chaparrines”.

En los años 50 se establece, en este sitio, la Escuela Distrital de Teatro que luego se llamó Luis Enrique Osorio, antecedente directo del proyecto curricular de artes escénicas de la facultad de artes ASAB de la Universidad Distrital.

Al respecto Camilo Ramírez, docente de planta de la Universidad Distrital, Francisco José de Caldas, adscrito al proyecto curricular de artes escénicas de la Facultad de artes ASAB, nos cuenta:

“En este espacio ofició como director de teatro, el escritor y poeta español Fausto Cabrera quien fue fundador del Teatro del Distrito de Bogotá. En ese tiempo también pasó por los sótanos el director de teatro japonés Seki Sano profesor japonés, personaje de las artes escénicas muy importante y que fue traído por el gobierno del General Rojas Pinilla para formar actores pensando en la formación de actores para la televisión colombiana”.

Sin embargo la vida de los sótanos de la Jiménez con séptima es un ir y venir de abandonos y recuperaciones, de tal manera que durante el gobierno del presidente Julio César Turbay Ayala y siendo alcalde Hernando Durán Dussán se realizó una nueva restauración del lugar y en 1981 se oficializa el funcionamiento de la escuela de teatro bajo la tutela del Instituto Distrital de Cultura y Turismo y se le nombra como Escuela de Teatro Luis Enrique Osorio, en homenaje al célebre dramaturgo colombiano.

Antes de consolidarse como un espacio vital para la formación de los artistas de la ciudad a través de la ASAB (Academia Superior de las Artes de Bogotá), que luego fue adscrita a la Universidad Distrital Francisco José de Caldas, los sótanos sufrieron averías y transformaciones propiciadas por la urgencia de cambios en la infraestructura del lugar, modificaciones y pavimentaciones que destaparon parte de los rieles del tranvía como signo de una memoria citadina, estos trabajos modificaron el techo de los sótanos, el lugar padeció los rigores de la humedad y las filtraciones de agua que dañaron severamente el teatrino de títeres Gabriel Esquinas, actualmente cerrado al público.

En la memoria de algunos bogotanos se expresa el hecho de que una excavadora quedó estancada para siempre detrás de uno de los escenarios del lugar.

En la actualidad los sótanos de la avenida Jiménez con Séptima albergan la escuela de la facultad de artes ASAB distribuidos en dos salones, uno destinado al proyecto curricular de artes escénicas que cuenta con el teatro Luis Osorio y con tres salones, uno de ellos grande, de espejos cómodos y propicio para el trabajo actoral más dos aulas pequeñas para trabajo vocal, físico y algún trabajo teórico.

La parte superior, la de la entrada que da a la carrera séptima, tiene cuatro salones dedicados a la formación musical, con cubículos para instrumentistas, también hay una bodega de utilería, todo esto es un indicativo de la intensa actividad que hoy día define a estos sótanos.

Este sitio, patrimonio arquitectónico del Distrito Capital, lentamente se va convirtiendo en un escenario que gracias a la gestión de la facultad de artes ASAB convoca a ciudadanos ávidos de un permanente mercado artístico, que lentamente se va enterando de los estrenos de obras de teatro, montajes de estudiantes y profesores todo un espectáculo gratuito casi íntimo pues al entrar el espectador vive la atmósfera de un espacio de corte arquitectónico republicano que le ofrece horas de esparcimiento y formación cultural.

Los sótanos de la Jiménez con Séptima extendidos hasta la carrera Octava están ahí, revitalizados, dueños de su historia, perdurables a pesar del cambio de la ciudad, memoriosos y destinados a prevalecer en el tiempo prestando un servicio académico y cultural a los colombianos y extranjeros que aun miran con extrañeza ese sitio indescriptible a la mirada desapercibida de los transeúntes amantes del centro tradicional bogotano.

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