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Novedades discográficas del jazz colombiano en 2020/ Parte 2

La cosecha discográfica del jazz colombiano ha sido fértil este soñoliento e inolvidable año.

El dramático escenario de la pandemia nos ha dejado una nostalgia entrañable por ir a los conciertos, vernos las caras y hablar sin intermediarios cibernéticos. Si bien cambiamos radicalmente nuestras formas de acercarnos sensualmente a las músicas, los discos salieron a flote para recordarnos que tal vez algo de esa realidad –la otra, la que en menos de siete meses se diluyó- aún permanece.

La cosecha discográfica del jazz colombiano ha sido fértil este soñoliento e inolvidable año. En la segunda parte de nuestro recuento, resaltamos otros cuatro discos a través de las voces de sus protagonistas, quienes nos contaron, entre otras cosas, algunos pormenores conceptuales de las composiciones y las portadas, además de influencias y detalles acerca de las grabaciones.

Alex Pastrana- ‘Rajando leña’

Alex Pastrana:

«Me inicié en la música cuando tenía 6 años, tocando el tambor en grupos tradicionales en el Huila. A los 9 ya tocaba tiple requinto, a los 13 años aprendí a tocar piano y me acerqué al jazz, las músicas populares e improvisadas a través de este instrumento. En Neiva estuve explorando un poco, pero realmente fue en Bogotá cuando me sumergí de lleno en el universo jazz.

Ese contraste siempre me inquietó y quise articular el jazz con las sonoridades propias de mi tierra. De allí nace “Villamil en jazz: una interpretación creativa”, un concierto que realicé en el Museo Nacional en 2012. De alguna manera este es el punto de partida de ‘Rajando leña’, un disco en el que quise exaltar la música del campesino huilense. Recordar y respetar la música de nuestros ancestros está detrás de la idea de esta grabación que, en otras palabras, es el canto de mi corazón a través del piano.

» ‘Rajando Leña’ cuenta con 3 personajes importantes de la tradición rajaleñera que se ajustaron a un trío de piano, contrabajo y batería: Gustavo Córdoba “El Hijuelapo”, campesino, rajaleñero, improvisador de copla, pintor y escritor; Abel Gualy, rajaleñero, quien se pone en los labios una hoja de naranja, la sopla de manera particular y puede interpretar cualquier melodía; por último, mi padre, Alexander Pastrana Monje, cantante, guitarrista y requintista.

» Acá hay diálogos entre piano y un grupo de rajaleña tradicional, piano con hojita de naranjo, trío con improvisadores de coplas, o ese mismo trío tocando rajaleñas desde sus dinámicas y sonoridades. Para esto último, fue necesario contextualizar a los músicos en varios aspectos como las vivencias de un campesino, las fiestas de San Pedro y San Juan, cómo cantaban los jornaleros sus rajaleñas y cómo, a través de estas, criticaban a sus mayordomos, cortejaban a las mujeres y les tomaban del pelo a sus colegas. También nos tocó entender que un ensayo de un grupo de rajaleña es más una reunión de coplas a ritmo de “palo parao”.

» El disco en su edición física está acompañado por un “raboegallo” y un poncho, que hacen parte del ajuar del rajaleño. También contiene una artesanía –en la que se representa el tambor, la marrana y el chucho, tres instrumentos de la tradición huilense- creada por el artesano Jaime Liscano El Mojoso».

Pr(iii)sma- ‘Pr(iii)sma’

Jacobo Álvarez:

«Cuando estaba en el colegio me acerqué al jazz a través de los sonidos latinos. Luego, cuando fui a vivir a Nueva York, me familiaricé con la tradición y el contexto de lo que hoy conocemos como jazz afroamericano. Mucho de esto se encuentra en mi debut como líder de una banda.

» La idea central de ‘Pr(iii)sma’ surge de la necesidad de contar historias musicales. Está integrado por 8 composiciones propias que reflejan mis influencias como baterista. Además, fue un pretexto para tocar junto a varios de los músicos que más admiro de la escena local del jazz como lo es el caso de Santiago Sandoval, Kike Harker, Gustavo Jaramillo, Juan Felipe Cárdenas, Juan Carlos Arrechea y Néstor Vivas. Este último, pianista, arreglista y productor del disco, me ayudó a darle forma y estructura a esa narración sonora.

»El resultado es una mezcla de jazz moderno, hip hop y algunos elementos de músicas raizales del Pacífico colombiano. En la voz y las rimas estuvo presente N. Hardem, uno de los músicos de hip hop más creativos que tiene la ciudad. La grabación la hicimos en Locus Espacio Creativo. Contó con la ingeniería de Antoine Lehembre y Kike Martínez, quienes lograron un resultado increíble en la captura de la sesión.

» Conforme la batería ha ido evolucionando en su rol dentro del ensamble de jazz, así ha ido evolucionando la música compuesta por bateristas, al punto de que es muy común que la composición parta del ritmo y la melodía, más que desde la armonía. Ejemplos hay por montones: Brian Blade, Buddy Rich, Eric Harland, Jonathan Barber y Tito Puente. Eso me motivó a escribir una música en la que el ritmo y melodía estuvieran muy equilibradas. Para ello, de nuevo la mano de Néstor Vivas fue determinante».

Santiago Martínez- ‘Solsticio y creciente’

«En Cali fue donde inicié mi oficio musical. Luego me instalé en Bogotá y formé bandas como Conjuro Epiléptico y Ciudad Plutón, además de unirme a otros proyectos como Inguna, Sonoras Mil, Rap Bang Club y, recientemente, el dueto de folk Divers que empecé durante mi estadía en Orlando, Florida. Todos ellos guardan una relación estrecha con el jazz, un estilo de música muy elástica que me ha interesado desde que empecé a descubrir sonidos.

» Más que idea musical, ‘Solsticio y creciente’ guarda un concepto. Es una deuda que tenía consigo mismo desde adolescente, pues la mayoría de piezas las compuse cuando tenía 15 o 16 años. De alguna manera fue hacer conexión, de nuevo, con mi historia y mis anhelos más ingenuos y vitales. Musicalmente hablando, este disco le debe mucho a Chano Domínguez, Abe Rábade y Daniel Gassin, entre otros creadores que me han influenciado. El disco es variado tanto en formatos como estilos: desde dúo hasta octeto abordamos un repertorio que pasa desde el joropo, la improvisación libre y sonidos del medio oriente. Para ello tuve la fortuna de contar con la complicidad de músicos increíbles como Pavel Zuzaeta, Sebastián López, Pablo Muñoz, Diana Rincón, Nicolás Mejía, Juan Pablo Arias, Rodrigo Arrieta y Giovanni Caldas.

» La portada resume mis sensaciones alrededor de la soledad, la contemplación y la adolescencia. La materializó Ana Hesushius, una artista caleña que supo abstraer esa atmósfera particular del disco».

Miguel Rico Vence- Canciones para Pancha

«‘Canciones para Pancha’ salió de la necesidad de hacer música propia y encontrar una voz. Después de trabajar para muchos artistas y de desenvolverme en diversos estilos me puse en la tarea de ver “qué es lo que me salía”. Fue un proceso de desaprender muchas cosas que le enseñan a uno, de muchos prejuicios hacia la música, de muchos trucos que a la final no son arte. Me puse en la tarea de extraer mi esencia, algo con lo que me sintiera en paz, algo que pudiera tocar con cariño y me sintiera capaz de compartir con la gente. Quise quitarme ideas como la del virtuoso, del genio incomprendido, del “hit maker”.

» En esta búsqueda intenté conectarme con el niño interior que estaba dormido muy adentro mío. Recordaba mucho cuando tocaba y componía por el placer de hacerlo, sin pensar en nada más. Quise volver a esa esencia cuando tocaba y mi única audiencia era mi mamá o mi abuela. También quise volver a la música como compañía, música como motor de la imaginación y la sensibilidad personal y no como producto que consumes y botas al mes. Tampoco como hedonismo del artista que quiere sobresalir y mostrar su talento. Al ser instrumental cada persona se apropia de manera diferente de lo que escucha y la utiliza a su modo. Si la quiere para pensar, bien; si la quiere para leer, adelante; si le sirve para el café de la mañana, maravilloso. Algo así como una banda sonora para el día o lo que Satie definiría como “música de mobiliario”.

» ‘Canciones para Pancha’, cuyo título alude a mi mamá, no es un disco de jazz en el sentido estricto de la palabra. Digamos, la improvisación que es un pilar de este género, es prácticamente inexistente; el despliegue técnico no es muy ambicioso. Creo que se relaciona con el jazz en la medida que es música popular (al menos popular para mí) con cierta estilización o refinamiento si se quiere. Me gusta pensar que grupos como el Trío Nueva Colombia, donde no existe la improvisación y los temas parten de ritmos colombianos, son también jazz en la medida que mezclan estilos y sonoridades. Me gusta pensar que mi disco podría orbitar al lado de ‘Yegua de la noche’, de Holman Álvarez.

» A principio de este año tenía planeado grabar en el Desierto de los Leones (México), en el estudio de un amigo. Por la emergencia sanitaria el rumbo cambió. Vivo literalmente en mi estudio y decidí grabarlo ahí mismo con mi piano, a mi ritmo. Hice unas cuantas pruebas con los micrófonos hasta que encontré la indicada, estudié profundamente la música –que ya estaba terminada- y listo. Me tomó un par de días: uno grabando y el otro escogiendo las tomas finales. Confieso que una vez tuve los masters no quería publicar nada: me parecía infantil, simple, hasta mediocre. Los guardé en un disco duro y no quise saber nada de eso por semanas hasta que mi novia, a la fuerza, hizo que se los mostrara. Ella fue quien me convenció de editarlo.

» Cuando decidí publicarlo, quise que el arte del disco mostrara ese espíritu infantil y de compañía que tiene la música. Me llamaba la atención una escena, más que un objeto o una ilustración bonita. Tuve de referentes a artistas extranjeros como David Hockney y colombianos como Ernesto Soto y Laura Noguera, quienes en su obra logran un altísimo grado de sensibilidad. Al tener esto claro busqué directamente a Laura, colombiana residente en Nueva York, a quien conocía por amigos en común. No fue buscar a una ilustradora que me entendiera la idea; fue encontrar una artista cuya búsqueda y obra estuviera sintonizada con mi música. El resultado fue maravilloso».

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