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Dominga y Miguel: una amistad que se forja a ritmo de carranga

El Catatumbo cuenta con una extensión geográfica que se aproxima a los 4.826 Km2 y en una de sus vertientes de entrada y salida del municipio de la Villa de los Caro, se encuentra La Ondina, el trayecto que lleva a la puerta dulce de la región: Convención, Norte de Santander; el inicio de la cuenca de cielos aislados y paisajes sonoros.

Suelen oscilar los 30 grados de temperatura, en una tierra cálida que guarda en su memoria las riquezas naturales de ser un bosque húmedo tropical; y la alegría de tener sangre carranguera corriendo por las venas. A esta tierra el valor de la amistad se prueba en las ruedas de baile que suelen organizar en sus plazas principales. 

Sobre la vía que comunica al corregimiento de Llano-grande con el casco urbano de la puerta dulce, en el sector del puente de Búrbura, comienza el recorrido para llegar al hogar de Dominga Pacheco y Miguel Arévalo, una unión que se sigue construyendo basada en la amistad, la fe que todo va a salir bien, y llevan consigo los valores del respeto y la confianza.

Era hora de conocerse y que comenzará el baile

Consolidaron su amistad cuando conocer a alguien y formar una relación era un verdadero acto de valentía. En medio de las maravillas del temor de sus cuidadores, podían saltar los estrictos reclamos del padre de doña Dominga, que luchaba porque su hija aprendiera a trabajar por sus propios propósitos con las mismas ganas del campo: berraquera y empuje.

“Nosotros nos conocimos en Ábrego, Santander. Cuando sonaban las campanas de la iglesia y mis papás se iban a misa, corríamos de solar en solar para vernos y hablar de lo que nos podía sacar adelante” comenta Miguel Arévalo, un labriego de sombrero, botas de caucho, camiseta blanca y machete en cubierta amarrada a la cintura; a quien la vida le otorgó el regalo de tener una compañera constante en el viaje de la vida.  

El aroma a campo es permanente en los caminos que llevan a la vereda Capellanía, al igual que el buen estado físico para completar los quince minutos de caminos montañosos. El trayecto para llegar al destino lo acompañan las impecables montañas de la cordillera oriental que le otorgan la vida a sus habitantes.  

El lugar se convirtió en un espacio sagrado que se mantuvo con el paso del tiempo entre terrenos plagados de caña panelera, yuca, café y cacao. Un hogar que a ritmo de carranga se transformó en su bohío, el que le brindará la supervivencia y el conocimiento para enfrentar la vida a las tres generaciones que ha visto crecer en sus parcelas.

“Llegamos aquí por un amigo que nos propuso comprar un terreno, donde podíamos sembrar y continuar con nuestras labores”, comenta Dominga Pacheco, con la seguridad de ser siempre el polo a tierra del vínculo que le entregó la vida al mundo campesino.

Mientras alista el fogón a leña para preparar un tinto y atender a los recién llegados, la experiencia de la dama del baile es expuesta en cada una de las fotografías que cuelgan en la sala de su hogar, al igual que los primeros pasos de sus hijas e hijos y los recuerdos de las juergas en las fiestas patronales.   

Ocaña, Ábrego y Convención son algunas de las pistas preferidas de quienes observan en el baile su lazo más fuerte: la amistad. “No nos tomamos ni un trago”, explican entre carcajadas aquellos que por gusto y disfrute se alistan en cada celebración para participar y demostrar que su amistad entre el amor persiste cada vez más fuerte. 

Son más de seis décadas juntos en un secreto que baila a ritmo de carranga y por la que la vida aún los mantiene conectados. Años que se transforman en cada saludo y abrazo que suele recibir la pareja de baile más cotizada de la región cuando salen de la profundidad de su cotidianidad.