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Foto: Casa Museo La vorágine.

Orocué, tierra de magia y literatura

Por: Eduardo Otálora Marulanda

A Orocué llegué en lancha, por el río Meta. También se puede ir por carretera desde Yopal, pero es un camino difícil, que en esa época estaba casi intransitable. La lancha la tomé en Puerto Gaitán, más o menos a las 5 de la mañana, aunque me recomendaron llegar a las 4 al puerto, para no quedarme sin pasaje. Cuando llegué a esa hora, ya estaban vendidos casi todos los tiquetes y en la ‘sala de espera’ apenas había espacio para acomodarse de pie, con la maleta entra las piernas. A las cinco embarcamos en una lancha enorme que más parecía un bus: veinte filas de sillas con espaldar, muy pequeñas y apretadas unas contra otras.

Apenas arrancamos empezó a llover. Era un aguacero fuerte, de selva, de esos que permiten entender por qué los ríos de la Orinoquía y Amazonía son inmensos. El viaje duró un par de horas. No sentí que fuera en una lancha, primero porque el techo y los laterales estaban cubiertos de lonas plásticas para que no se metiera el aguacero, dando la sensación de que, más bien, viajaba en una especie de ‘cohete espacial criollo’; segundo, porque los dos motores fuera de borda hacían que la lancha flotara sobre esas aguas planas del río Meta. Era como volar sobre una inmensa autopista de agua.

Foto: Casa Museo La vorágine.

La llegada al puerto de Orocué también fue bajo un aguacero. Salí de la lancha pasando por sobre mis acompañantes de fila y excusándome por cada pisón que les daba. De verdad el espacio era muy estrecho. En medio del viaje supe que ellos seguían en la lancha hasta Puerto Carreño y que les esperaban otras 20 horas de viaje. Cuando pude salir, pisé las tablas y estuve a punto de resbalar, pero la amabilidad del conductor me salvó.

Seguro notó desde el principio, en mi cara de rolo, que no tenía idea de cómo manejarme en una embarcación. Yo me sentí apenado, pero él me tranquilizó con su mano firme, su sonrisa y diciéndome: “cuidado se cae, cuñado, que el Meta es grande y se me lo lleva”.

¿“Cuñado”? ¿Por qué me llamó así si no nos conocíamos? La respuesta la encontré en la primera entrevista que hice, fue a Edwar Romero, en ese momento director del Instituto de las Artes y la Cultura de Orocué (INARCO). Con él me encontré en el hermoso malecón que hay construido a orillas del Meta. Venía con su sombrero llanero blanco, botas bien puestas y un pequeño cuchillo colgando del cinturón. Me dio un apretón fuerte de mano y me dijo: “Bienvenido a Orocué, cuñado. Tierra donde José Eustasio Rivera escribió La vorágine”.

Entonces empezamos a hablar y, por supuesto, lo primero que le pregunté fue por qué me decía “cuñado”. Su respuesta fue contundente: “Acá todos nos decimos “cuñado” o “pariente”, porque nos tratamos como si fuéramos familia. Mire no más que si usted está por ahí parado en frente de una casa, no se le haga raro que de adentro lo llamen para convidarle aunque sea un tinto”.

Foto: Casa Museo La vorágine.

Y así la primera impresión que me dejó Orocué fue la de que estaba llegando a mi casa, una que tenía calles tranquilas por las que, a veces, no pasaban ni carros ni motos durante horas; una casa donde mi cara de bogotano era recibida con abrazos y pocillos de tinto caliente.

Justamente de esa manera fue como me recibió Nahir Ortega, con quien hablé sobre las comidas tradicionales de la región. Su casa no era grande, pero tenía un patio enorme que ella usaba para hacer banquetes de matrimonio y cumpleaños y en el que, en ese momento, pastaba un bello caballo negro. Al caballo ni me acerqué, porque les tengo miedo, pero el patio lo recorrí y descubrí que era como tener un pedazo de selva en la casa. Todo era frondoso y muy verde. Los pájaros ensordecían y salían mariposas de cada rincón a donde miraba.

En ese momento entendí que Orocué, pese a ubicarse culturalmente en la región llanera, abre las puertas para la majestuosidad de la manigua. Era, sin duda, un lugar propicio para que José Eustasio Rivera construyera algunas imágenes de la imponente selva que describe en La vorágine. Y entonces también amé esa tierra por servirle de inspiración a él.

Siguiendo los pasos de Rivera, llegué a la casa de Carmen Julia Mejía Amézquita, quien es la representante legal de la fundación ISANA y líder del proyecto Casa Museo y Centro de Memoria La Vorágine, que está ubicado en la casa de la familia Amézquita. Allí se hospedó Rivera el tiempo que estuvo en la región, en su calidad de abogado, resolviendo algunos asuntos legales que le encargaron, relacionados con la herencia de unas haciendas.

Carmen Julia no solo me contó todos los detalles sobre la estadía de Rivera en Orocué, sino que me invitó a comer uno de los mejores sancochos que he probado en mi vida. Estaba tan rico que debí saltarme las normas de urbanidad y terminé comiendo el pollo con la mano y chupándome los huesos.

Foto: Casa Museo La vorágine.

Fue realmente maravilloso ese encuentro porque me permitió sentir que en Orocué está viva la presencia de Rivera. No es, entonces, extraño que en los postes del pueblo y en las paredes haya dibujos que representen pasajes de La vorágine.

Pero en Orocué también está viva la presencia de los indígenas. Allí se asentó en 1725 el pueblo Sáliba, una comunidad que llegó desde Venezuela, traída por sacerdotes que estaban evangelizando la región. Pese a no ser nativos, los sáliba con quienes tuve la oportunidad de dialogar manifestaron que esta tierra la sienten como propia, porque, como me expresó Samuel Joropa, instructor de la cultura de esta comunidad en los resguardos indígenas: “Nosotros vinimos guiados por una gaviota, que nos mostró nuestra nueva casa”.

Me fui de Orocué también por el río. El último día salí antes del amanecer, porque quería ver el sol asomarse sobre el Meta. Todavía era de noche cuando llegué al malecón y se escuchaba el movimiento del agua y el pequeño oleaje que chocaba con el cemento. Pero, además de esto, sonaba en los árboles algo que me parecieron ranas. ¿Ranas en los árboles? Me pareció muy extraño. Durante un buen rato estuve persiguiendo esos sonidos para grabarlos, pero era como si me esquivaran. Cuando creía que los capturaría, los escuchaba en otro árbol. Persiguiendo estos sonidos me cogió el amanecer. Increíble. El sol se asomó sobre la selva al otro lado del río Meta e iluminó todo con un naranja intenso que se reflejó sobre el agua. Entonces las nubes se pintaron de azul, violeta y hasta dorado. Todo se reflejaba en ese río majestuoso y, entonces, me sentí como si estuviera en presencia de dos cielos.

Absorto, como me encontraba, volví al hotel para recoger mis cosas e ir a esperar la lancha. Ahí fue cuando pude ponerle a la vendedora de tiquetes el sonido que me había intrigado y ella me dijo: “Cuáles ranas… esa es la chenchena”. En efecto, lo que escuche fueron los cantos de la chenchena, un ave que no vuela mucho y, por eso, cuando se cae de una rama le toca trepar el árbol para volver a ella.

Entonces descubrí que, en mi memoria, Orocué se guardaría como el lugar más tranquilo y amable en que había estado, con el amanecer más mágico que había visto y con el canto de ave más extraño que había escuchado.