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Siete poemas para recordar a José Asunción Silva

Juana Alejandra Restrepo Díaz

José Asunción Silva, poeta colombiano, y uno de los más grandes precursores del modernismo, cumple esta semana 122 años de su muerte, luego de que la madrugada de un domingo 23 de mayo de 1896, a los 31 años, se suicidara dándose un tiro al corazón con un revólver Smith & Wesson.

Se habla de varias razones para que tomara esta decisión: pero la más contundente fue la escasez de dinero, luego de que se hundiera un barco con uno de sus pianos y parte de su obra. Hijo de Ricardo Silva, un escritor y comerciante acomodado, el poeta Silva se hundía en deudas. Se dice que con los últimos centavos compró un ramo de rosas para la tumba de su hermana Elvira, su adoración, y quien había fallecido tras una peritonitis.

Hacemos una recopilación de siete de los mejores poemas de este gran poeta.

A Adriana

Mientras que acaso piensa tu tristeza 
En la patria distante y sientes frío 
Al mirar donde estás, y el desvarío 
De la fiebre conmueve tu cabeza, 

Yo soñando en tu amor y en tu belleza, 
Amor jamás por mi desgracia mío 
De la profundidad de mi alma, envío 
A la pena un saludo de terneza. 

Si cuando va mi pensamiento errante 
A buscarte en parejas de otro mundo 
Con la nostalgia se encontrara a solas 

Sobre las aguas de la mar gigante 
Entre el cielo purísimo y profundo 
Y el vaivén infinito de las olas.

 

Juntos los dos

Juntos los dos reímos cierto día... 
¡Ay, y reímos tanto 
Que toda aquella risa bulliciosa 
Se tornó pronto en llanto! 

Después, juntos los dos, alguna noche, 
Reímos mucho, tanto, 
Que quedó como huella de las lágrimas 
Un misterioso encanto! 

Nacen hondos suspiros, de la orgía 
Entre las copas cálidas 
Y en el agua salobre de los mares, 
Se forjan perlas pálidas!

 

Mariposas

En tu aposento tienes, 
En urna frágil, 
Clavadas mariposas, 
Que, si brillante 
Rayo de sol las toca, 
Parecen nácares 
O pedazos de cielo, 
Cielos de tarde, 
O brillos opalinos 
De alas suaves; 
Y allí están las azules 
Hijas del aire, 
Fijas ya para siempre 
Las alas ágiles, 
Las alas, peregrinas 
De ignotos valles, 
Que como los deseos 
De tu alma amante 
A la aurora parecen 
Resucitarse, 
Cuando de tus ventanas 
Las hojas abres 
Y da el sol en tus ojos 
Y en los cristales!

Idilio

-Ella lo idolatró y Él la adoraba... 
-Se casaron al fin? 
-No, señor, Ella se casó con otro 
-¿Y murió de sufrir? 
-No, señor, de un aborto. 
-¿Y Él, el pobre, puso a su vida fin? 
-No, señor, se casó seis meses antes 
del matrimonio de Ella, y es feliz. 

Estrellas fijas 

Cuando ya de la vida 
el alma tenga, con el cuerpo, rota, 
y duerma en el sepulcro 
esa noche, más larga que las otras, 
mis ojos, que en recuerdo 
del infinito eterno de las cosas, 
guardaron sólo, como de un ensueño, 
la tibia luz de tus miradas hondas, 
al ir descomponiéndose 
entre la oscura fosa, 
verán, en lo ignorado de la muerte, 
tus ojos, ... destacándose en las sombras. 
  

A un pesimista

Hay demasiada sombra en tus visiones, 
algo tiene de plácido la vida, 
no todo en la existencia es una herida 
donde brote la sangre a borbotones. 
La lucha tiene sombra, y las pasiones 
agonizantes, la ternura huída, 
todo lo amado que al pasar se olvida 
es fuente de angustiosas decepciones. 
Pero, ¿por qué dudar, si aún ofrecen 
en el remoto porvenir oscuro 
calmas hondas y vívidos cariños 
la ternura profunda, el beso puro 
y manos de mujer, que amantes mecen 
las cunas sonrosadas de los niños? 

  
Las noches del hogar

Amo las dichas del hogar sencillo 
Apetezco su plácido cariño 
Yo quiero que descanse en mis rodillas 
La rubia cabecita de algún niño.