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Fotos: Cortesía Leonel Vásquez.

Nuquí: el parto en el agua y la profunda voz de las ballenas

Por: Richard Hernández

A finales de junio y hasta octubre llegan a la Costa Pacífica colombiana centenares de ballenas jorobadas para aparearse y tener crías. El municipio chocoano de Nuquí, donde también se encuentran las tradicionales parteras con conocimientos ancestrales para traer al mundo a miles de niños, es uno de esos sitios privilegiados donde llegan los cetáceos. 

Ese fue el lugar que el artista sonoro Leonel Vásquez, profesor y tutor del área de Medios y Arte Sonoro de las universidades del Tolima, la Nacional de Colombia y de los Andes, escogió para desarrollar su proyecto ‘Auscultar, un territorio de alumbramientos”, gracias a la Residencia Plataforma Bogotá, IDARTES y la organización Más arte Más acción, de Chocó.

Vásquez, con título en Artes Plásticas y Visuales de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas (ASAB) y máster en esta misma área en la Universidad Nacional de Colombia, dialogó con Radio Nacional sobre cómo se llevó a cabo el proyecto que busca escuchar los paisajes subacuáticos.

Foto: Cortesía Leonel Vásquez.

¿Por qué, dentro de las artes plásticas y visuales, escogió el arte sonoro?

La cercanía con el sonido se gestó por mi vocación con la escultura, por los procesos espaciales, por la materia. Uno debe operar ante el mundo interconectado, pero le dedicamos más al ojo que a cualquier otro sentido, sobre todo el hecho de estar separando los sentidos desde nuestra propia experiencia no nos está permitiendo encontrar las conexiones y las relaciones que están implícitas entre las cosas.

Estamos viendo solamente las apariencias y no estamos percibiendo lo que sostiene las relaciones, y para poder entender las relaciones hay que entrar en el mundo de las expresiones multisensoriales, y ahí hay que romper el logo centrismo retiniano. Entonces yo termino de alguna manera haciendo un arte que además de que se ve, suena.

¿Por qué en la mayoría de sus obras está presente el tema del agua?

Diariamente estoy allí, en ese lugar de sacrificio ambiental al lado del embalse del Muña, que queda en Sibaté, donde vivo. Veo en sus aguas contaminadas el desastre de proyecto de desarrollo humano asociada a la instrumentalización del paisaje, y me veo allí en la necesidad de interpretar los mensajes del agua, y de generar otro tipo de experiencia y de encuentros frente a estos paisajes que en el fondo tienen posibilidades distintas a las que vemos hoy en día.

Permitir que otros puedan escuchar de modo distinto lo que usualmente se expresan en estos paisajes de agua, encontrar maneras en las que el ser mineral, el ser biológico, se conecta con el ser humano y encuentran sintonías, diálogos y resonancias. ¿Por qué sentimos tanto placer al escuchar el agua? Porque en el principio fuimos acuáticos y nos recuerda que un día estuvimos allí.

Foto: Cortesía Leonel Vásquez.

Pareciera que, más allá de nuestra razón, hay un lenguaje implícito entre los sonidos del agua y nuestro cuerpo sintiente capaz de escuchar el agua, no solamente por nuestros oídos, sino por el  cuerpo como una membrana vibrátil, de donde se desprenden nuevas posibilidades.

¿Que motivó la residencia en Nuquí?

Desde hace años trabajo en la escucha de distintos paisajes de agua y conozco muy poco de los mares colombianos, me seducía la curiosidad por la escucha de la vida marina y también el estado de salud acústica de esta zona del pacífico que está en la mira de varios proyectos de impacto ambiental. 

Durante todo el proyecto había un actor protagonista que eran las ballenas. Estábamos en el mejor momento. En junio se escuchaban solo algunos machos cantores, y en julio la cacofonía era impresionante, machos, ballenatos, quizás hembras, un montón de voces se fueron despertando, uno podía identificar uno o dos, pero después se perdía la cuenta porque se mezclaban y enmascaraban los unos con los otros y el paisaje subacuático.

Este canto protagonista fue uno de los ejes centrales dentro de esas acciones de escucha, ya que también fue un conector fundamental con la comunidad, porque al final las personas se están identificando con las ballenas en un instinto de valoración de la vida y goce del territorio. Encontrar en ese lugar de empatía entre humanos y ballenas fue una situación especial para poder conducirse en esa dirección. 

Foto: Colprensa

¿Cómo se desarrolló el trabajo con las comunidades?

Recorrí con mis oídos varios corregimientos y paisajes de agua, conversé durante horas con parteras, carpinteros de rivera , pescadores artesanales, biólogos, agentes turísticos, nuestro tema de conversación giraba entorno a las cosas que tenemos en común con las ballenas y el territorio, y el lugar de los sonidos en esta relación.

Después de varias semanas de reconocimiento, lideré un laboratorio de escucha subacuática donde, además de abordar aspectos técnicos del sonido en el mar, hicimos nuestro propio hidrófono con tecnología básica pero efectiva, y luego hicimos salidas de escucha y registro en la mar.

Si bien había un interés en conocer y proyectar eso que estábamos investigando a nivel de la escucha de los paisajes subacuáticos, también quería incentivar, promover y activar una actitud activa y empoderada de este modo de escucha, sacarla del lugar exclusivo de la investigación en las ciencias oceanográficas, la comunicación militar, y los proyectos extractivistas para poder compartirla con la población, para que sean ellos autónomos y capaces de interpretar los mensajes que vienen debajo del agua.

Y eso pasó, para algunas personas escuchar el canto de las ballenas no era solo reconocer algo que suena, sino un “estoy aquí, como usted está allá, como usted tiene derechos, yo los tengo, yo me expreso a través de cantos y a ustedes les gustan esos cantos, un caso de territorialización y de reclamo a la vez”. La gente lo comenzó a sentir así, fue muy bella esa interpretación,  muy intuitiva pero sensata. 

Foto: Cortesía Leonel Vásquez.

¿Qué impacto tuvo este ejercicio en la comunidad?

Por un tiempo las ballenas fueron consideradas de forma cultural en el territorio como seres monstruosos y peligrosos. De un tiempo hacia acá, se empezó a generar una lógica distinta, sobre todo asociada a la investigación y al turismo, donde dejaron de ser peligrosas y empezó a ser comprendida su forma de vida.

También volver esa interrelación un modelo económico, en el que el turismo de avistamiento se vuelve el eje central. Claro está, respetando los protocolos para esa observación y no como lo que pasó hace algunos días en Uramba, Bahía Málaga, cuando un turista se lanzó al mar a nadar cerca de las ballenas, poniendo en peligro su vida.

Varias personas de la comunidad que participaron en el laboratorio de escucha subacuática estaban de acuerdo que no es necesario acercarse a 10 metros de una ballena y estar encima hostigándola para que la persona tenga un encuentro especial, ahora consideran la posibilidad de un turismo que profundice su experiencia cambiando el avistamiento  por el auscultamiento del mar y las ballenas.

¿Cómo se puede complementar ese avistamiento con la escucha de sus cantos?

El poderoso canto de las ballenas se puede registrar a muchos kilómetros, porque el sonido en el mar se propaga a 1.500 metros por segundo, la experiencia es muy intensa. Por eso cuando usted me pedía una foto de las ballenas para esta entrevista le pedía que hiciera esta salvedad, porque no sería coherente, porque ese contacto con las ballenas yo lo hago a través de la escucha subacuática, que es mucho más intensa y cercana con el animal y más extensa en el tiempo comparado con la observación y fotografía postal de un salto de ballena.

Foto: Cortesía Leonel Vásquez.

¿Cómo se conecta la labor de las parteras con la escucha subacuática?

En el vientre estuvimos dentro de aguas saladas, nuestro oído se desarrolló a las 20 semanas estando en líquido amniótico, desde entonces el sonido nos ha permitido llegar a donde la vista no alcanza. El bebé, la mamá, y la partera usan el sonido para comunicarse y entender lo oculto.

Siento en el oficio de las parteras del pacífico un proyecto revelador para el cuidado de la vida, desde el conocimiento de su entorno biológico, botánico de la medicina ancestral, también han desarrollado maneras especiales de expandir su percepción y sensibilidad, asumen un rol social fundamental y con sus propias manos preparan la llegada de un nuevo ser en la comunidad, es una perfecta práctica sustentable con el territorio que hace posible la continuación de la vida humana.

Los seres acuáticos no solamente son las ballenas, sino también las personas que han convivido y logrado llevar su forma de vida a un nivel satisfactorio a partir de los elementos, recursos y actividades que le permite el entorno, en este caso el paisaje marino.  

Escuchar el territorio se vuelve importante para poder provocar conocimientos, sensibilidad y responsabilidad. También como herramienta para permitir que sea proclive la vida humana y no humana. Por el lado de la partería eso se está desarrollando a una escala que me interesa amplificar desde mi lugar como artista del sonido. 

¿Y cómo pensó esa relación con el proyecto que realiza?

Me pregunté: ¿Qué pasa si uno proyecta el modo de cuidado de la vida, donde la escucha y el sonido nos dan mensajes, nos crea formas e imágenes y nos permite tomar decisiones para generar acciones contundentes? En este caso, una vida que está en riesgo por los proyectos de industrialización y explotación en el golfo de Tribugá, que lo desbordarán en una mar de ruido insoportable.

¿Qué pasa si ese mismo modelo de amor hacia la vida de los humanos se proyecta hacia el territorio, si nos volvemos parteras y parteros de las ballenas y si usamos la escucha para este propósito?; es decir, captamos el sonido como una forma de interpretar sus mensajes y saber tomar decisiones. 

Los humanos hemos puesto el paisaje acuático en crisis, pero también podemos aportarle desde el entendimiento, la sensibilidad y la revaloración. Escucharlo de otro modo ayudará a reestablecer los vínculos y eso se reflejará en su aprecio y cuidado. Pero la gente no quiere lo que no conoce ni sabe que existe, por eso el proyecto se esforzó por hacer democrática la escucha subacuática.

Esto implicó, primero, ofrecer elementos para reconocer que el mar es un mundo de sonidos, que lo que vemos como un lugar silencioso donde no pasa nada es tan complejo y problemático como la selva o una ciudad, en términos de la diversidad sonora en contraste con las situaciones que a nivel acústico lo contamina; segundo, compartir los conocimientos y los medios técnicos para poder acercar el oído y el cuerpo a las aguas; y tercero compartir y expandir esta realidad y sus sonidos a lugares y situaciones donde otras personas pudieran sentirse interpeladas. 

Foto: Cortesía Leonel Vásquez.

¿Cómo recibió la comunidad de Nuquí este proyecto de escucha subacuática?

Para mucha gente no era nada nuevo encontrarse con el sonido bajo las aguas, pero lo asumían como algo con lo que no podían interactuar, y tampoco tenían la conciencia de los impactos que tiene el sonido en este medio en función de las necesidades biológicas de los seres acuáticos, y los impactos medioambientales del ruido oceánico.

Pero el hecho de saber cómo es, construir nuestras propias herramientas de trabajo, poder escucharlo, recorrerlo, experimentarlo y vivir en carne propia la magia de los cantos de las ballenas y lo aturdidor de los motores de los barcos camaroneros, los motivó a pensar en las posibilidades y necesidades de hacer conciencia y apropiación de la escucha subacuática de su territorio.

¿Cómo se debe percibir el mar?

Como algo conectado con la tierra, son interdependientes. El fenómeno de la niña y el niño se da en el Océano Pacífico y se da justo por el calentamiento de las aguas, pero el coletazo se siente en los Andes, en las llanuras y en otras partes del país.

Lo que pase allí afectara nuestras vidas aunque estemos lejos, por eso debemos sentirnos más responsables de los impactos humanos desde donde estemos, es un llamado urgente a reencontrarnos como seres anfibios, de la tierra y de las aguas.

Esta parte del mar pacífico es realmente un lugar excepcional para la gestación de la vida, es un mar prístino. La gente de la costa del golfo de Tribuga y las ballenas viven en ese lugar porque a pesar de todo es un lugar pacífico, silencioso, donde se puede vivir, y aunque han cambiado las dinámicas, por ejemplo en volumen de pesca, por resistencia de las organizaciones, han puesto límites a la pesca de arrastre y así a muchos otros modos de industrialización de sus aguas y sus tierras.

Eso hace que la escala de sonido subacuático no haya interferido de manera significativa en la salud del océano. Es más, si alguien quiere viajar al pasado sonoro de las costas afectadas de este continente por puertos, tránsito marítimo, exploración, etc. y que es casi todo el borde costero, debe venir a Nuquí.

Mucha gente en el interior de Colombia no conoce ni valora este lugar, pero la mayoría de personas con las que hablé allá, sí saben lo que tienen y también saben lo importante de dejar que su desarrollo se acomode a la lógica y valor biodiverso del territorio y a su escala, por eso se resisten a las intervenciones del puerto y la minería mar adentro.

Foto: Cortesía Leonel Vásquez.

¿Cómo fue esa parte del proyecto que convocaba a la comunidad? 

Al final del laboratorio de escucha subacuática generamos un espacio para compartir la experiencia y fue el momento en el que se logró evidenciar el impacto que tuvo en la comunidad. Con los audios que grabamos en las salidas de escucha, compusimos una pieza para que sonara bajo el agua en una estación de escucha subacuática. 

Para esto, llenamos de agua una “azotadora” (embarcación utilizada generalmente para el trabajo con arroz) e hicimos una especie de baño sonoro conducido por un flujo vibrátil de cantos de ballenas y de humanos, de arrullos y voces del paisaje, mezclado con un preparativo de hierbas medicinales que una partera puso en el agua.

El bote lo ubicamos en el parque principal, entre la playa y el pueblo. En el lugar había parteras, pescadores, los participantes del laboratorio, muchos niños, y la que llegaba por curiosidad. La gente que se sumergía en esos sonidos se desconectaba y entraba en un viaje sonoro, profundo, placentero y muy intenso.

Yo me sumergí y la experiencia fue increíble. Era muy bonito ver cómo la gente se sentía tranquila, sonreía, lloraba y hasta dormía, las ballenas nos estaban relajando con sus cantos. Ahí es donde creo que la gente sintió, desde la escucha, algo sanador. 

Foto: Cortesía Leonel Vásquez.

¿Cómo se aprovechará ese registro subacuático más adelante?

Una señora que tiene un museo en su casa con objetos tradicionales de la región que coleccionó con el tiempo, nos dijo que le gustaría tener un componente sonoro, como objetos asociados a los sonidos y la escucha del paisaje, en la curaduría del museo.

También se tiene pensado, con un colectivo de música de la zona, utilizar el canto de las ballenas como un estímulo para crear nuevas piezas para trabajar en un concierto dueto ballena-humanos, en un auditorio marino donde la comunidad pueda escuchar esta interrelación.

Asimismo, en noviembre próximo, en el laboratorio de arte ciencia y tecnología Plataforma Bogotá se va a realizar una muestra de esta experiencia, donde se podrá escuchar el paisaje sonoro de este mar pacífico, sus distintas voces y mensajes.

Escuche aquí el canto de las ballenas que logró grabar el artista sonoro: