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La realidad de los niños migrantes en las escuelas colombianas

En el proceso migratorio, las personas, una vez llegan a la sociedad de acogida, asumen la nueva cultura como propia. Puede ser más fácil o difícil, dependiendo de las condiciones y situaciones en las que se originó la movilidad.
Niños migrantes y su adaptación en el sistema educativo colombiano
Foto: Colprensa
Colprensa

Se tiende a creer que la migración de niños, niñas y adolescentes es un poco menos compleja, porque a esa edad las personas tienen más facilidad para adaptarse a nuevas circunstancias.

Sin embargo, la rutina escolar es un buen termómetro de cuán adaptado puede estar un niño y su verdadera inserción a la sociedad y en el sistema educativo del país de acogida.

Lucero Rojas Farías es una jovencita de 15 años. Llegó a Medellín con 11 años y como todo niño, lo primero que buscó su mamá fue una escuela para que continuara sus estudios.

Hoy cursa el 8º grado (tercer año de bachillerato en Venezuela), pero recuerda con resignación que la retrocedieron dos grados porque no aprobó la prueba de nivelación “que nadie pasó”, asegura.

Su primer choque con la realidad de un migrante fue que la retrocedieran dos años, pues actualmente, si estuviera en Venezuela, Lucero estaría cursando quinto año de bachillerato y estaría en los preparativos de su grado de bachiller.

¿Cómo se dice: Cantina o tienda?

Experimentar la frustración y su acento zuliano muy marcado, influyeron en Lucero para que ella misma se excluyera del entorno estudiantil, pues confesó que cuando comenzó 5º grado, al hablar, sus compañeros le preguntaban ¿de dónde eres tú? Y ante la respuesta y tener que contar su historia para que la entendieran y no desencajar del grupo de estudiantes, prefería quedarse callada.

“Sentía que la gente me miraba raro porque soy venezolana, también me pasó que por las palabras me corregían feo, una vez llegué tarde al salón porque estaba comprando en la cantina de la escuela y cuando me preguntaron dije que estaba en la cantina y me regañaron, la profesora, me dijo: ¿cómo? Aquí se llama tienda, cantina es otra cosa”, expresó imitando a la persona que le hizo la corrección en un tono no muy amigable.

Tuvieron que pasar dos años para que Lucero se adaptara a la migración y se sintiera a gusto totalmente en la escuela.

Hoy dice que esos temores tanto por migrar como por la xenofobia fueron superados y asegura que la educación en Colombia es exigente, tanto en el horario como en la carga académica, pese a ello, “me gusta cómo enseñan, enseñan de todo, me gusta y aquí ya a las 6:30 de la mañana estás en el salón viendo clase”, comenta dejando saber que debe madrugar para ir a estudiar.


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El bullying

Los días de los niños, niñas y adolescentes migrantes transcurren entre el proceso de adaptación, nuevas escuelas, profesores, materias, nuevos conocimientos y compañeros y si bien es cierto que el común denominador es que se sienten bien en el sistema educativo colombiano, no están exentos de tener que enfrentar algunos tipos violencia como el bullying.

Este es el caso de un niño venezolano migrante que vive en Bogotá. Con 12 años de edad prefirió el anonimato al describir comentarios hechos por una compañera de clases que le expresa a los cuatro vientos, en cualquier momento y delante de quien sea: “veneco, regrésate a tu país”.

Sin que tal situación le haga mella en su estado de ánimo, el pequeño ha recurrido a todas las formas posibles para hablarle a su compañera, pero ella no escucha ni le permite que él pueda acercarse a ella para conversar. Los profesores están al tanto del caso, pero el bullying continúa y mientras tanto ¿qué hace este niño migrante venezolano para que eso no le afecte?: “simplemente la ignoro”, dijo con la garantía absoluta de tener total control para que este tipo de violencia no le afecte.

Su consejo para quienes llegan y se insertan en el sistema educativo colombiano no fue otro que: “puede ser difícil al principio adaptarse, comunicarse con algunas personas, pero al final te puedes ir acostumbrando, mi clave fue buscar nuevas amistades”.

Un segundo grado muy triste

Michael Tineo Liébano llegó a Colombia y comenzó a estudiar primer grado. Hoy día tiene 9 años, cursa el tercer grado de primaria en una escuela de Bogotá y aunque dice que le gusta el centro educativo y lo que está aprendiendo, recuerda que en segundo grado fue el año en que más triste estuvo.

¿Por qué?, la respuesta fue directa y corta, “la maestra era muy regañona”. Pero no sólo fue eso, a su tristeza se le sumaban actitudes de la profesora como gritarle en el salón “tú si eres glotón” al momento de mostrarle un dibujo.

La madre de Michael, Yinet, interrumpe al pequeño para explicar que durante el segundo grado la profesora del niño fue muy hostil con él. Esa actitud hizo que su hijo estuviera siempre triste, se quejara y se negara ir a la escuela, lo que tomó como una alerta para informarse e increpar a la docente por el trato “peculiar” que le daba a su hijo.

Yinet comentó que la profesora rechazaba a su hijo, “no supe si por ser negrito, venezolano o porque no pronuncia bien todas las palabras, pero en tres ocasiones la increpé para que tratara a mi hijo como un niño de su edad y respetando sus derechos”, comentó.

Para ella y Michael, ese segundo grado se hizo eterno en el tiempo, poco cambió la profesora, pero el niño culminó ese grado con el sabor amargo de sentirse excluido, señalado e irrespetado.

En Colombia existe una ruta de atención por acoso escolar o bullying publicada en el portal del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), allí las personas se pueden informar de los pasos a seguir para denunciar este tipo de violencia de la que no escapan los niños, niñas y adolescentes migrantes.

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