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Cómics: ¿cómo surgieron en Colombia?

Les contamos la historia y evolución de los ‘cómics’ y su desarrollo en Colombia.

Por: Richard Hernández

En los años 60, uno de los deleites de muchos niños y jóvenes era esperar el periódico dominical para leer “los monitos” o las tiras cómicas que traían las aventuras de diferentes personajes de la ficción como Tarzán, Lorenzo y Pepita, El Fantasma, Benitín y Eneas, Roldán el temerario, Educando a Papá y Dick Tracy, entre otros. Les contamos la historia y evolución de los ‘cómics’ y su desarrollo en Colombia.

Algunos expertos en este tema consideran que el primer cómic de la historia fue la Biblia de Velislav, un manuscrito ilustrado del siglo XIV. En la obra, guardada en la Biblioteca Nacional de Praga, República Checa, sobresalen los dibujos que, debido al alto índice de analfabetismo que existía en aquella época, vienen a ser el eje narrativo. Como apoyo a pie de página, traía unos breves textos en latín y alemán.

Pero si nos referimos a una tira, el primer cómic fue ‘The Yellow kid’ (El chico amarillo), pionero además en el uso de globos para contener los mensajes de los personajes. Esta tira fue publicada en la prensa estadounidense entre 1895 y 1898, dentro de la serie ‘Hogan’s Alley’ de Richard F. Outcault.

Para conocer el origen de la historieta en Colombia conversamos con Bernardo Rincón Martínez, diseñador gráfico, historietista y profesor del programa de Diseño Gráfico de la Universidad Nacional de Colombia.

“En la historieta hay varias categorías. Una de las más antiguas es la hoja de periódico dominical, la cual tenía el tamaño del periódico y se publicaba semanalmente. Con el tiempo, más o menos en 1920, los periódicos deportivos se dieron cuenta del éxito de las historietas dominicales y se inventaron el formato de tira cómica. Es un formato apaisado, en blanco y negro, se publica solamente entre semana a diferencia del formato dominical”, señala Rincón.

Hacia finales de los años treinta apareció la revista o comic book, que recopila esas tiras cómicas y de las páginas que salían los domingos o entre semana en los periódicos en una sola publicación. “En Colombia fue muy loco porque lo hicimos al revés. No hicimos una página única los domingos, sino los sábados”, comenta.

Sobre la primera historieta colombiana, Rincón cita a un gran visionario que fue Arturo Manrique, dueño del periódico Mundo al día, que circuló entre los años 1924 a 1938. Él se dio cuenta de que en Estados Unidos estaba muy de moda la historieta y los domingos se leía muy bien entre los jóvenes, y decidió hacer lo mismo en su diario, una publicación vespertina, que solo salía de lunes a sábado.

Entonces, Manrique propuso a Adolfo Samper, dibujante y caricaturista político, que hiciera una copia de la historieta del país del norte. Samper, ante la insistencia del editor, creó Mojicón en 1924, que era una adaptación de la estadounidense Smitty, de Walter Berndt, publicada por The Chicago Tribune.

“Samper le puso aires más colombianos, porque Mojicón tiene muchas características locales. Los personajes a diferencia de Smitty, tenían nombres de dulces: Bizcochito, el tío Merengue, Gelatina y otros. Este personaje marcó el inicio del cómic nacional. Lo interesante es que Samper nunca lo firmó porque consideró que no era una idea original de él y nunca habló mucho sobre el tema”, asegura Rincón.

Con la llegada de la crisis económica mundial en los años 30, Mojicón desaparece del panorama. Luego Samper luchó por crear más historietas. En 1943 logró publicar Amacise y Misia Escopeta en la revista Sábado.

“Después de Mojicón pasan dos décadas hasta que en 1962 aparece Ernesto Franco, un dibujante que le propuso al director de El Tiempo que le publicara una tira cómica que se llamó Copetín. Era la historia de un gamín, como en ese tiempo se les decía a los niños de la calle”, señala.

El personaje, que estuvo por más de 30 años en las páginas del periódico, nació cuando Franco administraba un restaurante en el centro de Bogotá y veía como algunos gamines le pedían plata y comida en el lugar.

“Al principio Copetín fue muy criticado porque era un niño rubio y blanco. Sin embargo, Franco para justificar esos rasgos decía que había consultado a varios médicos y le habían dicho que, usualmente, un niño de ese tipo estaba mal alimentado y en condición de desnutrición”, recuerda Rincón.

A partir de Copetín y del periodista y crítico de cine Hernando Salcedo Silva, quien también era un fanático del cómic, aparece todo un movimiento de producción nacional. Antes solo llegaban historietas norteamericanas que se publicaban en El Tiempo y los periódicos nacionales.

Entonces el maestro Salcedo, un gran coleccionista del género, empezó a convocar a los jóvenes que querían hacer historietas en su oficina. En ese grupo se encontraban Carlos Garzón, Jorge Peña, Julio Jiménez, Nelson Ramírez y Jorge Duarte, entre otros.

“Ellos comenzaron a publicar historietas en los periódicos. Uno de esos relatos famosos fue Calarcá, que fue publicado en El Tiempo. Era un personaje indígena con rasgos parecidos a Tarzán, por la admiración de Garzón al dibujante norteamericano Hogarth”, afirma Rincón

Fue un movimiento fuerte que duró muy poco, porque a Al Willamson, un dibujante nacido en Nueva York que había venido al funeral de su madre colombiana, le llamó la atención la línea de Garzón y se lo llevó a Estados Unidos, un país que era una máquina productora de cómic, a trabajar en su oficina en productos como la versión en cómic de Star Wars.

El profesor Rincón también resalta la importancia que tuvo la revista Los Monos de El Espectador en la historieta colombiana.

A Jorge Peña, del mismo grupo y quien fue profesor de la Escuela de Diseño Gráfico de la facultad de Artes de la Universidad Nacional de Colombia, lo llamó la familia Cano para renovar la parte dominical del periódico El Espectador. Entonces sacaron al mismo tiempo dos publicaciones en el formato de revista: el Magazín Dominical y la revista Los Monos, para que la gente las coleccionara.

“Peña fue el editor de la revista Los Monos y, a través de esa publicación, comenzó a convocar a dibujantes colombianos. Ahí vino otra cochada de creadores, entre los que se encontraban Jairo Rueda (Erres), Patricia Pino, Bernardo Ríos, Elena María Ospina, Diego Toro, Dagoberto Cruz, Efraín Monroy, etc. Yo también publiqué ahí”, recuerda el profesor Rincón.

Al diario El Tiempo, que era el competidor de El Espectador, le pareció un modelo interesante, pero lo que hizo fue comprar productos europeos que no se publicaban en Colombia e intentó hacer una gran revolución con las historietas, pero también dio pie para que apareciera el taller de humor.

El profesor Rincón también tuvo la oportunidad de publicar sus historias. Cuando estaba estudiando, a él y sus compañeros de clase les llamaba la atención el humor gráfico y el cómic. Entonces apareció el diario La prensa, de la familia Pastrana, que según Rincón “fue creado para subir a Andrés Pastrana al poder”.

A ellos les sirvió mucho este medio escrito porque les ofrecieron una página completa en el periódico, que salía todos los días y el domingo salía en dos páginas. Allí hicieron un gran trabajo de tira cómica en ese formato que no se trabajaba mucho en Colombia. Ya se habían hecho pocos ejemplos del formato tira cómica y Copetín era su mayor ejemplo.

“Entonces, inventé un personaje que se llamaba Charly G, que era como un músico callejero. En ese tiempo estaba muy de moda los mariachis, los vallenatos y los músicos que se subían a los buses de la troncal de la Caracas a cantar. También estaba muy de moda el rock argentino, entonces hice un homenaje al cantante Charly García y a la música urbana”, señala.

Más tarde, a Rincón se le ocurrió crear Dina. “Era mi historia de vida universitaria, pero desde el punto de vista de una chica que estaba estudiando comunicación en una universidad bogotana y tenía toda una aventura con sus estudios: el transporte público, las trasnochadas, los exámenes, etc.”, cuenta.

Después de dos años de publicar sus tiras cómicas y la de sus compañeros en el diario La prensa, decidieron crear una revista. Como forma de pago de una plata que les debían, les ofrecieron las máquinas de impresión. Fue cuando hicieron la revista El bus, una publicación para vender en el transporte público. Luego sacaron la revista Acme comics, que fue una publicación de gran calidad visual y de impresión.

“Ganamos dos becas del Colcultura, que era equivalente al actual Ministerio de Cultura. Fue muy interesante porque pudimos viajar por los grandes eventos, tanto nacionales como del mundo, presentando la revista. Ya Colombia entraba en la edad adulta del cómic”, señala.

Un escenario importante para la promoción y difusión de este género en el país ha sido el Museo Virtual de la Historieta Colombiana que el profesor Rincón fundó. Es un ejercicio que arrancó en la Universidad Nacional de Colombia y que todavía se encuentra vigente.

En estos momentos lo están renovando completamente porque, cada vez que Rincón viajaba a eventos del mundo del cómic con la revista Acme, le preguntaban ¿cuál es la historia de la historieta colombiana? Entonces fue cuando se propuso reconstruir la historia del cómic nacional.

“Esta todavía tiene muchos huecos en cuanto a datos y creadores, pero ahí estamos trabajando. El problema de las redes es que, cada vez que uno hace una actualización, se desactualiza y, ahora con la pandemia mundial, nos ha tocado la renovación total. Estamos esperando que regresemos a la normalidad académica para acercarnos a los servidores de las páginas web académicas y finalmente hacer la renovación que estamos planeando”, comenta.

Para finalizar, el profesor Rincón invita a los jóvenes a que se animen y aprovechen esta situación para crear historias en medio de la pandemia. En su caso, está haciendo La familia Rincón Casadiego. “Todos los días veo a mi esposa y a mi hija, han pasado muchas cosas interesantes y simpáticas que estamos construyendo en formato tira cómica para publicarlas en la red”, señala.

También el profesor aconseja a los muchachos en aislamiento hacer equipo con otros jóvenes para hacer novelas gráficas de tipo autobiográfico y que dejen memoria de todo lo que está pasando en su mundo de confinamiento.

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