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El flagelo de la desaparición forzada: una historia de vida en La Guajira

Por: Tatiana Orozco Mazzili

Un Toyota modelo 1998, color azul petróleo, de placa SAA-97Z, conducía Alfredo Isaías Arévalo Gámez, de 51 años, la última vez que lo vieron. Viajaba de Riohacha a Barrancas, al sur de La Guajira, en un vehículo de la empresa de transporte intermunicipal con la que trabajaba, pero nunca volvió. Fue un 24 de agosto de 2001.

“En vista de que no llegaba, salí con familiares y amigos a buscarlo. Viajamos al sur de La Guajira, pero no lo encontramos. Después de unos meses me mandaron un mensaje diciéndome que no lo buscara porque él estaba muerto, que era un testigo que no podían dejar vivo”, cuenta Rosa María Brito, la madre de dos de sus once hijos.

El sentimiento es indescriptible para personas que, como Rosa, pierden a un ser querido en medio de una desaparición forzada. Ella asegura que es un dolor diferente por no saber realmente qué fue lo que sucedió. Y lo peor es que va creciendo con los años. 

“Uno sufre mucho, sobre todo sus hijos, la mamá murió de depresión a raíz de lo sucedido, porque para la familia de la persona desaparecida, es un ser que nunca lo creemos muerto. Siempre creemos que está vivo, porque como no logramos sepultarlo, soñamos con su regreso”, relata la mujer. 

Como si tratara de profundizar más en explicar lo que significa la desaparición de un ser querido, Rosa María habla de una incertidumbre eterna, que busca siempre ser resuelta por lo que hasta en el subconsciente cree tener las respuestas. 

“Él me lo dijo en un sueño, que lo buscara, que lo encontrara, que estaba cerca de un río, debajo de un árbol frondoso. Todo eso lo dije. A mí no me importa ahora conocer quién lo hizo, solo necesito saber dónde está para ir por él y darle cristiana sepultura”, agregó. 

Es precisamente ese dolor, que quizás la une con muchas otras familias que viven esa situación, la razón por la que ahora trabaja en hallar a más víctimas y apoyar a personas a encontrar sus familiares desaparecidos y darles descanso. 

“Me di cuenta que tenía que hacer algo, y más cuando, además de él, en mi familia hay tres personas desaparecidas, masacres y homicidios, por eso hay que hacer algo”, recalca Rosa María. 

Hoy se conmemora el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas, por lo que el pasado viernes la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas (UBPD) realizó un homenaje a la dignidad.

Desde 1958 hasta 2018, en Cesar hay alrededor de 3.775 víctimas identificadas de desaparición forzada, de las cuáles 739 son de Valledupar.

Según un grupo interno de trabajo de búsqueda, identificación y entrega de personas desaparecidas (Grube), en el consolidado de mayo de 2019, reportan 253 fosas encontradas, 310 exhumaciones, de las cuales 166 cuerpos fueron identificados y entregados a sus familiares, mientras que 78 no han sido identificados.

La Guajira registra 874 personas desaparecidas forzadas hasta el 2018. Magdalena por su parte tiene el reporte de 3.906 personas desaparecidas y, junto a Cesar, son los departamentos con más número de víctimas en la región Caribe. 

Mientras tanto, muchos hogares como el de Rosa Brito continúan con ese vacío y un gran signo de interrogación que los acompaña para toda la vida. Solo quedan los recuerdos, momentos, olores y canciones, que son algunas de las opciones que tienen para sentirse enlazados con los suyos.

Escuche el testimonio de Rosa María Britto contada por ella misma aquí: