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Cementerio Central, un patrimonio que cuenta la historia funeraria de Bogotá

Por: Richard Hernández

El Consejo Distrital de Patrimonio Cultural declaró las estructuras funerarias (Columbarios) del Cementerio Central como bienes de interés cultural distrital. Allí se encuentra la obra ‘Auras anónimas’, de la artista santandereana Beatriz González. Este es un reconocimiento a los procesos históricos del espacio capitalino y a su valor patrimonial. 

El Cementerio Central, según el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural (IDPC) empezó a funcionar en 1836. Treinta años después, en su costado occidental, se inició la construcción de las primeras bóvedas funerarias conocidas como Torreón Padilla, que serían demolidas entre 1891 y 1896. Sin embargo, las inhumaciones en tierra continuaron hasta que fueron construidos los actuales columbarios (conjunto de nichos donde se colocan los cadáveres) entre 1947 y 1956. 

Desde su creación, esta área fue llamada ‘cementerio de pobres’, dado que acogió los restos mortales de un amplio segmento poblacional de escasos recursos económicos y contrastaba notablemente con el carácter monumental de la elipse central, espacio consagrado como símbolo de la memoria oficial de la nación. A este sitio también fueron a parar algunos muertos del Bogotazo.

En el año 2000, tras cinco décadas de haber sido el lugar de inhumación destinado a las personas más pobres, los columbarios se clausuraron y los cuerpos que allí reposaban fueron retirados para dar paso a la ejecución de los proyectos urbanísticos dispuestos en el Plan de Ordenamiento Territorial adoptado entonces por la ciudad. 

Esto generó una crisis funeraria, ya que miles de personas perdieron la opción de acceder a un espacio de bajo costo para la inhumación de sus muertos.  Por esta razón, en 2009 y con el objetivo de hacer visible el impacto de las masacres que venían ocurriendo en el país a causa de la violencia del conflicto armado, la artista Beatriz González intervino los columbarios con la obra ‘Auras Anónimas: una declaración en contra del olvido a las víctimas de esta guerra’.

Se trata de 8.957 serigrafías impresas sobre las tumbas, que representan a hombres cargando cadáveres. La artista diseñó ocho modelos de cargueros inspirados en fotos reales, para imprimir en las lápidas. Mientras en el siglo XIX transportaban gente a través de terrenos difíciles, en la obra de González cargan víctimas. 

Los columbarios fueron declarados monumento nacional en 1984, tras generar un gran debate cuando, el alcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa, intentó derribarlos en varias ocasiones para convertir dicha zona en un parque. Su molestia fue mayor en octubre del año pasado cuando el Consejo Nacional de Patrimonio señaló que los columbarios entrarían a formar parte del “área de afectación” del cementerio, incluyendo la obra ‘Auras anónimas’.

Así se pronunciaba Peñalosa a través de mensajes en Twitter por esa decisión: “los sabios del Consejo Nacional de Patrimonio Cultural le robaron a los niños y jóvenes de Mártires un parque con campos deportivos y juegos infantiles, al convertir unas tumbas construidas en 1945, en patrimonio nacional. Adiós al que pudo ser el parque más grande de Mártires”. Asimismo, señalaba que “la obra de Beatriz González deberá ser conservada por cuenta del Estado colombiano por los próximos 20 mil años”.

Para Margarita Sierra, coordinadora del equipo de investigación del IDPC, la importancia de esta declaratoria radica en que son la única huella que queda en pie del cementerio de los pobres, como fuera bautizado en su momento, y porque albergó una gran masa poblacional no favorecida económicamente en la ciudad.

“Los columbarios nos revelan la manera en que el orden social de Bogotá se fundamentó en la distinción y en la exclusión. El ordenamiento social de la ciudad de los vivos se refleja literalmente en la ciudad de los muertos en donde se encuentra un espacio en la elipsis central del cementerio destinado para los patricios de la nación. Mientras que a los ciudadanos del común y los pobres se les destina un sitio de descanso radicalmente distinto”, comenta Sierra.

Para la investigadora, los columbarios reúnen las condiciones de patrimonio por su carga histórica y porque a través de ellos es posible construir o leer una historia que se compone de varios estratos simbólicos y varios estratos de interpretación. También, porque a través de los columbarios la ciudadanía puede preguntarse quiénes fueron esas personas allí inhumadas y que no han tenido un lugar visible en la construcción de la historia de la ciudad. 

Ahora, con esta declaratoria, el IDPC realizará una intervención integral, tanto de los columbarios, como del diseño paisajístico del entorno. Lo que tiene pensado la entidad durante estos meses es iniciar los primeros auxilios para las edificaciones. Se van a instalar unas sobrecubiertas para evitar que los inmuebles se sigan deteriorando y se reforzarán las estructuras para que no haya riesgo de derrumbe o colapsos en las edificaciones.

Para el 2021 se estarían haciendo los estudios y diseños estructurales del lugar y la obra de intervención, ya de mayor envergadura, para reconfigurar este espacio como un parque conmemorativo (no de carácter recreativo). Estas intervenciones se van a iniciar en el 2022 y contemplan los cuatro columbarios y la ejecución de la intervención paisajística del Parque de la Memoria.

Sobre la obra de González, la cual también está incluida como bien de interés cultural, se están adelantando conversaciones con la artista para que pueda hacerse con materiales más permanentes, para que tenga una mayor durabilidad y también para que de alguna manera pueda establecerse un diálogo entre la obra y otras memorias y otras huellas que también hacen parte de las edificaciones.

La declaratoria de los columbarios coincide con el Mes del patrimonio, y para el IDCP es una oportunidad para comenzar a difundir un mensaje mucho más plural acerca de lo que pretende ser patrimonial y también incluir los conflictos de orden simbólico dentro de la lectura de los patrimonios, ya que también hacen parte de la memoria de la ciudad.

“El IDCP está trabajando por desmarcarse o por trascender de alguna manera las nociones clásicas que conciben lo patrimonial todavía muy amarrado a lo folclórico o a los atributos que simplemente se consideran loables o de alguna manera atractivos, para tratar de dar un giro discursivo en la manera en que se está entendiendo y se está problematizando lo patrimonial, integrando las disputas de orden simbólico y las tensiones que también conforman nuestros patrimonios y nuestras memorias”, concluye Margarita Sierra.