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“Uno se va de Colombia, pero el país no se va de uno”: Javier Escarpeta

En el Día Mundial de los Refugiados repasamos la historia de Javier Escarpeta de Caquetá.
Katerine Vargas
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En una videollamada a través de una aplicación, de las que da la sensación de acortar distancias, Javier se conecta para hablar de su exilio. Sentado en una calle de París, frente a la universidad La Sorbona, el joven caqueteño de 32 años empieza a recabar en su memoria la historia que lo atraviesa.

“Primero quiero que veas la universidad donde estudio ahora. Acá hay muchas oportunidades” dijo mientras se disponía para la entrevista. Lleva 3 años viviendo en Francia, uno como refugiado político.

Javier Escarpeta Pizzo nació en Salado Blanco Huila y ahí vivió junto a su familia hasta que tenía tres años. Luego se trasladaron a San Antonio de Getuchá (Caquetá), una inspección del municipio de Milán, ubicada al margen del río Orteguaza cerca del lugar donde este se comunica con el gran río Caquetá.

“Yo me construí en Caquetá, con todo lo que hay en ese departamento; aprendí a nadar en el río, a contemplar la selva de cerca; a comer plátano y hamburguesas de plátano” contó de manera jocosa.

Sin embargo, también reconoce que esta tierra y el conflicto armado que durante más de medio siglo ha estado latente entre sus aguas y montañas, le trajo experiencias dolorosas.

Cuando era un niño Javier analizaba la precariedad en esa zona rural, sumado a eso, él, sus siete hermanos y sus padres recibieron amenazas por la guerrilla de las Farc, lo que hizo que se desplazaran hasta el municipio de Florencia, capital de Caquetá.

“Empecé a cuestionar qué era todo esto, qué país me había tocado vivir, pero lo peor es que cuando llegamos a Florencia los paramilitares matan a mi hermana” señaló.

La muerte de una de sus cinco hermanas a manos de un grupo armado ilegal por denunciar reclutamiento forzado fue una de las situaciones más difíciles que vivió la familia Escarpetta Pizzo. Según el joven, quien entonces tenía nueve años, en ese momento, producto de esa serie de adversidades, empezó a sentir un desarraigo que lo llevó a negar sus raíces “yo no puedo ser de este país, no quiero ser de aquí” decía a su corta edad.

Años más tarde su padre lo obligó a irse al ejército, a lo que se negó “yo soy la oveja rosada de mi familia” dijo entre risas para hablar de su orientación sexual y explicar su negación a participar en la guerra. Después, su padre lo echó de la casa “por ser gay” aseguró.

17 años y su tercera migración. Javier se fue a Bogotá, ahí trabajó vendiendo zapatos durante un tiempo y aunque solo dos años después de estar en esa enorme ciudad pudo vivir en condiciones dignas, empezó a estudiar Derecho en la Universidad Católica de Colombia.

Al terminar su regresó al departamento que lo vio crecer “porque tenía un compromiso grande con Caquetá, quise volver y trabajar en el proceso de Paz con las Farc”.

Mientras Javier trabajaba en Belén de los Andaquíes acompañando procesos de víctimas en Puerto Torres (un caserío que, según el Centro Nacional de Memoria Histórica, fue conocido como “El cementerio” “El Matadero” por el accionar paramilitar), recibió amenazas junto a otras personas.

“Empezaron a ordenar toque de queda en Belén, yo tenía miedo y fue ahí donde decidí irme del País”. Con ayuda de un primo Javier viajó hasta Francia y una vez en este país, solicitó el asilo político. No hablaba francés y tardó un mes en empezar a estudiar el idioma. Dice que, aunque fue difícil al inicio, se considera afortunado “a mí me gusta el arte, la fotografía y eso me permitió ir a muchos museos y hacer relaciones con la gente de aquí”.

Javier Escarpeta Caquetá

Además de dedicarse a retratar la vida, Javier estudió Cultura de la Civilización Francesa en la Universidad de París. En la actualidad es activista de Ciudadanías por la Paz y tiene un nuevo trabajo que le permitirá llevar a su mamá a Francia, porque según él, es lo único que extraña de Colombia “ella es una mujer muy fuerte, fue la que me dio los ánimos de continuar siempre” expresó.

“Uno se va del país, pero el país no se va de uno” dijo el joven con relación al activismo que viene haciendo junto a otras personas desde Francia en medio del Paro Nacional que atraviesa Colombia. Sueña con ir hasta el Alto Comisionado de Naciones Unidas y poner la voz de alarma:“Nos están matando”.

Gustavo Torres, trabajador humanitario, con experiencia en refugio y migración, reconoce que uno de los retos para la protección segura, es erradicar la discriminación, un fenómeno recurrente en sociedades de acogida.

“Comprender las necesidades del otro, tener una conciencia de ayuda y solidaridad disminuye la xenofobia” indicó.

Gustavo y Javier nos recuerdan que atravesar una frontera y dejarlo todo, no se hace por gusto. Es un proceso fuerte que merece respeto y solidaridad de todos.

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