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Wiwas: la resistencia de un pueblo indígena por su lengua

Esta etnia es una de las cuatro que habita en la Sierra Nevada de Santa Marta y su lengua es la dámana.
Fotos: Hugo Mojica
Jimmy Cuadros

Gonawindúa. Así le llaman los indígenas wiwa, en su lengua materna, a la Sierra Nevada, la enorme montaña verde y pico blanco que ha sido su hogar desde el principio de su historia, de la que solo se tienen registros oficiales luego de la época de la Conquista y la Colonia.

Lo que ocurrió antes solo lo saben, por tradición oral, los mamos o los viejos sabedores.

El pueblo wiwa –o arzario– es una de las cuatro etnias que habitan la sierra. Junto a los koguis, arhuacos y kankuamos se reparten el macizo que comprende los departamentos del Magdalena, Cesar y La Guajira y que se erige con sus imponentes 5.700 metros desde las costas del mar Caribe.

A la comunidad wiwa le tocó situarse en las partes más bajas de la sierra, cerca de los hermanitos menores, como les dicen a quienes no son indígenas.

Esa cercanía territorial con el mundo exterior los hizo vulnerables. Blanco fácil primero de los españoles, luego de los marimberos y los grupos armados ilegales, que los desplazaron y sometieron a sus costumbres.

Todos estos acontecimientos repercutieron, también, en la lengua materna de los wiwa: la dámana. Aunque no se extinguió –por la resistencia de un pueblo que conserva sus usos y costumbres–, sí ha sufrido cambios por el mestizaje y el contacto con las otras comunidades indígenas de la Sierra.

“Cuando vino la Conquista, no nos dejaban hablar lengua, que eso era de diabólicos. ‘Hay que quitarles esta camisa, que eso es del diablo’, decían. Nos quitaron la manta, nos pusieron la camisita”.

Quien relata lo ocurrido es el mama Ramón Gil Barros, autoridad wiwa en la cuenca del río Guachaca o Dukerendúa. Este hombre de 83 años es el líder espiritual, social y político de su comunidad.

En su cultura, les llaman mama –o mamo- y a su esposa, saga (luna).

“Sol se llama mama dzhuiza, siendo humano hay que ser como el sol. Sol nunca dice a la culebra no le doy calor, al escorpión no le doy calor. A todos les da calor. Así mismo debe ser una persona que se llame mama: darle calor, alimento espiritual a todos. Un mama ama la naturaleza”, explica.

Dámana

Desde hace unos 32 años, el mamo Ramón ha liderado un proceso de recuperación de las zonas de la Sierra en el Magdalena que eran de los wiwa y que les fueron arrebatadas por los colonos, los sembradores de marihuana y terratenientes.

En esa empresa, fundó Gotsezhy o El Encanto, un resguardo situado a media hora en motocicleta desde la carretera del corregimiento de Guachaca, que queda a 60 minutos de Santa Marta.

Allí, desde mediados de los 90, funciona la institución etnoeducativa distrital Zalemakú Sertuga, en la que hay un espacio importante para la enseñanza de la lengua dámana.

El mamo Ramón entiende que su comunidad debe aprender el castellano para evitar la incomunicación entre indígenas y occidentales que desencadenó, en el pasado, hechos violentos por la incomprensión. Pero también es consciente que hay que preservar, a como dé lugar, la lengua dámana, vehículo transversal para dar a conocer sus costumbres y conocimientos ancestrales.

“Pedimos un colegio de bachillerato, muchos dijeron que para qué. Yo aprendí mucho de los sabedores y no puedo explicar. Mi sueño es que los niños aprendan del hermanito menor (los no indígenas) completo, que aquí salgan un antropólogo, un sociólogo, un filósofo… y después aprendan de mí, que hablen bien, traduzcan bien y hablen con claridad qué piensa indígena, cómo vino indígena”, dice el mama Ramón.

Dámana

En el Zalemakú Sertuga estudian unos 228 niños, desde preescolar hasta el último grado de bachillerato.

El nombre del colegio, así como todos los términos de la lengua dámana, tiene significados en cada sílaba que lo compone. De ahí la importancia de preservar la lengua, para que no se pierda la sabiduría de su cultura ancestral.

En este caso, za significa orden; le, conocedor; makú, jefe.

Ser, denota espiritual. Viene de Serankua, el ser supremo de los wiwa, lo que para los católicos sería Dios.

“Sertuga es una raza wiwa”, explica Aris Javier Ramírez Brito, licenciado en Biología y Química, rector desde 2006 de la institución etnoeducativa, que ha ido cambiando poco a poco sus rudimentarios salones de clases hechos en madera y piso tapizado por la arena ocre de la Sierra Nevada, por aulas de materiales y con energía provista por paneles solares.

El rector indica que los primeros profesores eran occidentales. Sin embargo, vieron la necesidad de ir involucrando a la comunidad wiwa, que los indígenas se fueran capacitando para trabajar como educadores en el colegio.

“Para fortalecer los procesos culturales propios de la comunidad, se necesita que haya ese enlace entre el castellano y el dámana”, afirma.

Lo dice porque al haber solo profesores occidentales, a muchos niños se les dificultaba entender. Y tratar de inocularles el castellano, a como diera lugar, iba a llevarlos a una extinción de la lengua y de sus rasgos culturales.

Actualmente, la institución cuenta en sus tres sedes –las otras son más pequeñas y están ubicadas en los resguardos Kemakumke y Wímake- con 18 docentes, nueve indígenas y nueve no indígenas.

Dámana

El rector Aris Ramírez advierte que para el bachillerato deben ser licenciados y solo cuentan con dos de la comunidad wiwa: José Gregorio Mojica, licenciado en Lengua Castellana y José Martín Gil, licenciado en Ciencias Naturales.

Los otros indígenas están en primaria, como José Vicente Lozano Villazón, quien es normalista, tiene 32 años y a su cargo está el grado tercero de primaria. Además, dicta lengua dámana en sexto de bachillerato.

Él estudió Auxiliar de Enfermería y trabajó un par de años en el centro de salud de la comunidad. Luego obtuvo su título normalista que le permitió ser contratado por la Secretaría de Educación de Santa Marta para ser profesor del colegio.

“Para poder estudiar lo vi complicado, por falta de recursos se nos hace difícil. Uno escucha que el indígena puede estudiar gratis, pero tuve que gastar de mi bolsillo y recibir ayuda de una fundación para para pagar mi estudio”, cuenta José Vicente.

Se refiere a la Fundación para el Desarrollo Humano Comunitario (Fundehumac), presidida por Alba Lucía Varela Moreno, una bogotana radicada hace 42 años en Santa Marta.

Alba Lucía, desde Fundehumac y con el apoyo de particulares, nacionales y extranjeros, ha apadrinado a más de 200 jóvenes colombianos –occidentales e indígenas- para que puedan estudiar.

Son programas que van desde primaria hasta títulos técnicos, tecnológicos y profesionales. Con los wiwa empezó a trabajar por un caso particular.

“Desde antes de estar organizada legalmente Fundehumac conocí una familia wiwa que les decían los renegados. Me causó mucha curiosidad y preguntaba por qué los renegados. Empecé a trabajar con ese núcleo y me encuentro un joven indígena que estaba como en una etapa de desobediencia y estaba estudiando. Y alguien me dijo: ‘ayúdalo’. Este chico empezó a estudiar Derecho y es el primer abogado de su etnia y tiene un alto cargo dentro del cabildo”, cuenta Alba Lucía.

Dámana

Esta mujer, que ya es considerada como un miembro más de la comunidad wiwa de Gotsezhy, cuenta que a través de Fundehumac han ayudado a graduar, además, a un licenciado en Ciencias Naturales y Químicas, un licenciado en Lengua Castellana, y actualmente apoya a otro indígena que estudia castellano y a una joven que estudia Enfermería.

La idea es que, una vez graduados los wiwa, vuelvan a su comunidad a compartir los saberes occidentales en su lengua, para que esta no se pierda. “Nos interesa que se formen en pedagogía y salud, para reforzar y complementar sus conocimientos naturales”, remarca Alba.

Uno de los profesores wiwa apadrinados por Fundehumac y que cumple con esta misión es Andrés Sarmiento Suárez, de 28 años, encargado del grupo de cuarto grado de primaria.

“Le damos más refuerzo académico en la lengua dámana. En este curso deben prepararse, aprender a escribir, saber contar, cómo expresarse delante de una autoridad, delante de una institución”, señala Sarmiento.

El profesor, uno de los más queridos en el colegio, resalta que su trabajo es importante para que el niño wiwa conserve su cultura y tenga en cuenta el rol que debe cumplir como indígena.

“Cuando se acaba una lengua, se acaba un pueblo. Cuando se acaba una lengua, puede decir soy indígena, pero nadie te va a reconocer como indígena”, asegura.

Aunque el 80 por ciento de las clases están preparadas en español, la metodología de enseñanza de Andrés y los otros profesores es lograr una sinergia entre el castellano y la dámana. Por lo tanto, la mayoría de las cátedras son llevadas a cabo en ambas lenguas.

“Al niño se le pregunta un saber previo. Por ejemplo, inguina. ¿Conocen esta palabra? Entonces traen una piedra, que es inguina. Y si no saben, de ahí partimos, para reforzar”, explica Sarmiento.

En este punto hay que aclarar que los wiwa hablan, desde temprana edad, su lengua materna. Sin embargo, el modelo educativo nacional está diseñado para que estudien en castellano. ¿Qué pasa entonces en el prescolar?

Dámana

El colegio Zalemakú Sertuga tiene dos profesoras de preescolar. Una occidental y Patricia Gil Mojica, una wiwa de 23 años que estudia Licenciatura en Lengua Castellana en la Universidad del Magdalena.

Ella estudió en el colegio en el que ahora enseña a la nueva generación de indígenas.

“Mi función es enseñar a los niños a hablar en español y traducirles. Si les hablas en español no van a entender, algunos no entienden. Pero primero es la lengua de nosotros, porque con ella aprendemos nuestra cultura. Y después el castellano nos permite explicarles a los otros nuestra cultura”, indica.

Patricia es, además, un ejemplo para las jóvenes de su comunidad, pues es la primera mujer en terminar el bachillerato en una comunidad patriarcal y machista. Empezó estudiando con el apoyo de Fundehumac, pero una vez fue contratada por la Secretaría de Educación decidió liberar su cupo en la fundación para que ayudaran a otra wiwa.

“Quiero terminar, después especializarme, después trabajar aquí. Ayudar a los estudiantes a sacar adelante esta comunidad, porque quiero que las niñas y los jóvenes sigan adelante después de que terminen el bachillerato”, recalca.

***

De acuerdo al Ministerio de Cultura, la población wiwa asciende a unos 13 mil indígenas. Se estima que la lengua dámana es hablada por casi la totalidad de los miembros de esta etnia.

Sin embargo, la dámana ha sufrido cambios sustanciales en su pronunciación que van más allá de la introducción de palabras en castellano que no tienen traducción.

El mama Ramón Gil explica que en algunas palabras la erre ha sido reemplazada por la ele. Como por ejemplo, agua, que es yirra, es pronunciada yila por algunos indígenas.

Esto, insiste, obedece a que cuando los españoles, los marimberos o los grupos armados llegaron con violencia a sus dominios, los wiwas debieron refugiarse en partes más altas de la Sierra, en territorios kogui. Adquiriendo de esta manera la lengua y algunas costumbres de esa otra etnia.

“Los kogui viven arriba, los wiwa pertenecen abajo. Entonces wiwa hombre se casó con mujer kogui, mujer wiwa se casó con hombre kogui. Entonces no hablaban bien. Tuvieron hijos y no hablaban bien nuestra lengua”, explica el mama.

Debido a esto es normal que en cada cuenca –sistema de organización sociopolítica de los wiwa- hablen en dámana de forma diferente. Esto, sin duda, constituye una amenaza para su lengua materna que – a juicio de los indígenas- podría solucionarse con la construcción de una cartilla lingüística.

“La dámana la hablamos, la entendemos, pero no la estamos escribiendo y es importante tener una unidad, y ahí la cartilla es fundamental”, afirma el profesor José Vicente.

“Queremos hacer una cartilla, pero estamos viendo dónde conseguimos recursitos, porque el que estudia allá abajo no quiere volver y no va a trabajar sin plata. Pero tengo fe que Serankua nos va a ayudar a hacer una cartilla lingüística”, cuenta Ramón Gil.

El mama y su comunidad saben que cualquier esfuerzo vale la pena para preservar su lengua, donde está contenida toda su sabiduría, sus conocimientos. Si llega a perderse la dámana, ocurrirá lo que intentaron los colonizadores y los grupos armados y no pudieron: extinguir la etnia wiwa.

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