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Foto: Valerie Meikle.Cortesía de Nicolás Van Hemelryck

“Ser madre es lo más hermoso, pero también lo más doloroso”: Clare Weiskopf

Juana Alejandra Restrepo Díaz

Ver el documental ‘Amazona’ es mirarse en un espejo: el de ser madre, si es que uno lo es, o el de hija o hijo, porque se adentra en la maternidad, un tema que nos concierne a todos, que nos toca las fibras íntimas y devela miedos, inseguridades y, por qué no, el amor más grande.

Por esa razón, algo se nos mueve solo ver el tráiler de este documental en el que una madre decide ser libre, vivir su vida -primero con sus hijos, luego sin ellos, lejos en la selva, adentrándose para siempre en el Amazonas- respondiéndole a su hija, la directora  Clare Weiskopf, muchos años después que “su vida fue su vida”. Una frase que nos desconcierta del personaje de Valerie, la madre, pero que a la vez nos hace entenderla. Ver que muchas veces somos ella. Se entra en un territorio de grises, que son a los que esta mujer y su hija, ahora directora y también madre, nos enfrentan: a preguntas incómodas y hasta prohibidas. Temas tabúes y, sin embargo, tan nuestros, tan cotidianos.

El tema de la “mala madre”, como podríamos llamarlo, es abordado en la actualidad en libros como ‘Madres arrepentidas’ de la socióloga Orna Donath que expone casos de mujeres que, una vez han sido madres, no han encontrado la “profetizada” plenitud. También testimonios como el de la novela ‘Mala madre’ de la escritora chilena María Paz Rodríguez en donde reinventa la historia de su abuela materna, que abandonó a sus hijos y a quien ella nunca conoció. En un artículo de la revista Paula cuenta: “Tengo la impresión que desde chica nunca la dejaron ser. Pienso que el arte y los libros fueron un escape al medio represivo en el que vivía; lo único que les dio algo de sentido a sus días. Ya de joven, el matrimonio y los hijos fueron una especie de cárcel para ella; una imposición que la atormentó hasta el límite de tener que abandonar todo lo que había construido en Chile”.

Valerie junto a sus hijos, Liliana, Carolina, Clare y Diego. Cortesía de Nicolás Van Hemelryck.

El caso de Valerie Meikle no es el mismo. Se podría decir que ninguna historia se parece a otra, pero todas estas reflejan lo que se ha silenciado: los dilemas de la maternidad, las construcciones que se han hecho en torno a esta idea y lo que en realidad pueden vivir las mujeres al asumirla. Su caso es el de una mujer que deja Inglaterra, su tierra natal, por amor. Se casa con un abogado colombiano, tiene dos hijas. Se divorcia, parte del país y vuelve con un nuevo esposo, con el que tiene a Clare y Diego. Tiempo después su hija mayor, Carolina, quien estudiaba cine en Inglaterra, viene a Colombia y muere en la tragedia de Armero. Allí la historia de esta madre se parte en dos y es el punto desde el cual arranca este documental.

Clare Weiskopf, directora de documentales, lleva más de 10 años trabajando diferentes temas sociales: desde el conflicto armado hasta la expansión de la cumbia por Latinoamérica y Europa. Ha ganado dos veces el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. Hace tiempo que quería hablar sobre su madre, esa mujer fantástica en medio de la selva, pero jamas pensó que haría un documental que hablaría tanto de sí misma y que ella también terminaría siendo protagonista, justo cuando esperaba a su primera hija, Noa. “En el camino quedé embarazada y me volví madre y todas esas preguntas vinieron a la película. Me di cuenta que no era solo sobre mi mamá, sino también sobre mí y esas preguntas de la maternidad: ¿qué significa ser madre?, ¿tiene uno que sacrificarse cuando se vuelve madre?, ¿puede uno seguir con sus sueños?”, cuenta Clare.

Valerie y Clare. Cortesía de Nicolás Van Hemelryck.

‘Amazona’ sería el resultado del viaje personal de estas dos mujeres. El esposo de Clare, el productor Nicolás Van Hemelryck, también tendría un papel casi que de codirector de esta idea que realizarían juntos. En el Festival de Cine de Cartagena 2017 (FICCI) tendría una gran acogida, al punto de ganar el premio del público. Hoy desde la oficina de su productora Casa Tarántula en Bogotá, el lugar en el que se siente como en casa, Clare habla de ese proceso, de esa reconciliación consigo misma, con su madre y con la idea de maternidad que llegó de la mano de este proyecto artístico.

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En medio de una entrevista, que se torno más en charla, hablamos sobre su documental, las luces y sombras que refleja su madre en este, y los dilemas que trae consigo la maternidad…

Puedes darnos un resumen de la historia de vida tu mamá…

Mi mamá es una inglesa que ahora tiene 80 años y vive en la mitad de la selva, cerca de Leticia en una reserva natural. Ella se vino a Colombia a los 20 años casada con un abogado colombiano que conoció en Italia y tuvo dos hijas, Carolina y Liliana. Llegó a vivir a Armero. Después se separó de él y se devolvió a Inglaterra donde conoció a mi papá que era de Estados Unidos e igual se devolvieron a Colombia, porque a ella le encanta este país. Es su historia de vida, las decisiones que tomó. Su hija mayor muere en Armero en 1985 y hay un cambio y ella decide internarse en la selva. Yo tenía 11 años cuando mi mamá se fue.

¿Cómo viviste esa partida?

Fue duro, porque me vine a la ciudad a vivir con mi papá, pero él siempre estaba de viaje y me tocó muy sola.  No podía comunicarme con ella porque estaba viajando por el Río Putumayo y ahí en esa época no había celulares ni nada. Mi mamá me llamaba cada vez que llegaba a algún sitio con Telecom.

¿Qué recuerdas de tu hermana mayor, Carolina, quien falleció en Armero?

Estudié cine por ella, porque era cineasta. Estudiaba documental y se vino a hacer un proyecto sobre la contaminación del Río Magdalena. Su papá tenía una finca en Armero y se fue a descansar allá unos días y pasó la tragedia. Digamos que recuerdo ese ideal de mi hermana mayor que vive en Inglaterra, estudia cine y muere.

Valerie con sus hijos. Cortesía de Nicolás Van Hemelryck.

¿Por qué hacer un documental sobre tu madre en este momento de tu vida?

Yo tenía la idea de hacer un documental sobre mi mamá hace muchísimos años. Desde que fui a la escuela de Cine de Cuba a los 20 años quería retratar un viaje a remo que hizo mi mamá por el Río Putumayo de 1.500 kilómetros. Ella tenía como 56 años cuando lo hizo y siempre quise volver con ella a hacer el viaje, pero se embolató la idea.

Cuando conocí a mi esposo, en el 2008, le conté sobre esto y él también quiso hacerlo. Empezamos a grabar cuando íbamos en navidad. Al principio iba a ser un perfil de ella, de esa mujer increíble que vive en la mitad de la selva, que es una guerrera, que tiene una energía impresionante, pero poco a poco me fui dando cuenta que era mucho más que eso y que tenía que ver también con sus ausencias como mamá.

¿Cómo veía a su madre antes de que fuera mamá y cómo cambio esa idea ahora?

Cambió bastante, pero no sé si fue la película, ser mamá o las dos. Me pasa que mi mamá siempre fue muy buena amiga mía, pero nunca la veía como una mamá y cuando nació mi hija por primera vez la vi como una madre. No sé si fue por todo el proceso que pasé o el ver la relación de ella con mi hija Noa. Eso fue lo que cambió.

¿Cómo fue el proceso de realización de este documental?

Comenzamos en el 2008 a grabar con mi esposo. Solo en vacaciones, sin presupuesto ni nada y en el 2012, él me propuso renunciar a nuestro trabajo y hacer el documental en serio. No teníamos presupuesto, pero dijo hagamos crowfunding. Investigamos e hicimos un trailer y nos fue muy bien. Lo hicimos por tres meses y ganamos más de 24.000 dólares y con eso empezamos la producción. Grabamos en el Putumayo donde mi mamá había vivido con una comunidad indígena, fuimos a Inglaterra y a otros sitios. Luego de eso, hicimos un taller de documental en el FICCI y eso ayudó a que el proyecto saliera de nosotros.

Nos encerramos en la casa de mi mamá cuatro meses, después viajamos, compramos una cámara muy básica y unos micrófonos y así arrancamos. Empezamos a editar una parte y yo quedé en embarazo. Volví al Amazonas y grabamos el final de la película.

Clare Weiskopf en su niñez. Cortesía de Nicolás Van Hemelryck.

¿La idea era romper con muchas ideas preconcebidas sobre la maternidad?

La película sí rompe con muchos paradigmas. Mi mamá es una persona que dice lo que piensa, que afirma  que la vida de ella es la vida de ella y casi nadie es capaz de decirlo. Entonces, es interesante porque lo que ha pasado cuando lo hemos mostrado es que la gente se relaciona mucho con sus propias vidas: de su relación con sus papás, con sus hijos y cuestiona esa cosa ideal de la madre perfecta que tiene que sacrificar su vida por los hijos. Cuestiona hasta qué punto uno puede liberarse de sus hijos. Hace un cuestionamiento que choca, pero que es importante, porque de eso no se habla, la mamá siempre tiene que estar con sus hijos y sacrificar su vida.

Ahora que también eres madre, ¿cuál es tu visión de la maternidad?

Yo creo que uno puede hacer las dos cosas, pero yo estoy aprendiendo hasta ahora a ser mamá. A uno siempre le van a decir los hijos si uno se sacrificó que por qué y si no, que por qué se fue. Nunca va a haber padres perfectos o muy pocos, entonces creo que estoy aprendiendo cada día y lo que dice mi mamá en una parte de la película es que ella hizo lo mejor que pudo. Ella creyó que eso era lo mejor y uno sí da lo mejor que puede, sin saber si la embarra o no, pero ahí esta. Eso de buena madre o mala madre es un concepto trivial porque no existe.

Sin embargo, las mujeres nos culpamos todo el tiempo…

Todo el tiempo. También es porque uno tiene una conexión más fuerte con sus hijos, por lo menos cuando son chiquitos y tiene que ver con eso, pero uno todo el tiempo se culpa…

Es una dualidad muy fuerte y ustedes la muestran en el documental, por ejemplo, cuando hablan del amor como un sacrificio…

Mi mamá lo dice en la película: ‘uno no puede sacrificarse por los hijos, porque después pasa que los hijos se sacrifican por uno y entonces si uno dio su vida por ellos, ellos también tienen que estar ahí siempre con la mamá’. Es un círculo de sacrificio, pero creo que cuando uno ama tanto a alguien no es sacrificio, sino es amor. Uno no lo siente así. Uno puede hacer las dos cosas, lo que uno quiere y estar con sus hijos, apoyándolos y teniendo un centro.

¿Cuál ha sido para usted el problema en la visión predominante sobre la maternidad?

Creo que es muy dañino creer que la maternidad es como los comerciales de Johnson & Johnson. Ser madre es lo más hermoso, pero también lo más doloroso. Uno la sufre, al comienzo uno no sabe nada y todos los días está aprendiendo y cuestionándose. Te cambia la vida, el amor supera todo, pero no es un camino en el cielo con todo color rosa. La maternidad es un vínculo muy fuerte y genera muchas inseguridades y es un ritual de paso, tiene un lado gratificante, pero también un lado oscuro.

¿Fue para usted doloroso hacer este documental?

Fue una terapia, tuvimos un súper buen taller con asesores de todo el mundo. Era muy difícil aislarse del personaje porque era mi vida. Me reunía con un asesor, decía esta vez no voy a llorar, pero terminaba llorando y él abrazándome. Es doloroso y profundo porque si se queda en lo superficial tampoco transmite.

¿Has llegado a comprender las decisiones de tu mamá?

Siempre, la película no es un juicio. Para mí era importante la voz de ella y la mía. Yo necesitaba tener ese equilibrio en la película, porque además yo era la directora y hubiera sido injusto no darle voz a mi mamá. Siempre supe que no quería hacer una película sobre echar culpas, quería ir más allá, y el resultado es que cuando las personas la ven están todo el tiempo cambiando de posición.

Valerie en su juventud. Cortesía de Nicolás Van Hemelryck.

¿Por qué tu mamá se aferró tanto a Colombia?

Ella siempre fue un espíritu libre. Su familia en Inglaterra nunca ha salido de allá. Son muy tradicionales y no viajan y mi mamá se sentía ahogada en ese pueblo. Quería viajar. En Colombia encontró cómo ser ella y por eso se enamoró de este país. Le encanta la gente de aquí, que son más cariñosos comparados con los ingleses.

Para ella fue difícil encontrar una noción de hogar, en el documental cita: “Seré feliz en el lugar en el que aún no estoy” …, ¿cómo fue eso para ustedes?

Para mí es muy importante encontrar un lugar, porque vengo de mi mamá, con la que siempre estuvimos viajando cuando niños y uno de los temas fuertes de la película es que nunca tuve un centro y le reclamó un poco eso a ella. Sin embargo, últimamente pienso que el centro está adentro, no tiene que estar afuera, pero sí siento que mi mamá todo el tiempo estuvo viajando, buscando y buscando. Hasta ahora encontró su lugar que es ahí cerca de Leticia, donde construyó su casa y por fin halló su hogar.

Ahora que es madre, ¿ha tenido las mismas inquietudes que su mamá?

No creo que a ese extremo, pero sí, uno se cuestiona todos los días sobre qué significa ser mamá y cómo debe ser una madre. Si lo está haciendo bien o mal. Y sobre la libertad, aunque yo sí creo que se puede lograr, con Noa podemos viajar y estar con ella y apoyarla. Nosotros la llevamos a todos los festivales. Ahora nos vamos a Europa y se va con nosotros, pero uno todo el tiempo se cuestiona, hay una autoevaluación constante que es un poco agotadora, pero hace parte de ser mamá.

Tú mamá te dice en algun punto del documental que tú la trajiste de nuevo a la vida, ¿qué opinas de ese hecho?

Los hijos son el amor más impresionante. No hay amor más grande que ese. La entiendo cuando dice que la traje de nuevo a la vida. Uno renace. Hay un cambio de vida fuerte, pero es muy enriquecedor. No hay nada más allá.

Ella es muy fiel a sí misma…

Ella tiene muy claro en lo que cree, por eso es que es tan chocante la película y hace que mucha gente se cuestione. Uno se pregunta si lo estará haciendo bien o mal, si primero es uno antes que los hijos, pero realmente nadie lo dice. Menos en esta sociedad en la que todo tiene que parecer perfecto.

Una palabra y una definición…

Inglaterra: Frío. Irlanda: Verde. Armero: Tristeza. Amazonas: Vida. Bogotá: La casa.

¿Cómo fue el cambio de hacer documentales sobre temas como el conflicto armado a algo tan íntimo?

Es más difícil mirarse a sí mismo. Cuando uno hace temas externos uno sabe qué va buscando y qué quiere. Mirarse adentro cuesta mucho tiempo y es difícil. A mí y a Nicolás, mi esposo, nos costó. El proceso fue de seis años para encontrar la voz.

¿Se gana algo distinto?

Esta es mi primera película mía, lo otro eran trabajos y me los gozaba y aprendí mucho, pero este es mi gran proyecto de vida y es muy distinta la satisfacción y lo que uno se lleva.

¿Quiere seguir trabajando sobre temas personales?

Por ahora no. Ya fue un poco agotador por un tiempo, tal vez después, pero me interesa seguir abordando el tema de la maternidad.

¿Cómo ve el cine colombiano en este momento?

Tenemos que trabajar mucho en la distribución. Se hacen muy buenas películas, pero la gente no las ve. Pasa que salen a cine nadie va y las quitan muy rápido y ahí hay una falla muy grande. Hay que crear audiencias para el cine colombiano y generar otros espacios para distribución. Es donde está el mayor hueco. También está la mentalidad de que el documental es un formato muy estructurado y aburrido y eso ya cambió. Hay documentales de todo.

¿Cómo fue la acogida que tuvieron en el FICCI?

Fue muy importante sobre todo por el público porque además por varios años el premio del público se lo ha ganado un documental y se está rompiendo el paradigma de que son aburridos y se ven como historias de vida, igual o más divertidos que una ficción. Es muy importante ese premio, para nosotros fue sorprendente y muy gratificante, porque es el público y a la final uno hace las películas para la gente que es el mejor jurado.

¿Qué viene para Valerie?

Ella seguirá feliz en el Amazonas. Quiere pintar. Ella todo el tiempo se está reinventado…