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Mis libros del 2019: por Eduardo Otálora Marulanda

Hay algo que, en general, no me gusta hacer con los libros: armar listas de los mejores, los peores, las revelaciones, con los que no pasó nada, las decepciones, etc. No me gusta porque, para hacer una lista justa y “objetiva” tendría que, al menos, haber leído todo lo que se publicó, y eso nunca pasa. Me resultaría imposible porque en Colombia, según cifras que dio el Premio de Biblioteca de Narrativa Colombiana, uno de los certámenes literarios más importantes del país, se recibieron poco más de cien libros para participar en el concurso, lo que es apenas una muestra del número de títulos editados este año.

Para leer por lo menos esos cien tendría que haberme atragantado algo así como 8,3 libros por mes, casi dos por semana. Y, no, eso es imposible cuando hay tantas cosas por hacer y una vida por llevar. Quizás, haciendo cuentas optimistas, pude leer un libro por semana, entre los que me tocaban por trabajo y algunos que se atravesaron, se impusieron y le pasaron por encima a los horarios y las tareas pendientes. De esos libros quisiera hablar.

El año empezó con un libro gordo que escribió Ricardo Silva Romero, se titula ‘Cómo perderlo todo’. No le tengo mucho gusto a los libros así de voluminosos porque, mientras los leo, siento que me estoy perdiendo de leer otros libros más cortitos. Sí, es una especie de “gula lectora”, pero nada puedo hacer. Sin embargo, este libro sacó pronto sus uñas y me agarró de los ojos. Creo que fueron, al menos, tres noches que estuve leyendo hasta muy tarde, alumbrando las páginas con una pequeña linterna, como cuando era niño y me escondía debajo de las cobijas a leer. No me acuerdo cuánto demoré en terminarlo, pero sí recuerdo que me dejé atrapar por las muchas historias que cuenta, por ese entramado cuidadoso que, visto de lejos, desde el lugar del lector, muestra que vivimos en un tiempo donde cada una de nuestras palabras en redes sociales es un cheque en blanco que alguien más nos puede cobrar.

Luego de ese libro gordo vino uno más bien corto. La autora es Mónica Drouilly, jovencísima escritora chilena, y el título ‘Retrovisor’. Esta joyita recoge siete cuentos que son como respiraciones, a veces agitadas (como de víctima en película de terror) y otras apaciguadas (como de quien cierra los ojos para dormir la siesta). Es un texto que, como bien lo señaló Diego Zúñiga en una reseña que hizo, retrata un mundo que “[…] está lleno de fisuras y pliegues por donde transita la mirada de la autora, detalles algo distorsionados que le permiten hablar de personajes perdidos, ansiosos por encontrar un refugio que siempre les resulta esquivo”.

Después de Retrovisor vino el pago de una deuda. A finales del 2018 empecé a leer Tenemos que hablar de Kevin, de Lionel Shriver. Este libro lo empecé por recomendación de una colega escritora y su impactante historia me atrapó inmediatamente. No podía dejar de pensar en la tensa relación que se construye entre Kevin y su madre, en la mirada de ese bebé/niño/adolescente que va por el mundo como si nada lo tocara y viendo, más allá de los cuerpos, las almas de las personas. Pero ese es un libro gordo y otras tareas más urgentes le robaron su protagonismo. Sin embargo, en 2019 lo retomé y fue como reencontrarme con un viejo amigo luego de cinco años: nos abrazamos y seguimos como si nada, él dejándose leer y yo cabalgando los párrafos. Al final, como pasa siempre, se acabó y me dejó huérfano, en un “duelo literario” que me duró dos semanas.

De ese dolor me recuperé leyendo a tres impresionantes escritoras argentinas: Selva Almada, Mariana Enríquez y Samantha Schweblin. De Selva Almada leí ‘El viento que arrasa’, una novela poderosísima en la que un evento sencillo, como llegar a un taller de mecánica, se convierte en algo tan complejo y tormentoso que termina redefiniendo el rumbo de la vida. No es gratuito que haya ganado el “First Book” del Festival Internacional del Libro de Edimburgo 2019 por su traducción al inglés.

De Mariana Enríquez leí ‘Alguien camina sobre tu tumba’ y ‘Los peligros de fumar en la cama’. El primero me dejó completamente desconcertado por la aproximación desenfada y curiosa que hace sobre la muerte y los cementerios. En este libro la autora comparte una serie de crónicas literarias de sus experiencias visitando los cementerios más famosos de diferentes lugares del mundo, compartiéndonos todos esos detalles encantadores que están más allá de la solemnidad de la muerte.

Por otra parte, en ‘Los peligros de fumar en la cama’, pone ante los ojos unos cuentos de los que no se pude salir incólume. Cada uno es como una pequeña pesadilla que no abandona ni con el pasar de los meses. Todavía siento detrás de mí los pasos de esa pequeña niña muerta que persigue por la ciudad a la protagonista de ‘El desentierro de la angelita’. Y también, de vez en cuando, me pica en la nariz el olor de ese habitante de calle del cuento ‘El carrito’, del que se burlaron los vecinos de un barrio y a quienes él “castigó” con una maldición que los llevó a la desgracia, a la destrucción caníbal.

Para superar estas pesadillas me busqué otras, y entonces leí ‘Distancia de rescate’, ‘Pájaros en la boca’ y ‘Kentukis’, los tres de Samantha Schweblin. Todavía me estoy recuperando de estas lecturas. Con el primero sufrí como nunca la angustia de ser padre, el miedo a la muerte de mi hijo, porque esa es la historia que en ese libro se cuenta y atormenta. Con el segundo fui y volví de un cuento a otro, esquivando las perversiones que sólo pueden existir en los mundos imaginarios que la autora construye en cada relato. Con el tercero disfruté de ese universo posible que ella crea en el que los humanos podemos tener mascotas robóticas que, en el fondo, tienen almas humanas capaces de ayudarnos o juzgarnos.

No fueron fáciles esas semanas leyendo estos libros, pero sobreviví. Y acá sigo, esperando qué lecturas me deparará el 2020.