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Al borde norte de Santander, marcado por el ímpetu del río Magdalena y el sabor del ‘tambó’, hay un pueblo que crece de nuevo como la taruya. Foto: Cortesía Alcaldía Sabana de Torres (Santander).

Sabana de Torres: la guerra cesó y la reconciliación está en el porvenir

Por: Heliana Ortiz - Radio Nacional Bucaramanga

Supo que algo raro pasaba en Sabana cuando leyó un cartel colgado del cuello de un hombre que decía “Estoy aquí por ladrón”. Tenía 6 años, acababa de aprender a leer y tenía esa maña infantil de descifrar a palabras todo lo que tiene letras. Esa es el primer recuerdo que Henry David Suárez, a sus 36 años, guarda sobre el paso de al menos tres décadas de guerra por su pueblo.

Dice que fue en la época de una organización armada conocida como ‘La Mano Negra’, que luego se hizo llamar MAS (Muerte a Secuestradores), o simplemente ‘Los Masetos’, recordada por asesinar, desaparecer, desplazar y atemorizar, no solo a la gente de Sabana de Torres, sino a todo el Magdalena Medio. Fue en la década del ochenta, preámbulo del paramilitarismo, tal como lo conoció luego todo el país.

Con los detalles que sabe quién ha sido testigo. Henry me cuenta muchas historias, mientras comemos carne con arepa en un restaurante del Sabana de Torres de hoy, en ese Santander de ribera, de poco tiple y más cercano al sonido de percusiones y vientos que tienen nuestros pueblos sobre el río Magdalena.

Foto: Cortesía Alcaldía Sabana de Torres (Santander).

Marcas de la guerra

La historia del conflicto armado en Colombia explica que en los ochenta, las Farc, el Eln y el Epl ya hacían presencia en este municipio e implementaron sus dinámicas de violencia, secuestros, extorsiones a empresas y ganaderos de la región, además de homicidios selectivos y desplazamientos. Entre tanto, de forma paralela, nacían o crecían los grupos de autodefensa o el paramilitarismo. Los pobladores lo saben, porque lo vivieron.

Como “sabanero, propio sabanero” se define Leonardo Cuero, quien ahora dirige la Mesa Municipal de Participación de Víctimas, y cuenta entre otras cosas, que era niño la primera vez que abandonó el pueblo porque la guerrilla amenazó a su papá con matarlo, un recuerdo que revive con la voz entrecortada.

Regresó a Sabana 7 años después, en 1992, y le tocó escapar de nuevo porque vio cómo se instaló un carro bomba que hizo estallar la guerrilla. Se fue de noche, escondido entre los bultos de arroz de un camión.

Cuando los paramilitares entraron a disputar el territorio con las guerrillas, la situación empeoró, comenta el profesor Armando Becerra, que hace muchos años trabaja en el colegio Instituto Técnico de Sabana de Torres, ubicado en el corregimiento de Provincia.

Hasta allí fui porque quería conocer los últimos vestigios del tren: un puente de metal, decorado espontáneamente por la vegetación silvestre, y unas casonas de antes de mitad del siglo XX que, junto a los recuerdos de la gente son los únicos que permanecen. Las vías férreas se las robaron y los vagones nadie sabe a dónde fueron.

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“La guerrilla siempre estuvo presente en Sabana. Cuando llegaron los paramilitares, pues todo mundo era considerado guerrillero y así fueron sacando a la gente, desapareciendo y matando, y a muchos le tocó irse… gente buena”, explica Becerra.

La guerra arreció como un aguacero de balas en un torbellino de degradación, similar a lo vivido en muchas zonas del país, y en la que los sabaneros vieron irse o morir a los suyos, a sus amigos, sus vecinos, sus amores.

Leonardo recuerda que en esa época “prácticamente a las 7 de la noche todos tenían que encerrarse en su casa. Y a pesar de eso uno escuchaba los gritos de las mujeres, de los niños (diciendo): ‘¡No se lo lleven, no se lo lleven!’ o se escuchaban los disparos”. 

Recuerda Henry Suárez que entre todos los nombres que dejó la guerra como víctimas o como victimarios, hay uno que todavía le produce un especial escalofrío: ‘Camilo Morantes’, que estableció a unos 40 minutos del municipio, desde mediados de los años 90, una de las bases paramilitares más conocidas de la historia del país, San Rafael de Lebrija.

Foto: Cortesía Alcaldía Sabana de Torres (Santander).

Todavía en la boca de los pobladores está el miedo porque en su finca, dicen, tenía un estanque con cocodrilos, a donde llevaba a las víctimas que desapareció. Pero su real existencia no ha sido probada todavía.  

Según los registros del Banco de Datos de Derechos Humanos y Violencia Política del CINEP, organización que lleva con esfuerzo el seguimiento a las dinámicas del conflicto armado en Colombia, estableció como último hecho de violencia en esta zona, el homicidio de un campesino en la vereda Agua Bonita, corrían los vientos de agosto del año 2010.

La reconstrucción

Mary Mantilla, hija de uno de los fundadores, don Reyes Mantilla Ramírez,  está alegre porque ha visto regresar a amigos que se fueron cuando un día el conflicto armado no les dejó alterativa.

En palabras sencillas cuenta que “ahorita gracias a Dios hay un respiro, la gente que se había ido está regresando al municipio (…) y uno volverse a encontrar con ellas después de tantos años es algo muy bonito”.

Algunos han vuelto porque les devolvieron las tierras abandonadas, robadas o vendidas a la fuerza. Según los datos de la Unidad de Restitución de Tierras, 25 predios que habían sido usurpados ya fueron regresados a sus propietarios.

Un trabajo que se ha hecho en medio de los retos que tiene la entidad para devolver las propiedades sin afectar a los actuales poseedores que compraron de buena fe lo que posiblemente habría sido despojado a la fuerza.

Foto: En los ríos que alimentan a Sabana de Torres crece una planta que se llama Taruya, y que es fuerte y generosa como la gente de esta región. Foto: Cortesía Alcaldía Sabana de Torres (Santander).

Volviendo a Leonardo, a su lucha y representación por las víctimas, cuenta que en materia de reconciliación se han dado pasos, pero que todavía habría mucho para hacer.

“Hace varios años, tuvimos el acompañamiento de la Comisión Nacional de Reparación, que hoy ya no existe. Hicimos unas actividades enfocadas a la reconciliación. Nos reunimos en el parque, hicimos una oración, se soltaron unos globos y en un mural las víctimas pintamos las manos untadas de pintura y mensajes alusivos a la paz (…). Fue el primer paso que dimos, pero lamentablemente no tuvimos más acompañamiento”, señala.

Si bien, la reconciliación no ha sido un proceso institucionalizado o programado, en la cotidianidad del pueblo, víctimas y exvictimarios comparten la vida diaria, relata Henry.

“Muchos de los victimarios eran de la comunidad: el pelado del colegio, la vecina (….)  eran de la guerrilla o eran de los paramilitares. Y terminamos conviviendo en el mismo espacio. Y entonces uno encuentra que el del motocarro, el de la tienda, la señora del restaurante (eran los victimarios)”, detalla, sin abordar las posibles tensiones internas, emocionales, personales, que esta situación podría causar.

Por eso, la rectora del colegio Instituto Técnico Integrado de Sabana de Torres, Marleny Jaimes, en el corregimiento de Provincia, espera que este municipio quede entre las zonas priorizadas para el posconflicto y lleguen aportes para aprovechar la escuela como un espacio de construcción de memoria y reconciliación entre las nuevas generaciones, que quedaron directa o indirectamente marcadas por las pérdidas que dejaron los años de dolor y miedo.

Foto: Cortesía Alcaldía Sabana de Torres (Santander).

Actualmente, Sabana de Torres, es un municipio de casas de tierra caliente, de una arquitectura desigual, que se fue forjando para dar espacio a cientos de migrantes de muchas partes del país que llegan en busca de los empleos que genera la industria petrolera o los vastos cultivos de palma de aceite. Así ha sido siempre y con orgullo los sabaneros dicen que su idiosincrasia es el efecto de varias formas regionales de vivir la vida, preparar los alimentos o habitar el mundo.  

Una canción compuesta al Magdalena Medio, describe mejor el momento que vive ahora Sabana de Torres, donde “A orillas de un dolor sin tregua, crecen los sueños como la taruya y la esperanza  en el sabor cotidiano, amasado con el sabor de la cumbia, hay un pueblo que quiere cantar entre ramas frescas y ramas de olvido, enamorado como está”.