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Semana del Libro y la Literatura en en Providencia y Santa Catalina. Foto: Eduardo Otálora.

Ferias y fiestas del libro en Colombia: la magia de la literatura al alcance de todos

Eduardo Otálora

Recuerdo que cuando era pequeño había dos momentos del año que esperaba con mucha ansiedad. El primero, bueno, no era cada año, pero igual me emocionaba mucho. Se trataba de la inauguración del Festival Iberoamericano de Teatro. Ese día salía con mi familia a la carrera séptima y pasaba la tarde montado en los hombros de alguno de mis padres o parado en un muro, mientras veía pasar las comparsas: dragones de colores, mujeres de piernas largas y brazos elásticos, magos con sombreros tan grandes que cabían elefantes y dinosaurios. En fin, esperaba ese día porque la magia salía a pasear por la calle.

El otro evento importante que esperaba era la Feria Internacional del Libro de Bogotá. El plan siempre era, como decía mi mamá, “de día entero, con el pelo suelto, la costura y los niños”. La noche anterior ella preparaba hamburguesas enormes con pan integral, que envolvíamos en papel aluminio y metíamos en un morral, junto con unas botellas llenas de jugo y selladas con bolsas plásticas. Llegábamos temprano a Corferias y nos pasábamos el día recorriendo los pasillos, viendo libros, asistiendo a conversatorios y presentaciones, rebuscando en morros alguna buena promoción y, en definitiva, viviendo en lo que hoy en día llamo “el mundo del libro”.

Ahora ya no disfruto tanto ninguno de los dos eventos, pero veo con más claridad por qué son fundamentales para la vida cultural del país.

La Feria Internacional del libro de Bogotá se ha convertido en los últimos años, quizás desde el inicio de este siglo/milenio, en el ojo del huracán de todo lo que está relacionado con los libros en Colombia. Allí se reúnen la mayor cantidad de autores para presentar sus libros y dialogar sobre las publicaciones de sus colegas, los editores encuentran una tremenda vitrina de exposición e intercambio con los lectores, los agentes plantean y cierran negocios, se realizan encuentros académicos para profesionales y neófitos del libro, se convocan actividades para entrar en múltiples relaciones con la lectura y, en definitiva, se construye un espacio enorme para la cultura del libro. Para dar una incipiente muestra de la magnitud de este evento basten algunas cifras: este año, pese a tener tres días menos que en oportunidades anteriores, a la feria asistieron 605.000 personas durante los trece días y se vendieron, aproximadamente, 900.000 títulos de todos los géneros.

Cuando yo estaba pequeño esta era la única feria que visitaba cada año y una de las pocas que se realizaban en el país. Las otras de las que tenía noticia eran en Cali y Medellín. Las conocía porque en alguna temporada de vacaciones me las mostraron por fuera. Eran pequeñas y en espacios cerrados con difícil acceso para el público. Nunca entré a una de ellas. Ahora en Colombia se hacen, al menos, quince ferias de gran envergadura y muchos otros eventos en espacios culturales de diferentes regiones del país. Entre las ferias y fiestas más importantes están el Oiga, Mire, Lea y la Feria Internacional del Libro de Cali, la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín, las Ferias del libro de Cúcuta, Bucaramanga, Manizales, Pereira, Barranquilla, Montería y Pasto, la Temporada de Letras y Fiesta del Libro de Ipiales, la Fiesta de la Lectura y la Escritura del Chocó (Flecho) y la Semana del Libro y la Literatura en Providencia. El panorama ha crecido y eso es producto del interés que se ha puesto en fortalecer el eslabón más débil de la cadena del libro: el lector. Sin lectores los libros no tienen sentido.

Mentiría si dijera que empecé a leer porque mi familia me llevó a la feria del libro. Claramente empecé porque tenía libros en mi casa, pero éstos llegaron allí porque a mi familia le importaban. Y creo que esto es lo que se logra con las ferias, que cada vez a más personas le importen los libros y lo que ellos representan: apertura para la imaginación, capacidad de concentración y análisis, perspectiva sobre la realidad, formación de sentido crítico, entre otras cosas.

Esto lo pude ver hace unos meses cuando tuve la alegría de participar en la Semana del Libro y la Literatura en Providencia. El evento se realizó en el teatro Midnight Dreams y allí, entre semana, llegaron muchos niños porque sus profesoras los llevaron. Eso era lo que se esperaba. Sin embargo la sorpresa vino el sábado, cuando se convocó a “La hora del cuento” a las nueve de la mañana y todos (organizadores y público) temimos que no llegaran los niños. Pero los niños llegaron y con ellos sus familias. Todos nos sentamos en el piso a escuchar el cuento y fue como si la nave de la imaginación despegara. Yo tuve que levantarme porque me llamaron para hacer una entrevista, pero allí se quedaron más de treinta personas siendo transportadas por el poder de un libro. Al final de la jornada todos los niños hicieron una fila desordenada y levantaron sus manos reclamando los libros gratis que estaban entregando el equipo de organizadoras. Unos los había comprado Yojaira Howard, la coordinadora del evento, en un viaje que recientemente había hecho a Bogotá y otros eran parte del programa ‘Leer es mi cuento’, del Ministerio de Cultura. Algunos pequeños incluso se molestaron porque les estaban entregando uno que ya tenían y las encargadas tuvieron que rebuscar en los fondos de las cajas para sacar los de la nueva serie. Hasta mi hijo, que ya tiene bastantes libros, corrió a reclamar los suyos. En ese momento entendí el papel de las ferias y fiestas en torno a los libros: los ponen al alcance de las manos para que nos den ganas de abrirlos.