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Panela, motor para el desarrollo de la región Andina

Colombia se posiciona como el segundo mayor productor de panela del mundo con 1,2 millones de toneladas al año, según la Federación Nacional de Productores de Panela, siendo la región Andina un referente nacional para su producción.
Cenúver Giraldo, Alejandra Cuellar y Jesús Díaz

La panela es uno de los elementos primordiales en la canasta familiar de los colombianos; su uso en diferentes preparaciones es ingrediente fundamental de la gastronomía nacional, empezando por la tradicional aguapanela o como endulzante del café, el chocolate, la colada, de gran cantidad de manjares y múltiples recetas. 

La Federación de productores también indica que Cundinamarca, Antioquia, Nariño, Caldas, Santander, Huila, Tolima, Boyacá, Norte de Santander, Valle del Cauca, Caquetá y Risaralda, son los departamentos que contribuyen en la posición mundial de Colombia como el segundo mayor productor de panela, aportando 1,2 millones de toneladas al año. 

Panela

La de Colombia, representa el 16% de la producción mundial de panela, pues es superado ampliamente por la India, país que aporta alrededor de 7,5 millones de toneladas de panela anuales, cifra equivalente al 66% de la producción mundial. 

En contraste y lejos del promedio mundial de 2 kilogramos de panela por habitante, cada colombiano consume en promedio 34,2 kilos, muy por encima de India, país donde la cifra es de apenas 7,9 kilogramos por habitante. 


Visita nuestro especial: Transformar el campo: entre industria y tradición 


“Todos los días hago aguapanela, café, chocolate”, relata Viviana Narváez, campesina de Chaparral, Tolima, donde junto a su esposo Jimmy Rodríguez, trabajan en una de las cerca de setenta mil fincas colombianas donde se cultiva la caña de azúcar. 

Viviana y Jimmy hacen parte de la organización Corturenacer, una asociación en la que excombatientes, víctimas y campesinos se han agremiado para impulsar sus proyectos productivos en el sur del Tolima. Son catorce las familias que están produciendo “El dulce sabor de la Paz” como lo señala William Fernández, representante legal de la organización. 

Todos ellos se ubican en la región de Amoyá, a lo largo de la cuenca del río Tuluní en Chaparral, zona cuya economía depende exclusivamente de la fabricación artesanal de la panela. “La panela es la que vincula a las familias porque esta labor que realizan estos campesinos junto a sus hijos, prácticamente se maneja en el núcleo familiar”, cuenta José Diyer Yate, profesor del colegio rural más cercano y quien desde la docencia está buscando que los jóvenes se enamoren no solo de la panela como sustento sino como motor de desarrollo de la región. 

Yate ha identificado diferentes problemáticas con relación a las dinámicas sociales de los habitantes en Amoyá. La primera de ellas es que muchos jóvenes que salen de conjunto veredal, no quieren seguir trabajando en el campo porque no ven las mejores alternativas en la producción de la Panela.  

Ante ese panorama, está trabajando en un proyecto de región a través del cual puedan volver la panela una excusa de desarrollo turístico. “Venga muchachos, no solo hay que cultivar caña para cortar y producir panela, hay que mostrarle al resto del país, hay que mostrarle al resto del mundo como se maneja esto”, le dice el profesor Yate a sus estudiantes. 

En Colombia hay alrededor de 19.000 trapiches moliendo caña en 564 municipios de los cuales, “en 164 hay estructuras gremiales de Fedepanela en 14 departamentos”, denuncia Carlos Mayorga, gerente de la organización gremial. Este es quizás uno de los mayores problemas que enfrentan los paneleros, la falta de organización. 

Panela

“Es un sector absolutamente desorganizado, eso no es problema solo del sector panelero, es el de todos los pequeños productores del país”, explica José María Madrid, gerente de Inversiones Agropecuarias Doima S.A. Hacienda El Escobal en Ibagué, el mayor productor en el departamento. “Eso hace que estén en manos de intermediarios, esos son los que hacen el agosto. El productor pequeño siempre pierde y el que gana es el comercializador”, concluye. 

En Chaparral, pequeños productores como Jimmy Rodríguez viven a diario esa problemática. “Simplemente tenemos que procesarla, llevar y venderla y que nos la paguen a como ellos digan, no hay otra forma”, lamenta.


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Luego de una larga faena de trabajo que inicia regularmente a las cinco de la mañana con el corte de la caña, su traslado hasta la molienda de un vecino en la que muelen varios productores de la vereda y una calurosa jornada en medio de la hornilla, el guarapo caliente y la intervención de una decena personas en el proceso, empacan las primeras panelas en pachas de cuatro cubos. Dos kilogramos pesa cada paquete. 

Panela

Los productores no tienen medidas exactas. Una cocha equivale a 30 pachas de panela, a veces un poco más o un poco menos. Cada kilogramo puede llegar a valer en el mercado de Chaparral, donde comercializan el producto, cerca de cuatro mil pesos, un precio que no dista mucho de los cuarenta pesos adicionales que en promedio llega a valer un kilo de panela producido en la Hacienda El Escobal.

Esa pequeña ventaja económica de la panela industrializada sobre la artesanal, es mucho más grande si se tiene en cuenta que los trapiches industriales muelen caña durante las veinticuatro horas del día, seis días a la semana, por lo que el único trapiche de este tipo en el Tolima llega a producir cerca de tres mil doscientas toneladas al año, en al menos seis presentaciones diferentes. 

En la vereda La Cortés de Chaparral, los campesinos se turnan la molienda para sacar sus panelas cada ocho o cada quince días.  

“Una de las ideas es también a largo plazo, tener una transformación, una pulverizadora de panela en la región que pueda dar ese valor agregado al producto que sacan con esfuerzo diariamente estas familias”, explica William Fernández.  “Al consumidor le llega una pacha de panela, la compra en el supermercado, pero no conoce la originalidad de ese producto, la trayectoria de ese producto y las familias que hay detrás de la fabricación de una pacha de panela” narra.

A pesar de las dificultades propias de producir panela artesanal en medio de la zona rural de la región Andina, para Jimmy, es el medio al que le ha apostado para sacar adelante sus proyectos familiares, entre ellos, adquirir un predio propio para seguir cultivando la caña y garantizar la educación de su hija: “por eso estamos luchando, eso es lo que estoy haciendo”.

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